Cuentos morales · Unidad 49 de 188

Unidad 49 · 102 LEOPOLDO ALAS

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102 LEOPOLDO ALAS

nando el vicio?... Y todo sin intención. ¡Como tiene uno tantas cosas en la cabeza! No, y lo que es leer, yo tíimbién he leído todo eso que usted dice de la caridad ordenada, orjíanizada: ilustres filántropos y santos muy clásicos, me han convencido de que la limosna perezosa, empirica^ desordenada, casual es nociva. ¡Pero.. . como no tengo tiempo ni para rascarme! En fin, yo me enmendaré; yo me enmendaré... En adelante, no. me meteré donde no me llaman; cada cual á lo suyo; ustedes á su caridad, yo á mis libros, cada cual á su vocación...

Durante algún tiempo, doña Indalecia pudo observar que Bonilla se enmendaba; ya no le acosaban los pobres por la calle; le dejaban ir y venir, sabiendo que ya no llovían perros grandes ni chicos. La viuda respiró satisfecha. Era una conversión.

Pero después de un viaje que tuvo que hacer para fundar algo caritativo en otra provincia, volvió y... ¡oh desencanto! vio otra vez á su don Pantaleón soltando trigo á diestro y siniestro como la molienda de San Isidro Labrador... El enjambre de los pordioseros de nuevo le seguía, como las abejas de una colmena que llevan de un lado á otro.

Tras varios días de espionaje, la implacable

PARA VICIOS 103

viuda volvió á interpelar al demagogo de las limosnas.

Pero entonces fué él quien habló largo y tendido; y vino á decir:

— Qué quiere usted, hija mía... Por lo visto... era un vicio. No tengo otros. He seguido el consejo de usted... he estado mucho tiempo sin dar un ochavo... y no me sentía bien; el no dar limosna me preocupaba^ sentía una comezón... remordimientos... Me asaltaron mil dudas... Acaso usted y los suyos no tenían razón... Y yo no estoy para dudas nuevas, para más problemas... ¡bastante tengo con los míos! Figúrese usted, señora, que ando á vueltas con el criterio de la moralidad. ¿Por qué debemos ser buenos^ morales? En rigor todavía no lo sé. . . Pero en la duda. . . procuro no ser como Caín. Conque... figúrese usted si por unos cuantos perros y pesetillas sueltas voy yo á cargar con cien quebraderos de cabeza. Además, yo no tengo virtud ni tiempo suficientes para ejercer la caridad metódica, sabia, ordenada... y como yo hay muchos... A los que estamos en esta inferior situación ¿se nos ha de negar todo acto de caridad? Déjesenos ser la calderilla de la filantropía, y repartir un poco de calderilla. De la mía yo no sé qué hacer sí no doy limosna... Yo no fumo, no juego, no gasto en mujeres, ni bebo... ¡Algún vicio había de tener! Déjeme usted este. Como no quiera usted que me dé al aguardiente... Dispénseme usted, se-