Cuentos morales · Unidad 53 de 188
Unidad 53 · EL DÚO DE LA TOS 111
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL DÚO DE LA TOS 111
aprender á sufrir y á morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.
Llegó á notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.
Poco á poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 3G fué trasformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.
La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido á España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discí pulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver á su patria. ¿Para ([ué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más á su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad ó aldea en que la gente amase á los desconocidos enfermos.
La tos del 3(1 le dio lástima y le inspiró simpa-
112 LEOPOLDO ALAS
tía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo,» pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor^ como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.
La del 32 también se, quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio á Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.
La idea de la pare/a, del amor, del diio, surgió antes en el número 32 que en el 36.
La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico! no es ésta la palabra. ¡Eros! el amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como á adivinar: