Cuentos · Unidad 10 de 58
Unidad 10 · FIN DE UN CRIMEN CIENTÍFICO.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
FIN DE UN CRIMEN CIENTÍFICO.
(Publicado en M Globo : 20, 22, 23, 24, 25, 27 y 29 de Juaio de 1875.)
EPISODIO DEL SIGLO XV.
J2 m¿ querido hermano politico,
Ipato fililí): i §tts.tinbug.
EPISODIO DEL SIGLO XV.
La Botánica, lo mismo que la Historia, ha tenido su mitología, sus fábulas y sus maravillosas creaciones ; áun recetan los médicos algunas plantas cuyas virtudes resisten á la malicia de este siglo incrédulo , como el árnica : no las nombro , porque no es mi ánimo atentar á la reputación de esos respetables vegetales, que ocupan honroso puesto en la anaquelería de los drogueros y herbolarios : plumas algo más revolucionarias que la mia relegarán al humilde empleo de ensaladas á muchas hierbas que vende el boticario usurpando sus funciones á la honrada verdulera. Contentémonos , por ahora, en no creer, como asegura Nieremberg, que pueden nacer espinos en el vientre , como cuenta de un pastor, añadiendo que todos los años florecía aquella planta (1): y lamentémonos de que se haya concluido, y no se venda en nuestros mercados, la fruta llamada mirabolanos,
(1) Sin embargo, en el siglo xvi negó este hecho Juan Wiero, protomédico del Duque de Cleves ; pero la credulidad pública se sobrepuso á la razón.
que, según Ficino, prolonga la vida y preserva de la vejez, si bien me inclino á sospechar que esa fruta existe todavía, mirando á ciertas mujeres que hace veinte años podian ser mis abuelas, y hoy pasarían fácilmente por mis hijas.
Otros autores más ó ménos graves que cita el reverendísimo P. Fuentelapeña, afirman cosas relativas á las plantas, no ménos admirables y estupendas. Solórzano habla de una hierba, que cuando pasa álguien cerca de ella, alarga una de sus varas y le sacude un garrotazo ; figúrese el lector la situación de un viajero extraviado en un bosque donde, abundasen dichas plantas.
Plinio asegura que las ortigas marinas mudan de sitio y se encogen, para ensancharse cuando se aproxima un pececillo, envolverle en su red y devorarle. Otros varios autores citan una planta llamada Boromez, que tiene la figura de un cordero, pace la hierba que crece alrededor, y muere cuando el pasto se le acaba : Zonaras y Mayólo sostienen que existe una hierba que huye de las gentes , por lo cual sólo deben sembrarla los labradores que tengan buenas piernas para recoger á la carrera sus cosechas : y finalmente, Fortunio Lizeto refiere que en los montes Caspios se crian unos melones muy grandes, cada uno de los cuales tiene en su fondo... (asómbrese el lector) un robusto cordero.
Si todo esto se creia en el siglo xvii, y no se podia ménos de creer cuando lo afirmaban personas sérias, ¿qué extraño que en el siglo xv, época de mi historia, tuviesen fe los sabios en otras patrañas semejantes? De ellas estaban atestados los libros griegos y latinos : los
moros y judíos mezclaban en sus escritos las observaciones del físico con las supersticiosas maravillas orientales. El célebre D. Enrique de Aragón, marqués de Villena y protagonista de este episodio, en su arte cisoria recomienda á los cortadores que trinchan en las mesas reales, el uso de sortijas con piedras «valientes contra ponzoña é aire infecto», y entre otras, la llamada «pirofiles, la que se face del corazón del home muerto, con veneno cocho, lapidificada en fuego reueruerante », piedra descrita por Aristóteles : y cita el mismo Marqués, entre otras carnes que se comen por medicina, «la del Ome, para las quebraduras de los huesos... la del Habubilla para aguzar el entendimiento , la carne del cauallo para fazer Ome esforzado...», y otras muchas.
La hierba de faego no es invención mia ; mucho después del siglo XV se creia en su existencia, si bien calculo que nunca llegó á venderse en las boticas : llamábanla zinopasto ó Agía ofentide terrestre. Si ni nuestros abuelos, ni nuestros padres, ni nosotros la hemos alcanzado, no debe sorprendernos : tanto ha llovido desde entónces, que esa hierba quizás se haya apagado.
