Cuentos morales · Unidad 52 de 188
Unidad 52 · EL DÚO DE LA TOS 109
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EL DÚO DE LA TOS 109
solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alrrt.i.
Paso media hora más. También lo dijeron los relojes.
«Enterado, enterado,» pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando á la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía de dormir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría á solas con su presa.
En efecto; en el 36 empezó á resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.
«Era el reloj de la muerte,» pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factui'a de viaje á un bulto en un ferrocarril.
Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho t'ufermo; de posada en posada, peregrino del se-
lio LEOPOLDO ALAS
pulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba do sensiblerías, ó iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. — El pobre jor^ nalero, ¡el pobre jornalero! — repetía^ y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado á muerte de que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna déla Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!
Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oir como un eco lejano y tenue de su tos... Un eco... en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.
La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era... ¿cómo se diría? más poética_, más dulce, más resignada. La tos del 3G protestaba; á veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere; era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar á nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido á toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin