Cuentos morales · Unidad 90 de 188
Unidad 90 · Ef. FRÍO DEL PAPA 197
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Ef. FRÍO DEL PAPA 197
Había vuelto á los siete años; le llevaba una garrida moza del pueblo, de la mano, corriendo, coiTiendo, haciéndole volar, tocando apenas con los delicados pies el polvo de la carretera; su melena flotante bíitía sobre sus hombros como unas alas, y le infundía como un soplo en la nuca.
Era de noche, una noche muy clara, helada, de estrellas que parecían acabadas de lavar. La carretera, bien la conocía, era la de Castilla, la de Madrid, la del ancho mundo, la de los ensueños ambiciosos...: por allí se iba á la dicha misteriosa, vaga, pero segura. Y, sin embargo, mirando mejor á los lados, desconocía el camino. A derecha é izquierda edificios sin cuento, todos tristes, solemnes, de piedra; todos sepulcros: aquella inmensa mole parecía el gran monumento fúnebre de Cecilia Métela... Aquella era la carretera de Castilla, y era, además, algo así como la Vía Apia.
— ¿Adonde vamos? ¿Adonde va tanta gente? ¡A esperar los Reyes!
En el corazón y en el pensamiento de Aurelio había los anhelos del niño y la experiencia y la ciencia del adulto.
¿Qué era ir á esperar los Reyes? Nada, un juego, una ilusión; y, con todo, ¡qué alegría! ¡qué exaltación! Aquel engaño, que no engañaba á nadie, engañaba á todos. Era una imagen, un símbolo de la vida aquella carrera en la noche helada, por la Vía Apia arriba. Viéndose apenas,
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distinguiéndose mal, como en la vida, donde apenas nos conocemos, la multitud se apresuraba, se disputaba el paso, atropellándose por llegar primero, ¿adonde? A la ilusión. Salían al camino á los Reyes... que no habían de encontrar.
— ¡Allí vienen! ¡Allí vienen! ¡Aquella luz! — gritaban los de la bropia.
Y Aurelio casi los creía, y la carrera se precipitaba. La luz era de una taberna. Allí no había Reyes; había borrachos y mujerzuelas, que también preguntaban por los Reyes.
— ¡Más arriba! ¡Más arriba! ¡Otra luz! ¡Otra taberna! ¡Adelante! ¡Más arriba!... Tumbas, sombras á los lados; estrellas frías y brillantes en el cielo; oscuridad y esperanza enfrente, á lo lejos. ¡Adelante!
La multitud va quedando zaguera; la ilusión ya la fatiga; las tabernas van tragando por el camino al pueblo que vuelve á la realidad para caer en la ilusión alcohólica sin ideal y de despertar amargo. Aurelio y la moza garrida que le hace volar, llevándole en vilo, llegan á verse solos...; no importa, siguen. El camino hace un recodo en un altozano; el horizonte se ensancha y lo corta con obscuridad simétrica el perfil de un gran templo, de cúpula inmensa. Aurelio se ve solo dentro de la nave cuyas bóvedas se pierden en las som-