Cuentos morales · Unidad 4 de 188
Unidad 4 · EL CURA DE VERICUETO
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EL CURA DE VERICUETO
neo por esta parte cantábrica." Cuando el cielo está muy despejado por todos los puntos cardinales, se ve desde mi huerta los Picos de Europa, que parecen girones de nubes que á veces dora el sol, para mí ya ausente.
Pues una tarde, recreándome con la vaga poesía romántica de tales contemplaciones, este verano, me vino á la memoria de repente la imagen, á mi modo fobricada, del cura aquel de la montaña que Higadillos me había pintado en Madrid como un Harpagon de misa y olla. Por aquella parte del horizonte, en uno de aquellos repliegues de piedra blanquecina que se destaca sobre laderas de hayas, pinos, robles y castaños, vivía y tenia su parroquia el pobre sacerdote que yo deseaba conocer. En una de las estribaciones del Cordal de Suaveces estaba Vericueto, el lugar que daba nombre á la parroquia de mi señor cura.
Pensar en él y reanimarse el deseo de visitarle fué en mí todo uno; y como Higadillos vivía por allí cerca, y me había invitado repetidas veces con franca hospitalidad", y como en pago de no pocos socorros con que mi flaca bolsa le había sacado de varios apuros, sin vacilar, decidí el viaje; y al día siguiente el tren me llevó cerca de aquellas sierras; y desde cierta estación, un mal caballo me sirvió para andar lo peor del camino, que fué el subir por cañadas peligrosas las primeras cuestas del Cordal de Suaveces; hasta dar con mis huesos
I,EOPOr.DO ALAS
molidos en la parroqiiia de Antuña, donde Higadillos me recibió con los brazos abiertos, pues era tan alegre y expansivo camarada, como superficial pensador y profundo mentecato.
Cuando le recordé su promesa de llevarme á casa del cura de Vericueto, y le declaré que esta visita era el móvil principal de mi viaje, se turbó un poco; así, cual algo contrariado; poro pronto se repuso, y, por lo menos, fingió celebrar mucho mi buena memoria y excelente propósito.
Y al día siguiente, muy de mañana, á pie, emprendimos la marcha, que fué toda cuesta arriba, pues era Vericueto lugar muy bien pintado por su nombre; porque, si os queréis figurar una montaña, muy puntiaguda, como una gran torre, podéis decir que Vericueto ocupaba el campanario.
Vericueto es una bandada de chozds pardas y algunas casuchas blancas esparcidas por la ladera aquella del Suaveces; parece que van al asalto de la cumbre, berrueco inmenso que amenaza desplomarse sobre la diseminada tropa y aplastar todas las viviendas que encuentre en su caída; á la cabeza del asalto, es decir, en lo más empinado del lugarejo, se ve un grupo de aquellas chozas,