Cuentos morales · Unidad 80 de 188

Unidad 80 · 174 LEOPOLDO ALAS

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174 LEOPOLDO ALAS

to fué un descalabro, una minoría tan selecta como poco numerosa me defendía con paradojas insostenibles, con hipérboles que equivalían á subirme en vilo por los aires, para dejarme caer y aplastarme. En el saloncillo bramaba una verdadera tempestad critica. La fórmula era darme la enhorabuena, pero con las de Caín. En cuanto yo daba la vuelta, se discutía el género, la tendencia, y por último, se me desollaba á mí. Entonces acudían los amigos; me ensalzaban á mí y le echaban una mano protectora al género, á la tendencia. Yo recibía los parabienes con cara de Pascua, pero en calidad de cordero protagonista.

Lo que nadie decía, pero lo que pensaban todos, era esto: «La culpa no es del género^ no es de los moldes nuevos, es del repostero éste, es del ingenio mezquino que se ha metido en moldes de once varas. Se ha equivocado. Esta es la fija. Se ha equivocado».

Así pensaban los enemigos; y aun lo insinuaban, atacándome de soslayo. Y así pensaban los amigos, defendiéndome de frente é insinuándolo más con esta franca defensa.

¿Y Fernando? Fernando me defendía casi á puñetazos. En poco estuvo que no tuviese dos ó tres lances personales. Yo le oía de lejos; no le veía.

El no pensaba que yo le oía. Su defensa, apasionada, furiosa, era ingenua, leal. ¡Qué entusias-

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mo el suyo! Era ordinariamente moderado, casi frío; pero aquella noche, ¡qué exaltación!

— Le ciega la amistad — se oía por todos los rincones.

¡Qué no me hubiera cegado aquella noche á mí!

Como se recogen los restos gloriosos de una bandera salvada en una derrota, Fernando me recogió á mí, me sacó del teatro y me llevó á nuestra tertulia de última hora, en un gabinete reservado de un café elegante.

Al entrar allí me fijé, por primera vez en aquella noche, en el rostro de mi amigo> que vi reflejado en un espejo. Sentí un escalofrío. Me atreví á mirarle á él cara á cara. Y en efecto, estaba como su imagen. Aún había en el amigo no sé qué de pasión que no había en el espejo. Estaba radiante. En sus ojos brillaba la dicha suprema con rayos que sólo son de la dicha, que no cabe confundir con otros. Femantlo, muy diferente de mí en esto, era un amador de mucha fuerza y de buena suerte; para él la mujer era lo que para mí la amistad: su buena fortuna en galanteos le hacía feliz. Su rostro, generalmente frío, soso, de poca expresión, se animaba con destellos diabólicos, de pasión intensa, cuando conseguía su amor propio grandes triunfos de amor ajeno. Pero tan hermosamente transfigurado por las emociones fuertes y placenteras, como le vi aquella noche, en aquel gabinete del café, no le había visto ni siijuiera en