Cuentos morales · Unidad 74 de 188

Unidad 74 · 160 LEOPOLDO ALAS

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160 LEOPOLDO ALAS

tas. Verdad era que poco á poco aquellas relaciones de hermandad_, aquella vida de camaradas^ las había ido tomando el veterano como cosa de la naturaleza; y como todo lo que él decía y hacía estaba bien para el amo^ y como su celo por el interés de la casa era de corazón, apasionado^ y esto lo estimaba el duque más ,que un tesoro^ Ramón se dejaba llevar por aquella plácida pendiente. Aun en presencia del duque joven continuó tratando al viejo con la franqueza igualitaria de siempre; porque ¡ay de él y de todos si el amo hubiera advertido que allí se obedecía á nueva voluntad, á gustos nuevos!

— En muriendo yo— había dicho una vez don Juan — que te cuelguen de un árbol, ó que te pongan una casaca verde_, si quieren; pero mientras yo viva... ¡lo de siempre!

Pasaron años; Diego vivió lejos de su padre^ á lo gran señor, en el mundo; se casó con una duquesa, y no volvió al palacio de Candelario hasta que murió su madre. Estuvo allí poco tiempo. Lo bastante para convencerse de que el duque llenaría el vacío que dejaba su mujer, en lo posible, con la influencia de Ramón. Sin malas artes, sin astucia, sin ambición, por su inteligencia, su energía y su celo, el jardinero había invadido todas las funciones de mando. El duque, muy postrado, decía:

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— El es mis pies y mis manos... y eso que no tiene ni manos, ni jñes.

En efecto; el veterano^ que había dejado una pierna en la guerra, había dejado después, poco hacía, en un tejado del palacio_, un brazo, con ocasión de apagar un incendio. No importaba; con lo que le quedaba, Ramón lo dirigía todo_, lo vigilaba todo.

Diego, al verle de tal modo lisiado, le puso un mote que hizo sonreír á su esposa la duquesa, poco amiga también de aquellas confianzas de los criados; le llamó el Torso, porque apenas le quedaba más que el tronco, y ese, viejo y arrugado, aunque fuerte como una encina .

Poco antes de morir, el duque llamó á su hijo á su lado. El pobre viejo, rendido ya en el lecho en que iba á expirar, no sentía ahora la energía que en otro tiempo le hizo ser dueño absoluto en su casa. A los pocos días de llegar don Diego, Ramón, ya caduco también, tuvo que entregar el poder; el señorito muy amado, que no dejaba de quererle á él, pero á distancia, le hizo entender bien claramente que se había equivocado si creía que aquel trato familiar de amos y criados que don Juan \iíx\)\Li impuesto, era ley natural del mundo; el verdadero respeto, la verdadera lealtad á los amos, consistía en otra cosa; en saber guardar la decorosa distancia que hay de clase á clase.

En adelante, puesto ([ue por desgracia don