Cuentos morales · Unidad 7 de 188
Unidad 7 · EL CURA DE VERICUETO 11
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL CURA DE VERICUETO 11
Pero la voz, que sonaba en una alcoba del fondo, rugió de esta suerte:
— ¡Chin! ¡chin! ¡fuera, chin! ¡Ramona, tórnalos gochos!
No se presentó aquella mitológica Ramona á tornar á los señores de la Cerda; pero ellos, á los gritos del amo (tal vez porque se llamaban chin los dos, siendo tocayos ^^ huyeron por la puerta que dejamos franca con mil amores. La sala era, por lo ^^sto, comedor y biblioteca y... bodega. ^\ un lado había una mesa de castaño, de grandes alas dobladas; cerca de ella anaqueles de pino con platos y otros enseres de rudimentario menaje culinario; enfrente, en un estante, en forma de tríptico, tosco y sucio y viejo, algunas docenas de libros mezclados con botellas , unas lacradas y otras vacías. La leyenda de oro estaba custodiada por dos ejemplares de sidra de Cima embotellada; y en cuanto á Perrone parecía que le llevaban preso dos corpulentas, y muy galoneadas de oro y rojo, botellas de cognac, de cuello de cigüeña. — ¿Se puede, señor de la tribu de Leví? — Ya he dicho que pase el Gran Oriente. — Es que no vengo solo.
— Pues adelante con los faroles... de toda la masonería militante...
Higadillos levantó una cortina de percal verde, y yo, sin pnsar del umbral, desde la puerta de la alcoba, que tenía luz propia, l;i de una gran ven-
12 LEOPOLDO ALAS
tana ú Oriente, vi en una cama de nogal, ancha y recia, bajo una colcha de punto, blanca y limpia, un busto de clerígón^ una camisa de buen hilo, de señor, fina y reluciente, pero sin tirilla^ como si hubiera reventado por arriba para dejar libre la salida á un cuello de atleta, fuerte, sonrosado, de músculos fornidos; digno fuste de una cabeza que me recordó en seguida alguno de los grabados con que Doré ilustró los Cuentos droláticos de Balzac. La impresión general que producía aquel rostro despertaba la imagen del tronco de una añosa encina... con verrugas. Era una gran masa de carne surcada por arrugas expresivas, regueros por donde corría la malicia que tenía sus manantiales en los ojos pequeños, agudos, picarescos^ llenos de chispas que saltaban con las palabras. La cara del cura de Vericueto no era un cliché de la fisonomía del avaro, era un misterio complicado en que no había de seguro más que la malicia, la astucia... y un no se sabía qué de bondad, de honradez latente arraigada en el espíritu. Recordaba una de esas grandes sátiras con que la Edad Media supo zaherir al clero sin lastimar á la Iglesia.
Don Tomás Celorio, á quien todos los curas del arciprestazgo llamaban familiarmente «Vericueto»