Cuentos morales · Unidad 97 de 188

Unidad 97 · EL QUIN 213

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EL QUIN 213

critoras británicas. Nació el Qiiin, con otros cuatro ó cinco hermanos, en una cesta muy mona, que bien puede llamarse dorartacuna: á los pocos días, la muerte, más ó menos violenta, de sus compañeros de cesta le dejó solo á sus anchas con su madre. La señorita dt* las novelas le cuidaba como á un príncipe heredero; pero según crecía el Quin, y crecía muy de prisa, iba marchitando las ilusiones de su ama, que había soñado tener en él un perrito enano, una miniatura de lana como seda. La lana empezó á ser menos fina que la de la madre, aunque muy blanca y rizosa; la piel era como

raso, purísima, sonrosada pero el Qítin ¡daba

cada estirón! Un perito declaró á la señorita fantástica que se trataba de un bastardo; aquella perrita ¡preciso es confesarlo! había tenido algún desliz; había allí contubernio; por parte de padre el Quin era de sangre plebeya sin duda... De aquí se originó cierto despego de la sensible españolainglesa respecto del perro de sus ensueños; sin embargo, se le atendía, se le trataba como á un infante, si no ya como á príncipe heredero. Al principio, por miedo que lo arrojaran á la calle, á la vida de vagabundo^ que le horrorizaba, porque es casi imposible para un perro, sin el pillaje y el escándalo; al principio, digo, el QniJi procuró mantenerse en la gracia de su dueño haciendo olvidar el vicio grosero de su crecimiento aborrecido, á fuerza de ingenio y, valga la verdad, payasadas.

214 LEOPOI-DO AI, AS

Un escritor muy joven y de mucho talento, Mr. Pujo, en un libro reciente hace una observación muy atinada, que no me coge de nuevas, respecto de lo mucho que se eno^añan las personas mayores, áe juicio, respecto del alcance intelectual de los niños. El niño, en general, es mucho más precoz de lo que se piensa. Yo de mí sé decir que, cuando contaba muy pocos años, me reía á solas de los señores que me negaban un buen sentido y un juicio que yo poseía hacía mucho tiempo, para mis adentros. Pues esto que les suele pasar á los niños, le pasaba al Quin., que había llegado á entender perfectamente el lenguaje humano á su manera, aunque no distinguía las palabras de los gestos y actitudes porque en todo ello veía la expresión directa de ideas y sentimientos. El Quin no acababa de comprender por qué extrañaban los hombres que él fuera tan inteligente; y los encontraba ridículos cuando los veía tomar por habilidad suma el tenerse en dos pies, el cargar con un bastón al hombro, hacer el ejercicio^ saltar por un aro, contar los años de las personas con la pata, etc., etc. Todas estas nimiedades que le conservaban en el favor relativo de su ama, le parecían á él indignas de sus altos pensares, cosa de comedia que le repugnaba. Si se le quería por payaso, no por haber nacido allí, en aquel palacio, poco agradecimiento debía á tal cariño. Además, delante de otros perros menos mimados, que no hacían títeres.