Cuentos morales · Unidad 94 de 188
Unidad 94 · LEÓN BENAVIDES 207
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LEÓN BENAVIDES 207
Pasaron siglos y siglos, y de una en otra transformación llegué á verme hecho hombre, mas sin dejar mi naturaleza leonina.
Y en mi encarnación humana quise nacer donde había nacido como piedra, y fuileonés de la montaña, y al bautizarme llamáronme León, y mis padres eran de apellido Benavides. Pero Benavides pobres; nobles olvidados que trabajaban el terruño como sus antiguos siervos.
En mi aldea, como Pizarro en la suya, fui el terror de mis convecinos, pues desde muy tierna edad comencé á obrar como quien era, á hacer de ! as mías, leonadas, cosas de fiera. Valga la verdad... desde chico vertí sangre: pero fué defendiendo mi dignidad ó la justicia del débil, y luchando siempre, como el Cid mi vencedor, con quince y más enemigos.
Me llamaban Malospelos^ porque los tenía tales, que crecían como selva enmarañada, crespos y abundantes, de tal forma, que en la fortísima cabeza no se me tenían gorra ni sombrero, que me sofocaban como si fueran yugo.
En las romerías hacía yo mis grandes estragos, mis hazañas mayores... Yo no quería mal anadie, ni siquiera á los montañeses del otro lado de los puertos, con quien los de mi pueblo andaban en guerra en tales romerías... No aborrecía á nadie... pero el amor, el vino, todo se me convertía á raí til batalla. Los oj"- «i" 1 t^ zairnlas morenas y pen-
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sativas de mi montaña leonesa me pedían hazañas, sangre de vencidos... La voluptuosidad para mi tenía como un acompañamiento musical en el esfuerzo heroico, en la temeridad cruenta. Y después, como el diablo lo añasca, siempre se me ponían entre las manos huesos frágiles, músculos fofos... No sabían resistirme... Sabían irritarme y no sabían vencerme. Nadie me tenía por malo, aunque todos me temían; y entre bendiciones y llantos de zagalas^ viejos y niños... acabé por salir del pueblo, camino de presidio. Tenía veinte años.
Por hazañas inauditas, por esfuerzos heroicos; salvando á un pueblo entero á costa de sangre mía — poca y casi negra^vime libre de cadenas y convertido en soldado. En la guerra bien me iba; ¡pero la paz era horrible! Había una cosa que se llamaba la disciplina, que en la guerra era un acicate que animaba, que confortaba; y en la paz como el hierro ardiente del domador, que horroriza y humilla, y hasta acobarda, y agria y empequeñece el mismo carácter de los leones, que ya se sabe que por sí son nobles.
¡Lo que me hizo padecer un cabo chiquito, que olía á mala mujer, y se atusaba mucho; muy orgulloso porque sabía de letra! ¡Lo que me hizo padecer por causa de los picaros botones, que todos los días me estallaban sobre el pecho! A mí el pecho se me ensanchaba como por milagro; respira-