Don Enrique de Aragón, señor de Iniesta, el sabio, el célebre Marqués de Villena, el más aristócrata de los brujos en las consejas populares, yacia en una silla, postrado y sin fuerzas en el cuerpo, miéntras en su espíritu se atrepellaban las ideas, á juzgar por la movilidad de
SU fisonomía. De pié y en un rincón estaba un escuálido escudero que, por su traje negro y raido, más parecia físico sin enfermos que criado de un alto personaje : el pobre hombre, ora observaba con cariñosa inquietud al enfermo, ora seguía con estúpidas miradas las nubes de humo que producía en el hogar la leña verde y tragaba con avidez la campana de una gigantesca chimenea. Grandes volúmenes colocados en una antigua estantería ; manuscritos desordenados con caractéres góticos de colores variados é idiomas diferentes, instrumentos de Geometría y otros objetos de estudio que llenaban una ancha mesa; un laúd viejo colgado en la pared, un lecho monumental con las armas de la casa de Aragón, y algunas sillas rotas, daban á aquella estancia un aspecto de majestuosa pobreza.
El señor de Iniesta, envuelto en un largo balandrán de mucho abrigo, tenía los piés cerca del fuego, y el cuerpo apoyado en un cabezal puesto en el respaldo de la silla. Era hombre de unos cincuenta años de edad, aunque representaba ya sesenta : su estatura era corta, su cuerpo grueso y su color arrebatado.
— ; Miguel! dijo con voz desfallecida D. Enrique, es preciso que haga un esfuerzo y que salgamos esta noche.
— ¿Vuesa merced está en su juicio? contestó alarmado el escudero : ¿salir á estas horas en un 15 de Diciembre? La villa de Madrid es de las más frías y malsanas que conozco : el glorioso rey D. Alonso VIII perdió en ella su hijo primogénito; aquí han muerto...
— Déjate de citas, buen Ramírez, porque no has menester convencerme de lo que por mí propio experimen-
to ; desde que estoy aquí la gota apénas me ha dejado reposar, y hoy me quita la vida esta maligna fiebre.
— Lo mejor sería llamar al bachiller Fernán Gómez... dijo Miguel Ramírez.
— Guárdate bien de traer á ese importuno, que me hablaría de los húmedos y de la sangre corrupta, y extraería tazas de sangre de mi cuerpo como se saca vino de un cuero.
— Pues es un físico aprobado, y de la cámara Real.
— Yo le repruebo ; ademas de inexperto es hombre sin letras (1) é inca})az de escribir una mala carta. Por otra parte, siento subir la fiebre y voy creyendo que no hay poder humano ni medicinas que puedan ayudarme.
Miguel Ramírez rompió á llorar como un niño.
— Miguel, dijo con acento conmovido D. Enrique, voy á explicarte el ínteres que tengo por adquirir esa hierba prodigiosa que ha visto Asser en la huerta del obispo de Cuenca. Era yo joven cuando vino á la corte de mi difunto primo el rey D. Enrique III, un embajador del gran Tamerlan de Persia, hombre práctico en el estudio de las lenguas y eminente en las ciencias ocultas : llamábase Mahomad Alcagi (2) , y á pesar de ser
(1) Es sabido que muchos eruditos sostienen que el Centón epistolario no so escribió en el siglo xv.
(2) Así se llamaba el embajador persa que trajo , entre otros presentes para D. Enrique III, dos hermosísimas damas ; Miguel Ramírez fué, en efecto, escudero del Marqués de Villena; Sancho Jarava era el cortador del rey D. Juan II , y el obispo de Cuenca, D.Lope Barrientes, fué el encargado de revisar los escritos de D. Enrique de Aragón, que fueron quemados en la iglesia de Santo Domingo de Madrid.
pagano, gustaba de conversar con monjes y no frecuen^. taba el trato de los nobles , que sólo le hablaban de cabalgar, del juego de la lanza y de la barra y de ejercicios corporales : como le dijeron mi aversión á toda chse de armas, me tomó gran afición, y un dia hizo lai horóscopo, según usan los persas. «Pasaréis grandes trabajos, me dijo, y se verterá por vuestra causa mucha sangre; pero no lograreis ser verdaderamente sabio, feliz y respetado , hasta que poseáis la hierba de fuego, que sólo se ve de noche y en tinieblas. Esta la encontraréis cuando os veáis en la mayor tribulación.»
