Cuentos morales · Unidad 70 de 188

Unidad 70 · 150 LEOPOLDO ALAS

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150 LEOPOLDO ALAS

pintar así el desamparo injusto, la sagrada vida inocente, débil, abandonada, sola, en el universo inconexo, ilógico ¡Oh! Perdone usted; ni entonces, ni ahora tuve ni tengo palabras para lo que expresaban aquella cabecita celestial, aquellos ojos de la niña de tres años sin padre ni madre, que lo buscaba todo en el amparo frágil de otra huérfana.

La contemplación me dominaba: sentía que me estaba poniendo malo, malo allá, muy por adentro; y sin embargo insistía en mirar, en padecer, en comprender, en adivinar el dolor posible de la vida, en ahondarlo, en aumentarlo con la fantasía... Mis hyos podían verse así; podía faltarles el padre, podía faltar yo: ¿quién sabía si aquel sufrir infinito era ya principio de la muerte? ¡La orfandad completa! ¡Solos mis hijos en el mundo, en el cual yo sé, porque por algo se es filósofo, que nadie quiere de veras á no ser los padres! ¡Oh infinito padecer! ¡Aquí estás presente!... Yo no sé qué hubiera sido de mi razón si mis ojos hubieran seguido embriagándose con aquella copa de amargura; leyendo la biblia del dolor posible en aquel grabado de crueldad sublime... Por fortuna empecé á sentirme mal, hacia fuera; me desvanecía; el estómago protestaba... caí en una silla, estuve trastornado un instante; y á poco salí del círculo, sin que nadie hubiera advertido cuánto acababa de padecer allí un hombre.

Nunca jamás volví á mirar el grabado... Poro

UN GRABADO 151

desde aquella noche ¡qué vida! El munclt) se me convirtió en una procesión de símbolos de mi desgracia, la orfandad de mis hyos. Cuando los veo en sus juegos, en sus mutuas caricias, formando grupos de ternura angelical, veo el grabado, los veo solos, huérfanos^ tristes... rodeados de la nada del universo sin paternidad... Sus cabecitas inclinadas, sus melenas sacudidas al viento, sus ojos á veces soñadores y tristes, el ?áve penseroso de éste, los arrullos de tórtola solitaria de la pequeña... todo se vuelve cartones, apuntes proféticos para el cuadro postumo. ¡Así estarán en el mundo sin mí! Sin madre, ¡ni siquiera padre...!

La vida de mi espíritu llegó á hacerse imposible; yo tenía que disimular, es claro; el suicidio, aparte de considerarlo inmoral, era para mí absurdo porque era su resultado lo que yo temía; la orfandad de mis hijos. Había que vivir y vivir de aquella manera. Me refugié en el trabajo, es decir, en la reflexión, en mis filosofías... y de allí me vino el remedio, el paliativo á mi dolor... La idea de la realidad, del universo sin CdiV'ifíO paternal, era demasiado horrorosamente miserable para no ser falsa.

No podía ser el mundo una cosa tan mala. La creación, como mis hijos, necesitaba padre... y á través de doctrinas viejas y nuevas, de sistemas orientales y occidentales, inmanentes y trascendentales... ful buscando, buscando... lapafe/'Wirfftfí,