Cuentos · Unidad 2 de 58
Unidad 2 · UN CRÍMEN CIENTÍB'ICO.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
UN CRÍMEN CIENTÍB'ICO.
digámoslo en honra suya, tenía la humanitaria costumbre de no arrancarles nada más que un ojo.
Por eso habia elegido para vivir aquel castillo aislado, léjos^de testigos importunos, y donde á nadie escandalizaban los quejidos desgarradores de las víctimas. Allí habia realizado estudios profundos y operaciones atrevidas en los ojos palpitantes de sus perros y gallinas : habia hecho increíbles perfeccionamientos en los instrumentos operatorios, é inventado otros de una finura extraordinaria. Sólo le faltaba ya construir un ojo artificial que sustituyera al ojo vivo.
¿Pensaba en ello Ojeda, cuando, encerrado en una cámara oscura, analizaba un rayo de sol, descomponiendo sus colores con un prisma de cristal?
Su actividad científica buscaba otra solución no ménos importante : el oculista trataba de contestar á esta pregunta , que se habia dirigido á sí mismo una mañana al despertarse.
— ¿Se puede ver sin ojos?
Las dudas de los sabios, por más extrañas que parezcan, tienen siempre fundamento en que apoyarse. — Los mudos hablan sin voz , sustituyendo la palabra con los dedos ; — se decia. Los sordos oyen , poniendo en contacto su dentadura con la garganta del que habla, por medio de un bastón. ¿ No ha de tener la naturaleza un recurso auxiliar para el sentido de la vista, que es aún más necesario? — Y el licenciado se entregaba con pasión á sus experimentos , en busca de aquel doble sentido.
El lector recordará que uno de los criados de Ojeda
era tuerto ; pero su admiración subirá de punto cuando sepa que también estaba en el mismo caso otro criado. Ahora bien; ¿se habian hecho in anima vili todos los experimentos en aquel castillo misterioso? *
De vez en cuando el licenciado Ojeda habia dirigido sin éxito razonadas exposiciones al Gobierno, pidiendo la sustitución de la pena de muerte con la pérdida de la vista, apoyándose en el ejemplo antiguo de los godos y en la autoridad de un novelista moderno (1), y comprometiéndose á ser el ejecutor de la justicia.
La fisonomía del sabio adquiere con estas revelaciones un carácter tétrico y sombrío. ¿Era caprichosa la elección de dos criados tuertos? ¿O era vicio en Ojeda sacar un ojo á cuantos entraban en su casa? ¿Tenía razón el campesino que aseguraba haber oido en el castillo gritos desgarradores de persona?
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— ¡Yo quiero ver! ¡yo quiero ver! y esto no sirve: no podré nunca comprenderlo ; decia una mujer colérica y llorosa saliendo de una habitación oscura, y andando con ménos ligereza de la que sus impetuosos ademanes prometian.
Era joven y linda, pero sus ojos inmóviles, sus brazos extendidos al caminar, y los tropezones que detenian alguna vez su marcha, demostraban que era ciega.
La irritada joven desapareció, y dos hombres se pre-
(1) Eugenio Süé: Los Misterios de París.
sentaron en la sala ; el licenciado y su criado favorito. Era Ojeda hombre de edad madura, alto, huesudo y amarillo ; de mirada penetrante. El criado sólo tenía de notable su manera de andar insegura y unas enormes gafas azules que quitaban toda expresión á su fisonomía.
— Se encerrará en su cuarto mi pobre hija, dijo el licenciado sentándose con desaliento : Lázaro, añadió el oculista suspirando ; ¿sabes lo que temo?
— ¿Qué, señor? preguntó el criado con voz respetuosa.
— He llegado á sospechar, con verdadera desesperación , que no se puede ver sin ojos.
— Eso mismo he creído siempre, señor: pero como soy un ignorante no me atrevia á manifestarlo.
— Sin embargo, repuso Ojeda con firmeza y levantándose : quiero convencerte de que mi sistema no es un sueño. ¿Ves este aparato? Viene á ser una máquina fotográfica, en apariencia, y en este vidrio posterior, tan sensible y delicado, se proyectan los objetos: pues bien, yo pretendo que mi hija consiga tal finura de tacto, que llegue á percibir con las puntas de los dedos los objetos proyectados en el cristal.
— Señor: yo he sido ciego, y puedo asegurar á usted que esa finura de tacto que se les supone, no es exacta; ya sabe V. que leen en libros cuyas letras son de relieve : pues bien, en vez de ganar en delicadeza de tacto con el ejercicio, pierden la sensibilidad y no pueden leer á los veinte años, los que leian de corrido á los catorce (1).
(1) Esto mismo he oido decir á un ilustrado profesor de la Escuela Nacional de Sordo-mudos.
