Cuentos morales · Unidad 50 de 188

Unidad 50 · 104 LEOPOLDO ALAS

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ñora; pero no tengo tiempo ni humor para no dar limosna. Me falta algo si no la doy, tengo que contenerme, gastar la energía que necesito para otras cosas, me distraigo de mis pensares y mis quehaceres... ¡un horror! — Vuelvo á repartir cuartos, y como un reloj. Suplico á usted que no le dé vueltas. Y no me venga usted con el cielo. No pido cosa tan rica á cambio de este bronce que reparto. Nada de eso. Me basta con creer que no me condeno por darle estos perros grandes á esa mujer que trae un chiquillo colgando de cada brazo;., y mire usted... mire usted este pillastre, pálido, canijo, que tirita de frío... ¿cree usted que irá á seducir á una hija de familia con este real en perros que le regalo? Y en último caso, señora, si hacen lo que yo, si también tienen vicios, pues de defectos están libres ustedes, los beatos^ pero no los pobres ni los sabios; si tienen vicios... tienen que ser vicios de perro chico parva materia Conque

toma, toma, toma.

Y Bonilla, entusiasmado con su discurso, empezó á echar calderilla á puñados, como el labrador que siembra y arroja el grano sin responder, más que con la esperanza, de la simiente que fructifica... Y según soltaba perros chicos y grandes, iba diciendo don Pantaleón:

— Ea, ea... tomad... para vicios... para vicios...

EL DÚO DE L4 TOS

El gran hotel del Águila tiende su enorme soui - bra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia á menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera.

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto^» piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de

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luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve A brillar.

«Algún viajero que fuma,» piensa otro bulto, dos balcones inAs :\ la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspi rando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría» sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chai de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme á llamar á la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante.»

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal» piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una