Cuentos morales · Unidad 6 de 188

Unidad 6 · EL CL'RA DE TERICUETO

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EL CL'RA DE TERICUETO

que la cosa suceda... ya que ha de suceder.» Y no subió á Vericueto.

Pero ya es hora de que subamos nosotros, sin miedo á, lo del pique; que por ahora no sabemos lo que es.

Jadeantes, divinos de que nos enjugara el rostro la Verónica, con Ja americana al hombro, llegamos Higadillos y yo al atrio de la iglesiuca; asomamos las narices por unos agujeros de la puerta principal, que dejaba ver el interior del templo, mezquino, adornado más de grietas y telarañas que de retablos é imágenes... Pero allí corría un vientecillo más que fresco, y el miedo á la pulmonía nos hizo continuar la marcha, hasta dar en la quintana de la rectoral misma; y sin pararnos á saludar á las gallinas y al perro, que nos recibió gruñendo, entramos en lo que debiera ser portal y era ya la cocina. O no había chimenea para el hogar, ó no funcionaba bien; ello era que el humo llenaba la estancia, y después de muchas idas y venidas salía por el tejado, metiéndose por donde podía.

La casa tenía planta baja y un piso; pero la parte de éste, que estaba sobre la cocina hacía muchos años que se había deshecho, podrida la madera: se había inutilizado y á trechos se veía desde abajo el desván. El humo salía por allí á sus anchas: en la cocina no encontramos alma humana, pero sí de cerda, pues, gruñendo también.

10 r.KOPOt.no ai.as

nos salieron al encuentro (Jos de la piara de Epicuro, como diría el párroco; pero no dos voltxírianos^ sino dos de Teberga, con la oreja larga^ dos que prometían para un próximo porvenir excelentes jamones, dignos de la fama de su pueblo.

Al sentir que no cejábamos,, los señores de la Cerda se acobardaron y corrieron hacia las habitaciones interiores, sirviéndonos, sin pensarlo, de guías, y anunciando nuestra presencia.

— ¿Quién anda ahí? — gritó una voz áspera y perezosa allá dentro.

— Gente de paz — contestó Higadillos, disfrazando la suya.

— ¡Ramona! ¿No está ahí Ramona? ¿Qué pasa? ¿quién va?

— ¡Somos los hombres... del porvenir!... — cantó mi amigo con música de La Marsellesa.

— ¡Ah, vaya! Adelante... el Gran Oriente.

Pisando despacio, con cierto recelo ó respeto, no sé por qué, entramos en una sala estrecha^ cuyo pavimento no se sabía de qué era, pues lo cubría capa empedernida de secular suciedad, aluvión de la desidia amasada con polvo^ restos de todos los despojos é inmundicias. En la sala no había nadie más que los futuros Ifigenios del mondongo, que al creerse acosados, parecían dispuestos á una defensa digna del más refractario jabalí.

Higadillos y el qne suscribe tuvimos miedo.