Cuentos morales · Unidad 75 de 188

Unidad 75 · 162 LEOPOLDO ALAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

162 LEOPOLDO ALAS

Juan ya no dirigiría nunca la casa, todo cambiaría; cada cual volvería á su sitio; él, Ramón, pues era jardinero, volvería á sus jardines, viviría allá arriba^ en el Pabellón de la Glorieta, que estaba en un altozano, á lo último del parque.

Ramón no se lo hizo decir dos veces. «Amo nuevo, vida nueva.» Era un perro fiel: mientras se había querido caricias, confianza, había sido cariñoso, confianzudo; había dormido á los pies de su amo, dándole el calor de su afecto... ahora se le mandaba á la puerta, á vigilar desde fuera como buen mastín... pues afuera, al Pabellón de la Glorieta; al destierro.

Y allá se fué, humilde, algo avergonzado de haber tomado en serio su papel de mayordomo y favorito.

Don Juan notó el cambio, pero ya no tenía humor ni fuerzas para protestar. Además, él también abdicaba de buen grado; era natural que su hijo quisiera empezar á ejercer el mando; él mismo le animaba á ello para darse el gusto de ver reinar al heredero, orgullo y gloria de su padre. «Diego es un gran señor, se decía don Juan; yo, á lo sumo, habré sido un gran aldeano.»

Y murió don Juan, y el cambio iniciado se acentuó y acabó por ser completo. Aquellos donii-

feL TORSO 168

nios, metidos en el riñon de España, parecían ahora una de esas mansiones de los landlords que nos describe y pinta TTie Graphic de vez en cuando; allí todo era inglés; todo, como diría don Juan, tieso, correcto, frió. Mayordomo hubo, pero no fué Ramón; los criados fueron autómatas con aquella casaca verde de que el difunto duque se burlaba; hubo en el palacio siempre convidados; pero no eran los labradores del contorno, sino señores muy serios poco llanos también.

Ramón apenas salía de su pabellón de allí arriba al extremo del parque; se dio por confinado, sobre todo desd e que se le advirtió que su cargo de jardinero sería en adelante honorario, si bien seguiría cobrando su sueldo, pero sin ejercicio de funciones. Don Diego atendería á su vejez con todos los cuidados que merecía. No le faltaría más que la confianza de antaño. No se quejó; cambió de vida; fué el más respetuoso, el más estirado, el menos comunicativo de la servidumbre. Aceptó su suerte, y sin vergüenza comió agradecido el pan que se le daba por los servicios de toda una vida. Sin embargo, en un rincón de la huerta trabajaba lo que podía, casi siempre solo.

Los duques iban y venían; vivían en Candelario parte del verano y todo el otoño. En toda la temporada Ramón veía á su don Diego del alma dos ó tres veces. Llegaban á él, como rumores lejanos, ecos de las borrascas domésticas, ecos con-