Cuentos · Unidad 1 de 58

Unidad 1 · PRESENTED TO

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

^ermílez que^ tu nombre^ respetable^ figure^ en las'' primeras' páginas^ del libro e/i que colecciono estos^ cuentos^, dispersos^ hasta ahora en los^ periódicos^. S'/i tu casa, siendo niño y huérfano, hizo á hurtadillas' mi pluma sus^ candidos'^ ensayos^, ^n tu librería, que^ forcé muchas^ veces^ para leer'> las' obrasr' quez ocultabas' á mi prematura curiosidad , está el gérmen de^ estos' cuentos' : en la consideración y prestigio que^ te^ habían conquistado tusr' trabajos' literarios' y polílicos' fundaba mis' aspiraciones' á distinguirme^, que^ no se^ han realizado: es' ecident&a que^ hay en este^ libro y en cuanto escriba algo que^ tct, pertenece , y dcbe^ restituirte^ ttc agradecido y respetuoso sobrino.

jpEPE.

PRIMERA PARTE. I.

Los vecinos de un pueblo de Castilla cargaban de grano sus carretas y sacaban á la plaza sus ganados para conducirlos á la feria : los que nada tenian que vender, ayudaban á cargar, ó formaban corrillos bulliciosos. A la puerta de una de las casas babia un carro tan repleto de trigo, que los sacos parecian una especie de montaña: cuatro robustas muías uncidas esperaban en traje de camino, es decir, llevaban al costado sus raciones en los correspondientes talegos, como llevamos nuestras carteras de viaje. El carro, el atalaje y el ganado indicaban en sus dueños desahogo y abundancia : sin embargo de eso, una mujer joven, con el rostro inquieto y la voz conmovida, decia á un fornido labrador que, látigo en mano, se disponia á arrear á las caballerías.

— ¡Por Dios, Tomás! No juegues en la feria: llevas todo lo que nos queda, y si lo pierdes, tendrémos que empeñar hasta los ojos.

— Lucía, no tengas cuidado; respondió el buen mozo

mirando con cariño á su mujer : pasado mañana estaré de vuelta con el carro vacío j la bolsa bien provista : estoy desengañado, j, ademas, te lie prometido no jugar.

La mirada de su marido era tan franca y expresiva , que Lucía no pudo ménos de creerle : las mujeres siempre creen lo que les dicen unos buenos ojos, y los de Tomás eran muy grandes y muy negros.

Lucía quedó alegre, y Tomás sacudió á las muías con la satisfacción con que siempre se sacude un latigazo.

— ¡Eli! |Sr. Tomás! dijo un arriero que cargaba el último mulo de su recua : ¿va V. á tomar por el atajo, en vez de hacernos compañía por la carretera? Como que me ahorro media legua de camino.

— No importa : el atajo es muy triste : liay un trozo de bosque que da miedo.

— Haces bien, muchacho, dijo á Tomás el alcalde terciando en el diálogo: estas gentes se empeñan en dar rodeos por no pasar delante del castillo, como si hubiera ladrones en la selva, sin considerar que el dueño de la finca es el primer contribuyente, muy caritativo, y un excelente médico, que me curó una catarata.

— A mí también me parece un buen señor, añadió una linda rapazuela.

— Ya lo creo, muchacha, repuso otra jóven con acento rencoroso : como que te dijo un dia que tienes los ojos muy bonitos, y se quedó mirándolos como un enamorado : es claro, los de su hija parecen ojos de muerta, y su criado, que es tuerto, sólo tiene uno, que no he visto otro tan espantoso en los dias de mi vida. Pues la señorita debe ser muy orgullosa : dos veces la he encontrado en

el camino, siempre del brazo de su padre, y nunca contesta á los saludos.

— Desengáñese V., señor alcalde, repuso un viejo labrador ; algo malo sucede en el castillo, cuando he oido en él gritos de persona.

— Eso supone V., tio Matalobos : en cambio, Antolin dice haber oido gruñidos de cerdo, como si estuvieran de matanza : Pascual oyó alaridos de perros : todos afirman, sin estar nadie de acuerdo, que los gritos eran de diferentes animales.

— Aunque eso sea, señor Alcalde, insistió el viejo, algo malo ocurre en una casa donde los animales se quejan como si los estuvieran degollando. Ademas, el chico de la Blasa, desde que le miró el Sr. de Ojeda, se ha encanijado, porque tiene mal de ojo.

