Cuentos morales · Unidad 82 de 188
Unidad 82 · 178 LEOPOLDO ALAS
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178 LEOPOLDO ALAS
lacerías fatales necesarias de la vida... En mi cerebro, como un sol de justicia, brillaba mi resignación^ mi frío análisis del alma ajena, mi honda filosofía, ni pesimista ni optimista, que no otorga á los datos históricos, al fin empíricos, siempre pocos, más valor del que tienen... Y lo que más me confortó fué el sentimiento íntimo de que el dolor intenso que me producía la traición inconsciente de Fernando, no me inspiraba odio para él, ni siquiera desprecio, sino lástima cariñosa. «Le perdonaba, porque no sabía lo que hacía.»
«Mi dogma, la amistad, me dije, no se derrumba esta noche como mi pobre drama; Fernando no me quiere de veras, no es mi amigo, ¿y qué? lo seré yo suyo, le querré yo á él. Su amistad no existía, la mía sí.»
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En tal estado, llegué á mi casa. Entré en mi cuarto. Comencé á desvestirme, siempre con la imagen de Fernando^ radiante de dicha íntima^ apasionada, ante los ojos de la fantasía. Mi espíritu nadaba en la felicidad austera de la conciencia satisfecha, de la superioridad racional, mística, del alma resignada y humilde... ¡Qué importaba el drama, qué importaba la vanidad, qué importaba todo lo mundano... qué importaba la feroz envidia satisfecha del que se creía amigo!.. Lo se-
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rio, lo importante, lo noble, lo grande, lo eterno, era la satisfacción propia, estar contento de sí mismo, elevarse sobre el vulgo, sobre las tristes pasiones de Fernando... Antes de apagar la luz del lavabo me vi en el espejo. ¡Vi mis ojos! ¡Oh, mis ojos! ¡Qué expresión la suya! ¡Qué cristales! ¡Qué orgullo infinito! ¡Qué dicha satánica! Yo estaba pálido, pero, ¡qué ojos! ¡Qué hoguera de vanidad, de egoismo! Allí dentro ardía Fernando, reducido á polvo vil... Era una pobre víctima ante el altar de mi orgullo... de mi orgullo, infierno abreviado. ¿Y la amistad? ¿La mía? ¡Ay! Detrás de los cristales de mis ojos yo no vi ningún ángel, como la amistad lo sería si existiese; solo vi demonios; y yo, el autor del drama, era el diablo mayor... tal vez por razón de perspectiva...
DON URBANO
Se hizo superior el año sesenta, en Julio, el día del eclipse. Por cierto que, dice él, muy orgulloso sin saber por qué, por cierto que hubo que suspender el ejercicio, porque no se veía, y el tribunal discutió si se traerían luces ó no se traerían. El año sesenta y cinco, la Unión liberal^ dice él también, me dio la escuela de párvulos; y lo dice de un modo que da á entender que no le pesará sí alguien llega á creer que el mismo O'Donnell en persona vino al pueblo á darle la escuela de párvulos, á él^ á don Urbíino Villanueva.
Por lo demás, no crean ustedes que es fatuo, ni que tiene grandes aspiraciones políticas; su vanidad se reduce á eso, á encontrar una misteriosa relación entre el acto solemne de hacerse él maestro superior^ y el famoso eclipse total de sol del año sesenta... Con esto, y con suponer á la Unión liberal interesada en otorgarle la escuela de párvulos, se da por satisfecho su egoísmo. En todo lo