Cuentos morales · Unidad 66 de 188
Unidad 66 · 142 LEOPOLDO ALAS
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142 LEOPOLDO ALAS
SO, menos trabajo realizado el que su última solución sea cosa tan llana para la fe sencilla y vulgar de gran parte de los pueblos. Es indiferente, para el progreso científico, para la demostración de su gran fuerza, que sus conclusiones respecto del misterio del mundo sean estas ó las otras; la calidad de la afirmación és cosa extracientíflca, lo que importa es el modo de la afirmación; que sea A ó que sea B la verdad, no le importa á la ciencia; lo que le importa es saber que es verdad y poder demostrarlo. Puede haber Dios, puede no haberlo; la ciencia por mucho que progrese, no puede llegar, en este punto, más que á una de esas dos conclusiones. Así, no es extraño que tan lejano período de luz científica, tan lejano que no se vislumbra todavía, por lo que toca al asunto de su afirmación, no sea cosa más nueva que ésta: que nuestro Padre está en los cielos.
A los pocos días de asistir á la cátedra de Glauben perdía, el que lo tuviera, el hábito de la preocupación de lo contemporáneo como superior á lo antiguo, el hábito de inclinarse á la moda en filosofía; las más recientes hipótesis que los demás profesores exponían como deslumbrantes novedades, las analizaba Glauben con fría imparcialidad, las comparaba y barajaba con las teorías vie-
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jas, y á poco aparecían con la pátina de lo caduco, de lo transitorio; tenía una rara habilidad, nada maliciosa, para borrar el prestigio del barniz reciente en las doctrinas que sometía á examen. Y con todo, no ofendía á nadie; muchas veces le oían los mismos inventores de las teorías que sometía á aquel baño histórico y no podían sentirse mortificados, porque no despreciaba nada; lo antiguo, lo moderno, todo era pensamiento, nobleza de alma.
Glauben era alto, delgado y pálido; como de unos cincuenta años, con cabellera ondeada, negra, sin una cana, de hebras sedosas, tenues, dóciles á la mano ñna y aristocrática que solía acariciarlas, como si sintiese bajo ellas el palpitar de las ideas. Mientras acariciaba la melena con la mano, apoyaba el codo en la mesa y la cabeza en la palma de la mano, cuyos dedos jugaban con la seda negra del cabello dócil. Sonreía casi constantemente, con cara dolorosa, melancólica. Sus ojos, paseándose distraídos en miradas que nada buscaban fuera, á veces, al menor ruido hacia la puerta del aula, se mostraban asustados. Si entraba un discípulo algo tarde, suspendía Glauben la plática, le miraba como inquieto, sin respirar; y después que el estudiante pasaba delante de él y buscaba su asiento, Gflauben respiraba tranquilo, volvía á sonreír y á proseguir de nuevo el suspendido discurso. Auuciue allí, al dar un reloj d«' la casa la