Cuentos morales · Unidad 98 de 188

Unidad 98 · EL QUIN . 215

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EL QUIN . 215

le daba vergüenza aquel modo de ganar la vita hona. El deseaba ser querido^ halagado por el hombre, porque su naturaleza le pedía este cariño, esta alianza misteriosa, en que no median pactos explícitos, y en que, sin embargo, suele haber tanta fidelidad... á lo menos por parte del perro. «Quiero amo, decía, pero que me quiera por perro, no por prodigio. Que me deje crecer cuanto sea natural que crezca, y que no me enseñe como un portento, poniéndome en ridículo.»

y huyó, no sin esfuerzo^ del palacio en que había visto la luz primera.

Pasaba junto á la puerta de un cuartel, y el soldado que estaba de centinela le llamó, le arrojó un poco de queso y el Qiiin, que no había comido hacía doce horas, porque todavía no sabía buscárselas, mordió el queso y atendió á las caricias del soldado. ¿Por qué ir nicas lejos? El, amo sí lo quería; la vida de perdis le horrorizaba: si le admitían, se quedaría allí. Y se quedó. Ocultó al regimiento, que á ipoco prohijó al animal, las habilidades que tenía; pero dejó ver su nobleza, su lealtad; y todo el cuartel estaba loco de contento con el Quin, cuyo nombre se supo porque lo llevaba grabado en el collar de cuero fino con que se había escapado.

Desde el coronel al último recluta, todos se juzgaban dueños y amigos pro indiviso del noble ani-

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mal. El Quin ocultaba sus gracias, su gran ingenio, pero se esmeraba en las artes de la buena conducta, era leal_, discreto en el trato, varomZ^ "hasta donde puede serlo un perro; en su fidelidad al regimiento no había nada de araanerado_, de comedia. Era el encanto y el orgullo del cuartel y á él no le iba mal del todo con aquella vida. Desde luego la prefería á la del palacio. A lo menos aquí no era un bufón^ y podía crecer y engordar cuanto quisiera. Huía de que le cortaran la lana al ras del pellejo, porque no quería lucir la seda de color de rosa de su piel; no quería mostrar aquellas pruebas de su origen aristocrático. La lana larga le parecía mejor para su modestia, para su incógnito; la llevaba como una mujer honesta y hermosa lleva un hábito. Procuraba estar limpio, pero nada más.

Trabó algunas amistades por aquellos barrios y le presentaron sus compañeros en el oficio de azotacalles á una eminencia que llamaba muchísimo la atención en Madrid por aquella época. Le presentaron al perro Paco. El Quin le saludó con mucha frialdad. Le caló en seguida. Era un pose ?ír, un cómico, un bufón público. En el fondo era una medianía; su talento_, su instinto, que tanto admiraban los madrileños, eran vulgares; el perro Paco tenía la poca dignidad de hacer valer aquellas habilidades que otros canes ocultaban por pudor, por dignidad, por no merecer la aclamación humillan-