Cuentos morales · Unidad 3 de 188

Unidad 3 · EL CURA DE VERICUETO

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EL CURA DE VERICUETO

PRIMERA PARTE

«El cura del lugar de Vericueto, »corao nunca dañada... de barato, «dicen que tiene gato »de viejas peluconas-bien repleto...»

Así t'iiipeza])a el pequeño poema burlesco, parodia campoamorina, que estaba escribiendo mi amiguito Higadillos, paisano de Campoamor, estudiante de medicina y colaborador de tres ó cuatro periódicos con monos y sin religión positiva.

Higadillos era un badulaque, por supuesto, que so creía un sabio positivo y positivista á los veinte afios, porque había leído á Spencer traducido, y leía el Gil Blas, periódico de París, y la Revue dps L'í'vues; además había estado en París una

temporada, y con esto y no pagar á la patrona, aunque se hundiera el mundo, se consideraba más esprit fort que un roble^ y de vuelta, como decía él, de todas las neurosis místicas y evangelizan tes, de que se reía con delicia. Le parecía á él que después de tantas diabluras como se discurrían para buscar nuevos idealismos, después délas wi¿- sas sacrilegas y otras barbaridades por el estilo, el género nuevo más original, más oportuno, era. .. volver simplemente, decía, al kulturkampf, al volterianismo y alrealismo pornográfico y escéptico. ¡Guerra al clero! esta era la sencilla novedad que se le ocurría.

¡Yo soy nn primitivo! gvitiihsi, dando ú esc adjetivo un sarcástico sentido, con que, por antífrasis además, significaba todo lo contrario de lo que querían decir los pintores al llamar primitivos á los cristianos artistas del misticismo italiano de la Edad Media. Era un primitivo porque suponía la sencillez, la sinceridad y la naturalidad en el sensualismo y en la impiedad, en la ligereza filosófica del siglo XVIII.

— Señores — exclamaba Higadillos en el café — es un prurito enfermizo el andar buscando constantemente novedades metafísicas, éticas y estéticas; supone esa variación constante, además de la inhihición malsana de las facultades mentales que deben ejercer la hegemonía, supone' falta de gusto, falta de juicio serio, personal, firme. La

EL CURA DE VERICUETO

verdad no está en la novedad, no está en el cambio; está en algo histórico, en uno de los momentos que ya vivió el pensamiento humano: el quid, la gracia del talento, está en averiguar cuál de esos momentos, sin ser de moda, es el que está en lo cierto. Pues bien, yo lo he averiguado, lo cierto es Lucrecio en uu sentido, Rousseau en otro, Voltaire en otro, Spencer en otro, Zola en otro y... El Motín en otro. Materialismo, ó mejor, sensualismo, determinismo, hedonismo, naturalismo, individualismo, escepticismo ético, ésta es la fija. El caso es ahondar ahí-, no buscar nuevas tierras. El mundo ya está descubierto; ahora á descubrir minas.

Una tarde, hablándome de estas sus filosofías, Higadillos me preguntó:

— Tú que eres de allá, ¿no conoces al cura de Vericueto? Pues es divino; todo un documento, como ahora se volverá á decir. Voy á hacer con él un poema que sea la antítesis del cura del Pilar de la Horadada. Ya tengo tres ó cuatro números rom-inos en que imito las muletillas indeclinables (le don Ramón. Oye el principio...

Y empezó á leer lo que ustedes han visto.

Excuso decir que, yo dejé de atender al quinto ó sexto verso; pero lo que después, en prosa, me (lijo Higadillos acerca del cura de Vericueto, me llamó la atención bastante; y me propuse, en volviendo ala tierra, conocer al original pcrsoD.-iic de

quien se burlaba el famoso mozalbete de repugnante impiedad superficial y bachillera.

Yo tengo mi casa de campo en la marina, donde los montes alzan poco la cresta y parecen las olas suaves y nada altaneras que se deshacen sobre la playa en ondas graciosas, tenues, cada vez más tenues, hasta ser un cord(3n de encaje que entre el sol y la arena disipan de una sola chupadura. Las montañas, como olas de la tierra que van al encuentro de las olas del agua, son, en el alta mar de los puertos, gigantes que meten la cabeza cana, como de rizada espuma, por las nubes plomizas; pero según se van acercando á la costa se van achicando, achicando, hasta ser colinas, cubiertas de verdores hasta la cima^ y luego suaves lomas que llegan á confundirse con las dunas, donde las montañas del Océano también se desvanecen.

Desde un altozano, donde tengo una huerta, y en medio de ella un modesto belvedere, suelo yo contemplar en la lejanía del horizonte, medio borrados por la niebla, los picos y crestas de las sierras y cordales, que son la espina dorsal del Piri-