— No te fijas, Lázaro, en que les dedican á trabajos que encallecen sus dedos : ademas, las ciegas tienen el tacto más sutil que los hombres : y si es necesario, levantaré la piel de sus dedos , para que se produzcan las sensaciones con la viveza y claridad con que las percibe la punta de la lengua. ,
Lázaro, como profesaba una extraña admiración á su amo, estaba predispuesto á creer en el sistema.
— Señor, dijo con respeto, quiero aprender á ver en esa máquina.
— Primero necesito convencerte. Has de saber que, según los físicos modernos , el calor y la luz no son sino movimiento. El calor lo percibimos con el tacto: si la luz se trasmite como el calor, con el tacto debe percibirse. Ahora bien, ¿qué son los colores? proseguia Ojeda estirando su cuerpo con entusiasmo: el rayo de luz descompuesto en un prisma de cristal, produce los siete matices que vemos en el arco iris : los colores son , por lo tanto, movimiento: los físicos saben perfectamente que el color rojo equivale al menor número de vibraciones, y el morado al mayor número.
— Basta, señor, me he convencido; dijo el criado confundido con aquellas palabras, que en realidad no comprendía.
— Sin embargo, amigo Lázaro, no me había explicado todavía. Pero desde mañana colocarás tu lengua bajo la acción del rayo morado: es la primera letra de mi alfabeto: cuando la sientas y distingas, pasarás al azul oscuro , y cuando ya percibas el rojo, diferenciarás en el cristal todos los objetos por la diversidad de sus
colores. Entonces convencerás á mi pobre hija, que se empeña en no aprender.
— ¿Será posible esa invención? dijo el criado con espanto.
— La invención estaba liecha , repuso Ojeda con tono grave: en ese periódico se cuenta el caso sorprendente (1) de una señorita que , habiendo quedado ciega , distinguia unos de otros los colores del espectro solar que caian en sus manos: leia en un libro con sólo tocar un lente colocado á poca distancia de las letras , y aplicando los dedos á las vidrieras , nombraba con notable exactitud todo cuanto pasaba por la calle. Miss Evoy veia con la punta de los dedos.
Lázaro , maravillado , *miraba á su amo con veneración.
— ¿Por qué llevas esos anteojos? dijo éste después de haberse recreado en la admiración que producia.
— Señor, por ahorrar la vista, contestó Lázaro humildemente; quiero conservar mi único ojo.
— Lo que haces es irritarle.
Lázaro se quitó con prontitud las gafas azules y lució un ojo brillante y de un color extraordinario.
— ¿Qué hace Antón ? preguntó el licenciado.
— Lo de siempre: ya sabe V. que tiene el vicio de
(1) El EspaTwl Constitucional, Londres, 1818; t. i, número 1.° Ks un extracto de una obra del doctor T. Renwick , titulada : Relación del caso de miss Margarita AI. Evoy y de algunos experimentos ópticos que acerca de él se hicieron. El Reverendo P. T. Glover practicó las pruebas más curiosas, entre ellas , las que se citan en el texto .
mirar: no se cansa de estar viendo: dice que sólo se goza en este mundo con la vista.
— Mi hija está en el jardin rodeada del mono, del cerdo y de todas las gallinas, dijo el licenciado, que se habia asomado á la ventana: bajo á ver si se encuentra más tranquila.
— Mi padre se acerca, decia poco después la joven; los animales me lo indican.
En efecto, al aparecer Ojeda, el mono, el cerdo y las gallinas se liabian declarado en fuga, llenos de terror.
lY.
Lázaro liabia sido ciego , y tenía grandes motivos de gratitud hacia su amo.
Una tarde rascaba inútilmente la vihuela en un camino, entonando sus mejores coplas sin recoger una limosna, cuando se detuvo á su lado un transeúnte.
— Santa Lucía le conserve la vista, dijo el ciego entonando con voz ronca la oración de la santa.
— Tú no eres ciego de nacimiento , exclamó una voz desconocida.
— No, señor, contestó Lázaro.
— ¿Quiéres recobrar la vista?
El ciego se levantó con ligereza, y buscando á tientas al que hablaba, le dijo con acento lastimero :
— ¡Oh, señor! ¿se quiere V. burlar de mi desgracia? Pero la voz de V. es grave... No creo que se divierta usted en darme esperanzas vanamente.
El desconocido guió al ciego, y inedia hora después le hablaba de este modo dentro de una casa.
— La operación es dolorosa, pero respondo del buen éxito. El mono está sujeto : le extraigo el ojo en un instante , después de haber vaciado la órbita del tuyo , en la cual coloco el globo del ojo del orangután, cubriéndolo después con mi aparato , para que su temperatura no se altere: los nervios cortados tienen la propiedad de unirse en pocos dias cuando se ponen en contacto : de modo, que si tu nervio óptico se une al del mono, tendrás un aparato para ver , sano y servible.