— Señor, contestó Kamirez, vuestra merced me ha dicho muchas veces que la Iglesia reprueba esos hechizos.
— Es verdad; pero contempla nuestro estado : los nobles me desdeñan, la que fué mi esposa me abandona, el seguir mis estudios requiere mucho oro, y ni aun tenemos con que pagar mis medicinas ; la enfermedad meahoga, y si hoy muriese, apénas dejarla para pagartetus soldadas.
— ¿Y piensa vuesa merced en esa miseria? dijo Eamirez afligido. Yo le sirvo por lealtad ; gocé á su lado el tiempo próspero, y tengo orgullo en participar de susdesgracias ; no cambiaria mi destino por el de mayordomo de palacio ; sólo me aflige que vuestra merced seentregue á ciertas lecturas y frecuente ciertas compañías...
— Escucha bien, Ramírez: si hoy muriese, quemarian'. mis libros sin leerlos: mis libros, que son tantos como' ningún otro ha escrito : no tengo hijos ni herederos que
vnelvan por mi nombre, y dejo en la tierra muchos enemigos poderosos. ¿Puede darse mayor tribulación? Y hoy me asegura Asser que ha visto esa planta. ¿ Cómo he de permanecer indiferente? Ramirez, mi buea amigo, yo no puedo moverme de esta silla, es necesario que vayas tú á esa huerta y hagas por mi este último servicio.
— Repare vuestra merced que se trata de una brujería.
— ¡Miguel! repuso D. Enrique en voz muy baja, tú tienes tiempo para arrepentirte y yo me muero.
— jSeñor! dijo Miguel besando la mano á su amo, iré ahora mismo ; pero no puedo dejar sólo á vuestra merced. i — Tendré paciencia un rato.
— ;OhI no; puede faltar leña á la lumbre, puede sobrevenir un desmayo...
— Tienes razón, repuso el señor de Iniesta, y dijo tímidamente á su escudero : Llama al pobre Asser.
— ¿A ese miserable judío? señor. — Es un sabio, querido Miguel.
— El escudero hizo una señal de resignación, y dijo luégo :
— Volveré pronto , muy pronto.
— Cuida de apagar la linterna, porque esa planta es tan sensible á la luz, que desaparece á cualquier rayo: lleva un paño negro en que envolverla, y si la consigues, colócala en un desván oscuro, pero no entres con ella en este cuarto. Ramirez, en tí deposito mi última esperanza, porque creo que ésta es tal vez la noche postrera de mi vida. Apresúrate : siento que me agravo por momentos.
El escudero salió enjugándose las lágrimas y moviendo con desconsuelo la cabeza.
Ya en la calle, llamó á la puerta de una pobre casa, y dijo en tono brusco al que salió á abrir, hombre de edad y en traje de judío :
— Mi amo te necesita ; sígneme al instante.
El israelita le siguió con humildad, como hombre acostumbrado á la obediencia. '
— ¿Queréis decirme si se ha agravado vuestro íxmiK dijo con interés el judío al escudero.
Está peor, en efecto; pero se trata de que no quedf^ solo miéntras busco la hierba que dices haber visto en la huerta del obispo D. Lope de Barrientos, y con la cual le has vuelto el juicio, brujo miserable.
— Y tanto como la he visto : levantaría del suelo cerca de una cuarta, y oscilaba al menor soplo de viento. Está como á la derecha de la puerta : daria un buen -lallazgo al que me presentase un solo tallo.
— ¿Y cómo no escalaste la tapia?
— Líbreme Salomón de ese atrevimiento: el obispo don Lope es muy severo con nosotros. * — Entra, dijo Ramírez al judío abriendo la puerta de la posada de D. Enrique ; cuida del fuego y habla poco, que tu conversación es dañosa para el alma. Si mi amo se queja de tí, ó si yo noto á mi vuelta algún descuido, te acompañaré hasta tu casa alumbrándote á linternazos.
El judío bajó la cabeza y entró murmurando entre dientes :
— No sé si hallarás la hierba ; muchas noches me ha engañado la apariencia : puede ser también una de esas