Cuentos morales · Unidad 62 de 188
Unidad 62 · LA IMPERFECTA CASADA 133
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LA IMPERFECTA CASADA 133
bras del Espíritu Santo, le quemaba el cerebro á través del cráneo.
Quiso tener valor, en penitencia, y siguió leyendo, y hasta llego donde poco después dice: «.T cierto, como el que se pone en el camino de SantiagOj aunque á Santiago no llegue, ya le llaman romero, asi, sin duda, es principiada ramera la que se toma licencia para tratar de estas cosas, que son el camino. y>
Y, siempre con las manos apretadas á la cabeza, la de Osorio se quedó meditando:
— ¡Yo ramera principiada y por aquello mismo que, si ahora siento como dolor de la conciencia que me remuerde, siempre tomé por prueba dura, por mérito de mi martirio, por cáliz amargo!
Por el recuerdo de Mariquita pasó, en una serie de cuadros tristes, de ceniciento gris^ su historia, la más cercana, la de esposa respetada, querida sin ilusión, sola en suma, y apartada del mundo casi siempre.
Casi siempre, porque de tarde en tarde volvía á él, por días, por horas. Primero había sido completo alejamiento; la batalla maternal: el embarazo, el parto, la lactancia, los cuidados, los temores y las vigilias junto á la cuna; y vuelta á empezar: el embarazo, cada vez más temido, con menos fuerzas y más presentimientos de terror; el parto, la lucha con la nodriza que vence, porque la debilidad rinde á la madre; más vigilias^ más cuidados,
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más temores., y el marido que empieza á desertar, en quien se disipa algo que parece nada, y era nada menos que el amor, el amor de amores, la ilusión de toda la vida de la esposa, su único idilio, la sola voluptuosidad lícita, siempre moderada.
Como un rayo de sol de primavera, con el descanso de la maternidad viene el resucitar de la mujer, que sigue el imán de la admiración ajena; ráfagas de coquetería... así como panteística, tan sutiles y universales, que son alegría, placer, sin parecer pecado. Lo que se desea es ir á mirarse en los ojos del mundo como en un espejo.
La ocasión de volver al teatro, al baile, al banquete^ al paseo, la ofrece el mismo esposo, que siente remordimientos, que no quiere extremar las cosas, y se empeña — se empeña, vamos — en que su mujercita ¡qué diablo! vuelva á orearse, vuelva al mundo, se distraiga honestamente. Y volvía Mariquita al mundo; pero... el mundo era otro. Por de pronto, ella no sabía vestirse; lo que se llama vestirse. Sin saber por qué, como si fueran escandalosas, prescindía de sus alhajas: no se atrevía á ceñirse la ropa, ni tampoco á despojarse de la mucha interior que ahora gasta, para librarse de achaques que sus maternidades trajeran con amenazas de males mayores. Además comprende que ha perdido la brújula en materia de modas. Un secreto instinto le dice que debe procurar parecer modesta, pasar como una de tantas, de esas