Cuentos morales · Unidad 81 de 188

Unidad 81 · 176 LEOPOLDO ALAS

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176 LEOPOLDO ALAS

la ocasión solemne en que vino á pedirme que le dejara solo en casa con su conquista más preciosa: la mujer de un amigo.

Mientras cenábamos, me fijé en los ojos de Fernando. Allí se concentraba la cifra del misterio. Allí se leía, como clave del enigma: «¡Felicidad! ¡La mayor felicidad que cabe en este cuerpo y en este espíritu de artista, de egoísta, de hombre sin fe, sin vínculos fuertes con el deber y el sacrificio!»

¡Sí el ulma un cristal tuviera!... ¡Oh! ¡Sí; lo tenía! Yo leía en el alma de Fernando, á través de sus ojos, como en un libro de psicología moderna, como en páginas de Bourget.

Fernando era feliz aquella noche de una manera feroz; sin saberlo, sí, como las ñeras. Sabía él por experiencia propia, que la quinta esencia del sentimiento de un arpista, de lo que éste cree su corazón, tal vez porque no tiene otro mejor, y no es más que un^ burbuja delicada y finísima, un coágulo de vanidad enferma, estaba padeciendo dentro de mí dolores indecibles; sabía que el público y los falsos amigos me habían dado tormento en la ñor del alma artificiosa del poeta... pero no sabía que él, su vanidad, su egoísmo, su envidia, se estaban dando un banquete de chacales con los despojos del pobre orgullo mío triturado.

¡Qué luz mística, del misticismo infernal de las pasiones fuertes, pero mundanas, en sus ojos! ¡Cómo se quedaba en éxtasis de placer, sin sospecharlo!

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¡Y qué decidor, qué generoso, que expansivo! Lo amaba todo aquella noche. Hubiera sido cnritativo hasta el heroísmo. Su dicha de egoísta le inspiraba este espejismo de abnegación. Sin duda creía que el mundo seguía siendo él. Oía las armonías de los astros. Y para mí, ¡qué cuidados_, qué atenciones! ¡Qué hermano tenía en él! Se hubiera batido, pueblo jurarlo, por mi fama. ¡Y el infeliz, sin sospechar siquiera que estaba gozando una dicha de salvaje civilizado, de carnívoro espiritual, y que esa dicha se alimentaba con sangre de mi alma, con el meollo de mis huesos duros de vanidoso incurable, de escritor de oficio!

Aquel espectáculo que me irritó al principio, que fué supremamente doloroso, fué convirtiéndose poco á poco en melancólica voluptuosidad. El examen, lleno de amargura, del alma de Femando, que yo veía en sus ojos, se fué trocando en interesante labor finísima; no tardó mi vanidad, tan herida, en rehacerse con el placer íntimo, recóndito, de analizar aquella miseria ajena. ¡Cuánta lilosofía en pocos minutos! A los postres de la tal cena, en que el único apóstol comensal era un Judas, sin saberlo, á los postres, ya recordaba yo mi obrita del teatro como una desgracia lejana, de poética perspectiva. Mi descalabro, el martirio oculto de mi amor propio, la perfidia de los falsos

I amigos y compañeros, todo eso quedaba allá, conftmdido con la común miseria humana, entre las