Cuentos morales · Unidad 95 de 188

Unidad 95 · LeÓn BENAVIDES 209

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LeÓn BENAVIDES 209

ba fuerte, como una fragua y... ¡zas! allá iba un botón; y el cabo allí enfrente, debajo de mi barba, insultándome, sacudiéndome: «¡Torpe! ¡haragán! ¡mal recluta!» ¿Y la gorra de cuartel? No me cabía en la cabeza. Cada vez que entraba en fuego, la gorra, el ros, ó lo que fuese, me saltaba del cráneo, porque de repente la melena me crecía, se enmarañaba... ¡qué sé yo! No podía llevar nada sobre las sienes. ¡Y qué disgustos! ¡qué humillaciones por esto! En la acción yo era el más bravo; pero en el cuartel siempre estaba bajo el rigor de un castigo; pasaba arrestado la vida...

Por fin, en una campaña terrible, en que morían los nuestros como si fueran moscas, y morían sin compasión, descuartizados... yo me volví lo que era, una ñera loca. Y no sé lo que hice, pero debió de ser tremendo. En el campo de batalla, á mis solas, rodeado de enemigos, me convertí en lo que fui en tiempo del Cid... pero aquí el Cid era yo; vencí, deshice, magullé, me bañé en sangre... hasta hinqué los dientes... era león para algo. Después se habló de mi heroísmo, de la victoria que se me debía... pero me vendió la sangre que rae brotaba de la boca. ¿Era una herida? No. La sangre no era mía. Parece ser que entre los colmillos me encontraron carne. La cosa estaba clara: caso de canibalismo... ¡qué se diría! No había precedente... pero por analogía... El honor, la disciplina... la causa de la civilización... también estala

210 LEOPOLDO ALAS

ban sangrando. Se formó el cuadro, dispararon mis compañeros, los mismos á quien yo había salvado la vida. Y caí redondo. No me tocó más que una bala, pero bastó aquélla, me dio en mitad de la frente. Me enterraron como un recluta rebelde, y resucité león de metal, para no volver más á la vida de la carne. Aquella bala me mató para siempre. Ya jamás dejaré esta figura de esfinge irritada, á quien el misterio del destino no da la calma, sino la cólera cristalizada en el silencio. Esta cicatriz tiene tanto de cicatriz como de idea fija.

Calló el león, y con desdén supremo, volvió un poco la cabeza para mirar á su compañero de más abajo, el león sin cicatriz^ vulgarmente arrogante, iíi sustancial, cómico, plebeyo.

«Yo,» concluyó Benavides, «soy el león de la guerra, el de la historia^ el de la cicatriz. Soy noble... pero soy una fiera. Ese otro es el león... parlamentario; el de los simulacros.»