Cuentos morales · Unidad 72 de 188
Unidad 72 · 156 LEOPOLDO ALAS
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156 LEOPOLDO ALAS
continuo peligro de la vida; había sido bravo militar, llegando á general, y en todos los grados de su carrera había tenido ocasión de probar el valor en verdaderas hazañas. Aún más que por todo esto, le estimaban en su tierra por lo llano, alegre y franco del carácter. No se diga que despreciaba sus pergaminos, pero tenía la democracia del trato, como rasgo capital, en la sangre; y por algo le llamaban el duque de los abrazos. En los membrudos remos, como él decía, que no desdeñaban las armas del trabajo del campo, estrechaba con sincera hermandad á los humildes aldeanos, que adoraban en él y le acompañaban en su vida sana^ activa, de cazador y labrador y buen camarada en honestas francachelas.
Vivía casi siempre en el campo, en un gran palacio, con aspecto de castillo feudal, donde el más aristocrático señorío se mostraba por todas partes.
El amo inspiraba confianza en cuanto se le veía; su regia mansión, situada en medio de sus dominios, rodeada de bosques, imponía frío respeto.
Pero mientras D. Juan Candelario, duque de Candelario, vivió, venció él á todos á la tradicional reserva, á la etiqueta linajuda, al aspecto imponente y aristocrático de su casa; y lo que era más arduo^ venció la sorda oposición de su digna esposa, tan noble como él_, no menos buena^ pero de gustos menos democráticos, menos expansiva
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en el trato de los inferiores. El dnque, burla burlando, tenía voluntad de hierro, y donde estaba él no mandaba marinero. Así era su gran palacio casa de todos, porque él lo quería, y hacíase tratar como un labrador más rico que los otros, pero no de otra madera.
Tenia sólo un hijo, que, en cuanto fué posible, su madre se apresuró h enviar á Inglaterra á que se educara en Eton, después en Oxford y después en la escuela del gran mundo inglés. No se opuso el duque, porque le pareció racional que su heredero recibiese la sólida instrucción y las lecciones de vida de gran señor que allá lejos sabía él que se adquirían; pero esto no le impidió suspirar cuando advirtió que su Diego se había entregado á ideas, hábitos y tendencias que distaban mucho de aquella sencillez castellana que para D. Juan era educación y naturaleza.
Su hijo se parecía más á la duquesa que al duque mismo, y la educación que éste llamaba estirada, correcta y fría, ponía el sello á las diferencias que lamentaba. Pero no se quejó. Cada cual sería á su manera. A él, ni Diego^ ni nadie le sacaría ya de su paso; pero el sucesor, que fuera como Dios tuviese dispuesto; dejaba á los demás la libertad, que él para sí había reclamado, de vivir á su modo. Ahora sí; mientras el duque viejo existiese, su casa, pusiera el señorito el gesto que pusiera, seguiría marchando como siempre.