— ¡Vaya, vaya! hasta la vuelta, dijo irónicamente Tomás arreando otra vez á su ganado : verémos si también me encanijan ; y salió del pueblo dando tientos á la bota.

A unos doscientos pasos de la aldea, un hombre escuálido que llegaba á todo correr alcanzó el carro : era un cuádruple funcionario, que servia de peatón, alguacil, enterrador y pregonero.

— De parte del alcalde, y en reserva, dijo á Tomás con gran misterio, procura observar lo que ocurre en el castillo cuando pases.

— Y, ¿por qué no me lo dijo en la plaza? contestó con sorpresa el labrador.

— ¿Eh?.. contestó el alguacil rascándose la cabeza: será... porque los asuntos del servicio se tratan de modo

diferente que los otros... Y el alcalde no querrá que se enteren los vecinos, porque el público siempre debe saber ménos que el alcalde. La verdad : esa familia es muy extraña, y como nadie pasa hace tiempo por el camino... Yo mismo tomo siempre por la carretera desde que observé una cosa... muy irregular.

— ¿Puedo saber cuál es, tio Esqueleto? dijo Tomás al funcionario público alargándole la bota por vía de soborno.

— Hombre, no lo hago por el vino, respondió el tio Esqueleto después de haber bebido, sino porque llevas una comisión del servicio que pi^ueba tienes la confianza del alcalde. Pues figúrate que al llevar una carta al castillo hace dos meses, miéntras abria la puerta el criado tuerto, me puse á observar 'las gallinas que andaban sueltas faera de la casa.

La voz del tio Esqueleto parecía conmovida.

— ¿Y qué vio Y.? añadió Tomás impaciente.

— Yi con mis propios ojos que todas las gallinas eran tuertas.

El tio Esqueleto se alejó, dejando á Tomás absorto con aquella confidencia : no era supersticioso, pero la observación del alguacil, la órden reservada del alcalde y los recelos de casi todos los vecinos, unidos á la soledad del atajo que penetraba ya en el bosque, produjeron en Tomás una intranquilidad nerviosa, que sólo calmaba en parte el contenido de su bota, porque el vino es el éter de los valientes. Más de una vez, y más de dos, durante el largo y solitario camino, volvió la cabeza con recelo creyendo que alguien le seguia : era una bandada

de gorriones, disputándose los granos de trigo que vertía la carreta.

— Hay gallinas calzadas, pensaba Tomás; otras ponen huevos de color, y algunas tienen moños muy particulares; pero nunca habia oido hablar de un gallinero tuerto.

Y su espíritu, poco dado á lo maravilloso, buscaba en vano explicaciones naturales al fenómeno.

— Felizmente he prometido no jugar, anadia para sí: la vista y áun la conversación de tuertos es de mal agüero : hoy hubiera perdido el precio de mi trigo : es decir, en un dia así no hubiera jugado.

A todo esto, se hallaba Tomás muy cerca del castillo; sin duda reinaba con frecuencia en aquel lugar determinado viento, porque los árboles, todos inclinados en la misma dirección, pareciau soldados dispersos que huian del castillo. Ya en las inmediaciones de éste, el bosque se hacía más espeso y complicado, y los árboles, sometidos acaso en su juventud á la acción de un torbellino y demasiado numerosos, se disputaban el terreno, trabados en feroz lucha tronco á tronco, y retorciéndose los unos en los otros : su aspecto^ era salvaje y formidable ; tal vez fueron así las batallas primitivas, en que dos tribus humanas, acosadas por el hambre, se acometían con fiereza cuerpo á cuerpo, sin más armas que piedras, y sin otro fin que devorarse : algunos troncos se encorvaban bajo el peso de otros muchos : unos alzaban del suelo, entre sus ramas vigorosas, á los árboles más débiles, desencajando sus raíces: otros, contrahechos y oprimidos, parecían condenados á desesperación eterna y silenciosa, y que amenazaban al cielo con sus puños : otros , aniqui-

lados y desliedlos, yacían en tierra, y el conjunto de aquella masa de árb'^les era fantástico y terrible: sólo faltaba á su siniestra majestad una corona de nubes y de rayos.

