Cuentos morales · Unidad 71 de 188
Unidad 71 · 152 LEOPOLDO ALAS
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152 LEOPOLDO ALAS
como imperativo categórico del dolor... La infinidad del mal, lo absoluto de la desesperación que suponía la no existencia de un Dios Padre, era cosa demasiado perfecta en su género de mal, para no ser cosa artificiosa, hipótesis, una teoría alambicada, una figura geométrica, regular, abstracta, que no se daba en la realidad, sino en el cerebro enfermo del hombre. No podía ser que el universo no tuviera Padre... El Padre nuestro... Aquel en cuyo seno yo dejaré á mis hijos si mis locuras me matan antes de tiempo. Pensando que hay Dios, Padre Celestial; pensando que, pese á la apariencia, el universo es un regazo, un nido del cariño, puedo vivir sin una camisa de fuerza. ¡Si mis hijos no tuvieran más padre que yo, mortal!... Pero le tienen sí, ¿verdad? ¿No es verdad que en cátedra lo pruebo? ¿Que no hay positivismos ni intelectualismos que valgan ante la idea seria, clásica, tradicional, estética, armoniosa... del Padre Eterno que está en los cielos... es decir, en todas partes?
El Dr. Glauben se había puesto en pie... yo también; y temblaba, no sé si de miedo; debía de estar muy pálido. El me lo dijo. Y me tendió la mano, añadiendo más tranquilo:
— No tema usted; no estoy loco todavía, loco de atar, á lo menos... ¿Sinceridad? Absoluta. Creo firmemente cuanto digo en clase. Y me parece que lo pruebo. — Una pausa.
— Con todo; mi lealtad de pensador, de hom-
UN GRABADO 153
bre de ciencia, me obliga á hacer á usted estas declaraciones. Ya conoce usted mi enfermedad; ya conoce usted sus consecuencias, que son el por qué subjetivo de mi sistema... No se fíe usted del todo. Puedo... puedo estar equivocado... Pero cuando usted tenga hijos... crea usted en Dios Padre...
EL TORSO
El duque de Candelario tenía media pro%'incia por suya; y no iba muy descaminado, porque & sus cotos redondos no se les veía el fin, y ejércitos de labradores le pagaban renta. Mucho había heredado de sus ilustres ascendientes; pero él también había adquirido no poco, y nadie podía decir que de mala manera y sin servir á la patria: era en su vejez, que casi se podía llamar florida por lo bien que en cosas que habían de dar fruto la empleaba, y por la lozana alegría de su humor y la constancia de sus fuerzas y alientos, era, digo, un agricultor de grandes vuelos, inteligente, activo, desinteresado con el pobre; pero atento á la legítima ganancia; y así se enriquecía más y más, ayudaba á los que le rodeaban á ganar la vida, y á quien le sacaba el jugo era á la tierra.
Si de este modo servía ahora á la patria, antes le había dado algo que valía más: su sangre y el