— ¿Y si no se uniera?
— Todo consiste en la prontitud de la operación y confío en mi destreza ; todos los animales de mi casa ven con un ojo que no es suyo : lo estoy ensayando hace diez años.
— ¡Ah, señor! decia Lázaro; pero ha ensayado V. en las bestias solamente.
— No lo creas : mi criado Antón era ciego hace tres meses, y le coloqué un ojo quitándoselo al cerdo.
— ¿Y ve bien ese hombre?
— Demasiado : era ciego de nacimiento , y al recibir la impresión de la luz por primera vez , estuvo á punto de volverse loco : al principio se quejaba de calor dentro del cerebro ; después creia estar dormido ; trataba de cojer las estrellas, como si estuvieran al alcance de su mano , y saludaba á los retratos y á las sombras : tropezaba en las paredes, creyéndolas lejanas, y por último, lleno de dudas , y no acertando á explicarse tanta cosa incomprensible, está como alelado y no me sirve para nada.
■ — Jamas liabia oido hablar de que los ojos se operasen de ese modo.
— Hoy la cirujía hace prodigios : pone narices nuevas: vácia el cuerpo de sangre, y le vuelve á llenar, como quien trasiega vino en una cuba : yo ingerto ojos : es una operación sencilla que no tiene importancia.
Esta breve explicación demuestra el por qué Lázaro y Antón y los demás séres vivientes del castillo estaban tuertos.
— ¿Qué tal es el ojo que te be puesto? decia alguna vez que otra el licenciado á Lázaro, que se miraba con placer al espejo.
— Excelente, señor, no lo cambiaria por dos ojos de persona.
— ¿Tan claro es y tan bueno?
— Parecí un anteojo de teatro.
Cuando el licenciado se acercó á su hija, después de la huida de los animales , el semblante de aquélla demostró visiblemente su disgusto. En vano suavizaba Ojeda la voz, prodigándola caricias: la niña mimada sufria una gran contrariedad, y no estaba dispuesta á perdonarle.
— Soy ciega por tu culpa, decia sollozando : aquella máquina inútil no me produce sensaciones ni me explica los colores. El pobre Antón, siendo tan torpe, me ha
hecho entender lo que es la vista , porque, como yo, había sido siempre ciego.
— ¿Y qué te ha dicho?...
— Me ha contado las maravillas de ese mundo que no veo : en el que se tienen al lado y á un mismo tiempo, infinitos objetos que no pueden tocarse, porque están faera del alcance de las manos : en el que se sabe cuándo se acercan las personas, mucho ántes de que lleguen sin ruido: me ha dicho, en fin, lo que son la hiz y los colores ; sus palabras rudas me han explicado lo que no me enseña la máquina de V. ni sus lecciones.
— Eh, ¿cómo te ha dicho ese idiota?...
— Señorita Aurora, me dijo ; ademas del dolor, cuando recibe V. un golpe en los ojos, ¿qué siente V.? — No puedo explicarlo, contesté; pero lo que siento me causa un placer muy distinto, y parecido, sin embargo, al de la música. — Así son los colores. ¿No sueña Y. con eso algunas veces? — Sí; pero entonces la sensación es más fuerte y el despertar sumamente triste. — Pues bien, cuando se deja de ser ciego, lo que se ha soñado no es tan hermoso como lo que se siente estando despierto. Yer es tocar suavemente con los ojos todo lo que está léjos y cerca ; es abrazar á un tiempo los objetos más grandes y más chicos, y saber lo que son en un instante, sin necesidad de palparlos uno á uno, ni de acercarse á donde están. Es andar leguas y leguas repentinamente sin moverse de un lugar y sin trabajo. ¡Oh! Diga Y. á mi amo que le dé vista, como me la dió á mí y á Lázaro; ver es una alegría continua, y preferirla morirme á quedar ciego otra vez.
Ojeda escuchaba con atención y parecía muy contrariado.
— Hija, dijo por fin, no me atrevo á concederte lo que pides. Tendrias que sufrir mucho...
— No me amedrentan los dolores... si he de ver.
— ¡Imposible, imposible! añadió el licenciado; hay muchos inconvenientes.
— Pues bien, respondió Aurora llorando ; los ciegos sólo ven la luz cuando se mueren, y yo he de ver muy pronto.
— Aurora se alejó rápidamente ; pero su padre la detuvo.
— ¡Oh! No me quiere Y... exclamó con ese acento de las niñas consentidas, irresistible para los padres complacientes.
El licenciado enjugó las lágrimas de Aurora, y prometió, temblando, lo que su hija le exigia.
— El caso es , decia poco después Ojeda á Lázaro, que no me atrevo á cumplir lo prometido : es una operación delicada y dolorosa, que se puede hacer á un extraño ó á un amigo ; pero se trata de una hija. Ademas, no sé de donde sacar el ojo que hace falta.
