Cuentos morales · Unidad 40 de 188
Unidad 40 · 82 LEOPOLDO ALAS
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82 LEOPOLDO ALAS
— Por ahí, no; por aquí — dijo el sacerdote haciendo arrodillarse á Chiripa delante de sus rodillas.
El miserable sintió una cosa extraña en el pecho y calor en las mejillas, entre vergüenza y desconocida ternura.
— Hijo mío, rece usted el acto de contricción.
— No lo sé —contestó Chiripa humilde , comprendiendo que allí había que decir la verdad... verdadera, no como en la Audiencia. Además, aquello del hijo mío le había llegado al alma, y había que tomar la cosa en serio.
El cura le fué ayudando á recitar el Señor mió Jesucristo.
— ¿Cuánto tiempo hace que no se ha confesado?
— Pues... toa la vida.
— ¡Cómo!
— Que nunca.
Era un monte virgen de impiedad inconsciente. No tenía más que el bautismo; á la confirmación no había llegado. Nadie se había cuidado de su salvación, y él sólo había atendido, y mal, á no morirse de hambre.
El cura, varón prudente y piadoso, le fué guiando y enseñando lo que podía en tan breve término. Chiripa no resultaba un gran pecador más que desde el punto de vista de los pecados de omisión; fuera de eso, lo peor que tenía eran unas cuantas borracheras empalmadas, y la picara blasfemia,
LA CONVERSIÓN DE CHIRIPA 83
tan brutal como falta de intención impía. Pero si jamás había confesado sus culpas, penitencia no le había faltado. Había ayunado bastante, y el frío y el agua y la dureza del santo suelo habían mortificado sus carnes no poco. En esta parte era recluta disponible para la vida del yermo; tenía cuerpo de anacoreta.
Poco á poco el corazón de Chiripa fué tomando parte en aquella conversión que el clérigo tan en serio y con toda buena fe procuraba. El corazón se convertía mucho mejor que la cabeza, que era muy dura y no entendía.
El clérigo le hacía repetir protestas de fe, de adhesión á la Iglesia, y Chiripa lo hacía todo de 'luen grado. Pero quiso el cura algo más, que él ' spontáneamente expresara á su modo lo que sentía, su amor y fidelidad á la religión en cuyo seno se le albergaba. Entonces Chiripa, después de pencarlo, exclamó como inspirado:
— ¡Viva Carlos Sétimo!
— ¡No, hombre; no es eso!... Xo tanto — dijo el confesor sonriendo.
— Como á los carcas los llaman clerófobos...
— ¡Tampoco, hombre!,..
— Bueno, á los curas...
En fin, aplazando las cuestiones de pura forma y lenguaje, se convino en que Chiripa seguiría las lecciones del nuevo amigo, en aquel templo que había estado abierto para él cuando se le cerraban