Cuentos morales · Unidad 91 de 188

Unidad 91 · EL FRÍO DEL PAPA 199

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EL FRÍO DEL PAPA 199

bras de la altura. Por la parte del ábside el gran templo está en ruinas y deja ver el campo, las montañas y las estrellas; en el altar mayor hay una cuna humilde en un pesebre; del lado del Evangelio hay una cama de hospital, limpia y pobre; en la óuna gime y tirita de frío un niño de piel de rosas; en la cama humilde tirita un anciano caduco, pálido como cera, de piel trasparente, en los huesos.

Las estrellas parece que envían sobre la cuna y la cama efluvios de hielo. ¡Cuánto frío! ¡Qué desnudez! Una muía y un buey están al lado de la cuna; el buey arroja nubes del vapor de su aliento sobre el niño de la cuna. El anciano, que se muere de frío, de tarde en tarde levanta la cabeza temblorosa y mira hacia la cuna, y sonríe agradecido al buey que calienta con su aliento al niño. El frío hace delirar al anciano, que piensa, con esos consuelos de la pesadilla que huye del dolor: «Mientras él no se hiele, yo no me hielo.»

Aurelio ve que de repente entran en la nave del templo tres personajes vestidos de púrpura y oro, con sendas coronas en la frente; son, como el buey y la muía, figuras de nacimiento de tamaño natural. Bien los conoce: son Baltasar, zapatero y clarinete en la murga del municipio; Melchor, sacristán y figle de la banda; Gaspar, panadero y cornetín. Los Reyes Magos rodean el lecho del anciano. «¡Se muere de frió!» dijo Melchor.

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— «¡Se hiela en esta noche eterna del mundo sin fe, sin esperanza, sin caridad!» Esto lo dijo Gaspar.

Y Baltasar, suspirando: «Cubrámosle con nuestro manto.»

Y Baltasar entonces echó sobre el Pontífice León XIII, que éste era el anciano del lecho humilde, echó su manto pesado de púrpura, y Gaspar el suyo, y Melchor el suyo.

El buey, que los veía, dejó un momento al Niño, y vino también á calentar eon su aliento al Papa, que se moría de frío.

Aurelio Marco, de rodillas, sentía la inefable emoción del dolor' religioso, de la sumisión piadosa á las despiadadas lecciones del misterio impenetrable y santo. «¡El Niño, en la cuna, muriendo de frío al nacer!; ¡el anciano, el Pontífice, sucesor de Pedro, vicario del Niño en la tierra, muriendo de frío en la extrema vejez!

El buey, Aurelio lo conocía, era el buey mudo disfrazado, Santo Tomás, que con el aliento de su doctrina quería calentar al Papa aterido. Los mantos de los Reyes eran: la tradición respetada; las grandezas del mundo que se adherían á la Iglesia para salvar el capital de la civilización cristiana; el poder de la herencia de la fe, de la belleza mística

Todo era en vano; el viejo daba diente con diente .