Cuentos morales · Unidad 39 de 188
Unidad 39 · 80 LEOPOLDO ALAS
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80 LEOPOLDO ALAS
Comparada con la calle, la iglesia estaba templada. Chiripa empezó á sentirse menos mal. Entró en una capilla y se sentó en un banco. Olia bien. «Era incienso, ó cera, ó todo junto y más: olía á recuerdos de chico.» El chisporroteo de las velas tenía algo de hogar; los santos quietos, tranquilos, que le mirabais con dulzura, le eran simpáticos. Un obispo con un sombrero de pastor en la mano, parecía saludarle, diciendo: — ¡Bien venido. Chiripa! — El, en justo pago, intentó santi guarse, pero no supo.
No sabia nada. Cuando la oscuridad de la capilla se fué aclarando á sus ojos, ya acostumbrados á la penumbra, distinguió el grupo de mujeres que en un rincón arrodilladas formaban corro junto á un confesonario. De vez en cuando un bulto negro se separaba del grupo y se acercaba al armatoste, del cual se apartaba otro bulto semejante.
— Ahí dentro habrá un carca — pensó Chiripa^ sin ánimo de ofender al clero, creyendo sinceramente que carca valía tanto como sacerdote.
Le iba gustando aquello. «Pero ¡qué paciencia necesitaba aquel señor, para aguantar tanto tiempo dentro del armario! ¿Cuánto cobraría por aquello? Por de pronto nada. Las beatas se iban sin pagar.»
«Y nada. A él no le echaban de allí.» Cuando la capilla fué quedando más despejada, pues las
LA CONVERSIÓN DE CHIRIPA
beatas que despachaban, á poco salían, Chiripa notó que las que aún quedaban, se fijaban en su presencia. «¿Si estaré faltando?» pensó; y por si acaso, se puso de rodillas. El ruido que hizo sobre la tarima llamó la atención del confesor, que asomó la cabeza por la portezuela que tenía delante y miró con atención á Chiripa.
«¿Iría á echarle?» Nada de eso. En cuanto el cura despachó á la penitente que tenía al otro lado del ventanillo con celosías, se asomó otra vez á la portezuela y con la mano hizo seña á Chiripa.
— ¿Es á mí? — pensó el ex-mozo de cordel.
A él era. Se puso colorado, cosa extraordinaria.
— ¡Tiene gracia! — se dijo, pero con gran satisfacción, esponjilndose. — Le llamaban á él creyendo que iba á confesarse, y le hacían pasar delante de las señoritas aquellas que estaban formando cola. ¡Cuánto honor para un Chiripa! En la vida le habían tratado así.
El cura insistió en su gesto, creyendo que Chiripa no lo notaba.
—¿Por qué no?— se dijo el perdis. Por probar de todo. Aqní no es como en el Ayuntamiento, donde yo quería que me diesen voto, pa ver lo que era eso del sufragio, y resultó que aunque era para todos, para mí no era, no sé por qué tiquis-miquis del padrón ó su madre.
Y se levantó, y se fué á arrodillar en el sitio que dejaba libre la penitente.