— Señor, observó Lázaro, yo habia pensado pedir para mí el otro ojo del mono ; pero la señorita Aurora debe ser ántes que nadie.
— Escucha, Lázaro, mi hija es jóven y hermosa: en su cara no se puede colocar nada ridículo...
— ¿Ridículo?... Señor, ¿mi ojo es ridículo?
— En tu cara sienta bien... pero para dar vista á mi hija es necesario un ojo hermoso de persona. ¿Crees que puedo encontrarlo fácilmente?
— Es imposible, me parece.
— ¡Y si no lo encuentro, pierdo á mi hija!... Lázaro se afligió en extremo al contemplar la desesperación de su señor.
— Señor, le dijo con dulzm-a, dicen que en defensa propia ó de los hijos todo es permitido...
— Lázaro, me estás incitando á un crimen, contestó Ojeda apretando la mano con efusión á su criado.
— Pues bien, repuso éste con decisión, le cometerémos.
— Ademas, añadió el oculista, no se trata de dejar á nadie ciego, sino de un reparto equitativo de ojos entre uno que tenga dos y otra que no tiene ninguno.
Y el amo y el criado pasaron juntos la tarde haciéndose confidencias en voz baja.
A la noche siguiente ocurrió en el castillo un suceso inusitado : en el macizo y enmohecido llamador resonó un débil y extraño aldabonazo.
— Señor, dijo Antón entrando al poco rato en el cuarto de su amo, que conversaba con Lázaro: un hombre extraviado pide que le permitan pasar la noche en el castillo.
— ¿Qué trazas tiene el forastero? preguntó Ojeda.
— Sólo he reparado que tiene dos ojos como usted, pero muy grandes y muy negros.
— Que entre, que entre al instante; dijo el licenciado.
Y Ojeda y Lázaro cambiaron entre sí dos miradas alegres y diabólicas.
VI.
El hombre que habia llamado á la puerta del castillo era Tomás.
Vendido el trigo en la feria, se disponia á regresar al pueblo por la carretera, cuando un amigo le llamó desde su casa : entró en ella Tomás y vió que las personas allí reunidas eran jugadores. — Te be llamado por si querías divertirte, dijo el conocido estrechándole la mano.
Por desgracia, hablan trascurrido dos dias desde el encuentro de los tuertos : para mayor fatalidad, una mariposa blanca revoloteaba en torno de Tomás en aquel momento: los consejos de Lucía estaban aún recientes: pero Lucía habia condenado el juego en cuanto podia ser causa de su ruina, y la mariposa blanca era un presagio evidente de ganancia.
Tomás se decidió á exponer unas monedas : después sacó algunas otras para recuperar las ya perdidas: cuando se hubo quedado sin dinero, reflexionó que no podia volver de aquel modo á su casa : afortunadamente le quedaban el carro y su ganado, y podia desquitarse dando tres golpes á una muía; pero como perdió cuatro cartas seguidas , se quedó dueño del carro únicamente. No era decente que Tomás volviera al pueblo arruinado y tirando de la carreta : ésta siguió el mismo camino que las muías.
El desgraciado jugador salió de la casa aturdido y desencajado. Las protestas hechas á su mujer, las lágri-
mas de Lucía y lo completo de su ruina ; el porvenir, el presente y el pasado producian en su imaginación un efecto semejante al del capítulo más lúgubre de la más triste novela.
Buscó en el campo un sitio solitario, y lloró y meditó por espacio de mucho tiempo : cuando se convenció de que no podia presentarse ante su mujer en aquel estado, y de que no tenía á quién recurrir en este mundo , la desesperación le hizo adoptar un partido extraño.
— El dueño del castillo es un hombre rico, pensó en un instante lúcido : tengo mis sospechas de que se dedica á la brujería, y aunque no creo en brujas, ahora son éstas mi única esperanza. La verdad es que allí sucede algo extraordinario. Necesito ver á ese hombre y pedirle su protección y sus consejos.
Tomás, desesperado, entró resueltamente por el atajo, decidido á intentar aquella vaga probabilidad de remedio que, en su mísera situación, era al fin una especie de consuelo.
Tres días después se notaba en el pueblo una agitación extraordinaria; el alcalde, conmovido por los lamentos de Lucía, habia hecho correr al tio Esqueleto en todas direcciones , y averiguar el paradero de Tomás, dando parte á las autoridades de los pueblos inmediatos, cuando entraron en la casa consistorial el tio Matalobos y su nieto llevando la cabeza y la piel de algunas zorras.
— Preséntelas V. mañana á la hora de sesión, dijo el alcalde, y se le abonará su importe; ahora estoy muy ocupado con el asunto de Tomás.