El campesino estaba pálido : después de vacilar algunos instantes, liabia decidido parar las muías y atravesar por entre los árboles que conducian al castillo; pero á los primeros pasos se detuvo temblando y conmovido: en cualquiera ocasión le hubiera causado risa el espectáculo : en aquella tenía un carácter diabólico y abrumador.

Un magnífico orangután le miraba fijamente á la entrada de la senda, gesticulando y dando saltos. Tomás notaba con espanto que el mono tenía un ojo solamente.

El carretero procuró reponerse de su emoción, y tuvo el valor de dar algunos pasos : un áspero gruñido le hizo volver la cabeza, y vió un cerdo que hozaba en un charco inmediato : fijóse en él con recelo y volviendo apresuradamente á donde estaba la carreta, hizo sonar el látigo. Las muías partieron con rapidez hácia la feria.

Aquello era demasiado : el cerdo también estaba tuerto.

A los dos ó tres minutos oyó Tomás un ruido extraño á sus espaldas : era que el cerdo corría á todo escape dando resoplidos, llevando encima al mono, que le oprimía el lomo con deleite.

II.

El licenciado Ojeda había sido en sus buenos tiempos famoso oculista : sus pomadas y colirios eran de tal va-

lor, que se fcilsificaban como los billetes del Banco Nacional: liabia lieclio un estudio profundo de todas las partes del ojo, á fuerza de quemarse las pestañas : era el tutor de las pupilas y disipaba las nubes, para que luciese sus colores el iris de los ojos : complicados, sutiles y extraños instrumentos de su invención le permitian internarse en el globo del ojo con singular atrevimiento: vaciaba ojos inútiles y colocaba en su lugar ojos de cristal, cuya mirada era irresistible: en su despaclio sólo se veian objetos relativos á su profesión, pues hasta el único objeto frivolo que le adornaba, era una estatua de Argos, representada con cien ojos.

Su señora, rodeada continuamente de ojos imitados y enfermos de la vista, y no oyendo hablar en su casa ^no de cataratas y oftalmias, de la visión, de la retina y la esclerótica, habia tomado un verdadero aborrecimiento á todo lo que se referia á la vista : más de una vez, en las disputas conyugales que ocasionaba el fastidio, estuvo á punto de sacar los ojos á su esposo : pero extenuada por el aburrimiento, y no habiendo podido satisfacer en su embarazo el antojo cruel de dejar sin vista á su marido, falleció dando á luz una niña completamente ciega.

Ojeda recibió con tristeza aquel legado de la mala voluntad de su señora. Hacia un efecto desastroso oir con frecuencia este diálogo :

— ¿De quién es esa niña ciega?

— De Ojeda el oculista.

El cariño hácia la niña, el celo por su reputación médica y la tenacidad cientifica del sabio en lucha con lo imposible ó lo desconocido, determinaron un cambio ra-

dical en la manera de ser del oculista. Hasta entónces^ en cada ojo enfermo que le miraba suplicante, sólo habia visto un órgano descompuesto que debia volver á su estado normal, una dolencia que era indispensable combatir. Desde entónces consideró los ojos sanos ó enfermos de todos los seres vivientes, como objetos de estudio para dar vista á su hija. ¡ Cuántos perdieron los ojos que confiaban á la buena fe del oculista! El licenciado tuvo que abandonar la población en un motin de tuertos, salvándose con su familia, merced á la gratitud de las infinitas personas á quienes habia proporcionado colocación de lazarillos.

Aquella contrariedad, y la convicción de que la ceguera de su hija era incurable, en vez de abatir al Sr. de Ojeda, le produjeron ima especie de alegría : libre de enfermos, disponia de un tiempo sin límites para hacer experimentos en toda clase de animales.

Cae de las nubes un aeronauta como llovido del cielo; se hace añicos un sabio en una explosión de dinamita, ó asan los salvajes á un geógrafo que excitó su apetito, y la ciencia consigna y enaltece con justicia los nombres de esos mártires. Pero la ciencia es ingrata, después de ser cruel, con otros mártires subalternos : la rana descuartizada viva, cuyos miembros palpitantes se estudian con deleite: el gallo, al que se corta en vida una parte del cerebro, para hacer observaciones en los nervios, contribuyen con horribles sufrimientos al adelanto de las ciencias, sin que nadie consagre una frase de gratitud á su memoria. El licenciado Ojeda, con crueldad científica, operaba á cuantos animales caian en sus manos ; pero,