Cuentos morales · Unidad 24 de 188

Unidad 24 · 46 LEOPOLDO ALAS

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46 LEOPOLDO ALAS

riquezas fiduciarias como yo había creído en las suyas.

Pero yo comprendía, con terror, que los circunstantes me concedían, en silencio, mucho más limitado crédito que al barón de Cabranes. Este era pobre para ser noble y para sustentar numerosa familia; pero, al ñn, mucho más rico que el mísero capellán que vivía de pitanzas y de una pensión de limosna.

Con todo, seguí jugando. Yo también caía de peña en peña, rebotando, en aquel abismo de la deuda inverosímil; el tiempo volaba, la partida tenía que acabarse, entraba la luz del alba por las rendijas de los balcones cerrados y difundía por la sala el color de las capillas de los condenados á muerte, á la hora de la agonía. Seguía perdiendo poco á poco. Pero ya perdía miles y miles de duros. Los mirones empezaban á bosteiiar, á cansarse, el interés de lo incierto desaparecía; ya se veía la solución: que yo no me desquitaba. El conde, cansado de respetar mi desgracia, manifestó hastío, desdén; como ora verdad que tenía el valor de despreciar sus propias pérdidas, se permitía despreciar también la mía; ya daba á entender que iba á suspenderse el juego, por el bien parecer, porque era muy tarde, es decir, muy temprano; con cierta crueldad fingía olvidarse de lo que allí más importaba, que era mi situación; daba por supuesto que yo también atribuía, ó

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fingía atribuir, más importancia á la circunstancia de la hora que era, que al estado en que me iba á dejar la suspensión del juego.

Un rayo de luz viva entró, como si fuera la policía, hasta iluminar la baraja; se levantaron dos ó tres de los testigos de aquel duelo... y fuera sonó una campana. Tocaban á misa. La misa de Fray Fernando, que debían oir el conde, el barón y otros legos.

Desaparecieron los naipes, se retiró el cobertor, se abrieron los balcones, entró la claridad del día á borbotones y con las sombras desapareció la pesadilla. Pero quedaba la realidad de que ya parecía acordarme yo solo. Debía al barón de Cabranes miles de duros.

Aquella mañana yo no dije misa. Cuando volvieron los demás de oir la de Fray Fernando, nos reunimos en el cenador de la huerta del conde á tomar chocolate.

Vegarrubia, ó me tuvo lástima, ó quiso menospreciarme. Y volvió á su tema de que la partida, en la pcirte confiada al crédito, había sido broma. Díiba por hecho que el barón no creía que yo, con toda formalidad, le debía tantos miles de duros. Llegaron señoras y el conde insistió en hablar del capital que yo debía. Entonces hice lo que antes había hecho el barón: fingir que creía fantástica la deuda, cosa áQ juego, de buen humor... Pero mi modo de mirar al barón debió darle á entender lo