Cuentos morales · Unidad 22 de 188
Unidad 22 · 42 LEOPOLDO ALAS
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42 LEOPOLDO ALAS
hacía locuras de audacia con su dinero para disputarnos la atención de todos. Era todo esto anuncio del tremendo desafío que se preparaba entre bromas corteses y fraternales, entre alegría de clérigos bonachones, en la excitación de la buena pero algo excesiva bebida.
Llegó un momento en que yo le ganaba un dineral al barón de Cabra'nes; algunos curas, menos amigos del oro que yo ordinariamente, pero también menos capaces de rasgos de grandeza y menos cuidadosos del brillo de su raza, me daban con el codo para que dejase de tentar á la suerte y me retirase con mi ganancia, que á ninguna trampa ni cosa fea debía; pero más caso hacía yo de los impulsos generosos del vino, también generoso, de la nobleza que inspira la suerte que sopla favorable, y particularmente de las miradas y sonrisas del conde, que parecían decirme: «Vamos, plebeyo, retírate si te atreves; ¡si lo estás deseando, hidalgüelo! Sólo un'noble como yo es capaz de seguir dando el desquite hasta que salga el sol á este pobre barón que pálido y tembloroso, por más que disimule, ya empieza á jugar sobre su palabra acaso más de lo que tiene.» Yo no cejaba; ganaba siempre, y siempre daba el desquite.
EL CURA DE VERICUETO 43
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No sólo el orgullo me incitaba á darle tiempo y forma al barón para cambiar la rueda de la fortuna: también la simpatía que me inspiraba, la lástima que le tenia me animaban á ello. Fingía el infeliz gran serenidad: sonreía, sonreía sobretodo cuando la risa fina del conde le desafiaba, tentaba su valor. A cada nuevo golpe repetía Cabranes:
— Pero, amigo capellán^ esto no vale; así va usted á acabar por perder de fijo... Basta, basta... le debo á usted...
— Adelante, adelante— interrumpía yo, entre la admiración de todos.
Empezó el trance fiero de jugar lo que ya no había presente; riqueza que se tenía ó no se tenía, . . ¡Pero bastaba la palabra de un noble! Yo no sé si creía en el dinero ausente, pero creía en la palabra. ¡Debajo de las piedras buscaría un Cabranes el dinero que ofrecía!
El conde, ante aquellos dos valientes, cada cual á su modo, lleno de envidia, empezó á apuntar la idea de que... todo era broma; de que no entendía el barón deber de veras lo que perdía de palabra... El barón, como si hubiese que mostrarse fino, distinguido, fingiendo seguir la broma de