Cuentos morales · Unidad 25 de 188
Unidad 25 · 48 LEOPOLDO ALAS
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48 LEOPOLDO ALAS
mismo que yo había comprendido en su mirada de aquella noche: que era darme de bofetadas el pensar que yo creía aquello que estaba diciendo: «No tengo con qué pagar, decían mis ojos, pero debo... y para este hidalgo, para pagar, lo esencial no es tener^ sino deber. Debo... luego pago... aunque no tenga. Dios no hace milagros con el dinero, que es vil^ y menos á favor de los jugadores; pero un hidalgo como yo, aunque sea cura, paga... paga...»
El barón sonreía... pero bien comprendí que no se negaría á cobrar todo lo que yo pudiera pagarle.
Al conde no le miré siquiera.
Al día siguiente escribí al de Cabranes una carta, porque no me atreví á ir á decirle en persona «que esperase;» y en la carta le decía, en sustancia, esto: «Ahí va todo lo que tengo, todo lo que hoy por hoy es mío. Seguiré pagando á medida que pueda, y crea usted que no me reservaré más bienes que los que la ley más severa concede al deudor menos digno de miramientos. Hasta que pague todo lo que debo, que es mucho más de lo que yo puedo ganar en muchos años, atado como estoy de pies y manos, para hacerme rico, por mis votos, hasta que no le deba nada, me condeno á presidio, á trabajos forzados de miseria, de sordidez, de avaricia. Hágame el favor de aceptar esta manera de cumplir con usted, estos plazos indefinidos, pero seguros; y además, no como favor, con el derecho que me asiste, le pido que ni por las
EL CURA DE VERICUETO 49
mientes se le pase hablar de perdonar la deuda, ni reducirla ni cosa por el estilo. Antes que nada, aun antes que sacerdote, soy hombre. Este deber de pagar deudas de juego no es cosa de mi ministerio, porque el buen sacerdote no juega, es deber humano, de mi condición pecadora de hombre vicioso... pero hidalgo.»
El barón me contestó muy fino, muy correcto, como se dice ahora, dándome para el pago todos los plazos que quisiera, y no aludiendo ni remotamente á la idea de perdonar ni de reducir la deuda. Era lo que yo le exigía... y sin duda lo que él necesitaba.
¡Estaban tan pobresl
Después de leer su carta, satisfecho, en cierto modo, pero por mil razones aturdido, loco... dirigime por instinto al reclinatorio de mi alcoba, sobre el cual estaba abierta la Biblia por el Nuevo Testamento.
¡Luz, Señor! grité, y, de rodillas, lancé una mirada sobre el sagrado texto.
Decía:
«Deja tus bienes á los pobres y sigúeme.» Pero yo leí: «Deja tus bienes al harón y sigúeme.»
Ya sabía el camino: Todo para el barón, para mi la pobreza. Mi sudor, mi trabajo, mis afanes, mis ganancias, el oro serio, infiexible, con el cual no se hacen milagros... para mi deuda.