Cuentos morales · Unidad 63 de 188

Unidad 63 · LA IMPERFECTA CASADA 135

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LA IMPERFECTA CASADA 135

lue llenan los teatros, los bailes, sin que en rigor se las vea. Al llegar cierta hora, en la alta noche, sin pensar en remediarlo, bosteza; y si la fiesta es cosa de música ó drama sentimental, al llegar alo patético se acuerda de sus hijos, de aquellas cabezas rubias que descansarán sobre la almohada, á la tibia luz de una lamparilla, solos, sin la madre. ¡Mal pecado! ¡Qué remordimiento! ¿Y todo para qué? Para permitirse la poco simpática curiosidad de olfatear amores ajenos, de espiar miradas, de contemplar los triunfos de las hermosas que hoy brillan como ella brillaba en otro tiempo... ¡Qué bostezos! ¡Qué remordimiento!

Con el recuerdo na-da halagüeño de las impresiones de noches tales. Mariquita se resolvió á no volver al mundo, y por mucho tiempo cumplió su palabra. En vano, marrullero_, quería su esposo obligarla al sacrificio; no salía de casa.

Pero pasaban años, los chicos crecían^ el último parto ya estaba lejos, la edad traía ciertas carnes, equilibrio fisiológico que era salud, sangre buena y abundante; y la primavera de las entrañas retozaba, saliendo á la superficie en reminiscencias de vaga coquetería, en saudades de antiguas ilusiones, de inocentes devaneos y del amor serio, triunfador, pero también muerto, de su marido.

3>[ariquita recordaba ahora, leyendo á Fray Luis, sus noches de teatro de tal época.

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Llegaba tarde al espectáculo, porque la prole la retenía, y porque el tocado se hacía interminable por la falta de costumbre y por la ineficacia de los ensayos para encontrar en el espejo, á fuerza de desmañados recursos cosméticos, la Mariquita de otros días, la que había tenido muchos adoradores.

¡Sus adoradores de antaño! Aquí entraba el remordimiento, que ahora lo era, y antes, al pasar por ello, había sido desencanto glacial, amargura

íntima, vergonzante Acá y allá, por butacas

y palcos, estaban algunos de aquellos adoradores pretéritos... menos envejecidos que ella, porque ellos no criaban chicos, ni se encerraban en casa años y años. ¡Por aquellos ilustres y elegantes ^aZZos no pasaba el tiempo!.... Ahora... adoraban también, por lo visto; pero á otras, á las jóvenes nuevas; constantes sólo, los muy picaros, en admirar y amar la juventud. Celos postumos, lucha por la existencia de la ilusión, por la existencia del instinto sexual^ la habían hecho intentar... locuras; ensayar en aquellos amantes platónicos de otros días el influjo poderoso que en ellos ejercieran sus miradas, su sonrisa... Miró como antaño; no faltó quien echara de ver la provocación, quien participara de la melancolía y dulce reminiscencia... Entonces Mariquita (esto no podía verlo olla) se había reanimado, había rejuvenecido; sus ojos, amortiguados por la vigilia al pie de la cuna, ha-