Cuentos morales · Unidad 65 de 188

Unidad 65 · 140 LEOPOLDO ALAS

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cípulos para comprender que había un Padre celestial. Esta idea, que en un salón del gran mundo, ó en el seno de la familia admitirían la mayor parte de los profesores y de los estudiantes, era en una cátedra de filosofía en una de las Universidades más ilustres del país más sabio, una verdadera originalidad que hubiera costado su fama de profundo pensador y muy experto hombre científico al Doctor (ilauben, si los argumentos que en pro de su atrevida afirmación rotunda exponía fuesen determinadamente los de cualquiera de las clásicas escuelas deístas, que decididamente, estaban fuera del moviTniento.

Pero lejos de considerar á Glauben como anticuado, estudiantes y profesores asistían á su cátedra, ó leían sus artículos, con atención, con profundo interés; y más bien se caía al principio en la tentación de tacharle de amanerado, de demasiado innovador y revolucionario en filosofia, de amigo de encontrar caminos sin huellas; esto al principio, porque á las pocas conferencias se advertía que Glauben era todo sinceridad, que tenía en la cabeza un corazón, y que buscando con rigorosa lógica aquella idea de paternidad celestial, como explicación única racional del mundo, exponía la historia de su amor, el supremo anhelo de su existencia.

Sus armas de combate eran de la fabricación más moderna; luchaba con los más recientes ada-

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lides del positivismo discreto atenuado, con.el mismo género de discurso y de fuentes auxiliares q^ae ellos. Todos reconocían que no había sabio en el país que pusiera el pie delante á Glauben en punto á ciencia contemporánea; era sociólogo, fisiólogo, psicólogo, naturalista, matemático, lógico, lingüista; estaba al tanto de los últimos descubrimientos; míineja¡bíL los petits faits como el primero; estaba de vuelta de todas las grandes ilusiones del idealismo genial que un día predominara en su patria; planteaba la cuestión como podía hacerlo un Wundt, unSpencer... y concluía como un San Francisco de Asís, como un Bossuet, como un Crisóstomo. «Había Dios, Dios padre; era una locura infinita, que había de parecer imposible á las edades futuras, la negación del Padre nuestro que estaba en los cielos, es decir, en lo infinito, en lo absoluto.»

«Lejos de haber pasado la humanidad de la edad teológica á la filosófica y de ésta á la positiva, estaba, por lo que toca á la ciencia, en un período de embrionarios esfuerzos, muy parecidos á la vida de los salvajes en las relaciones extracientíficas, período que era como especie de caos intelectual, del cual, no se sabe cuándo, se síildría, para aproximarse poco á poco á la edad teológica, la definitiva.»

«Como la ciencia busca la verdad sabida^ no sólo creída^ para ella no supondrá menos progrc-