Cuentos · Unidad 11 de 58

Unidad 11 · LA HIÍ]RBA DE FUEGO.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA HIÍ]RBA DE FUEGO.

piedras que brillan en lo oscuro Pero de seguro te encontrarás con los perros del obispo, bárbaro escudero.

Cuando Asser entró en la habitación de D. Enrique, éste se hallaba adormecido : á la excitación de la fiebre habia sucedido un gran abatimiento. El judío, al verle, hizo un gesto de dolor.

— La enfermedad ha caminado muy de prisa ; le han muerto sus propios pensamientos, dijo con tristeza, tomándole el pulso : no Ip queda apenas una hora de vida; volverá en sí un breve rato, y luego la máquina cesará sus movimientos. ¡Lástima de hombre! con él se extingue la mejor inteligencia de Castilla. Gran amigo pierdo ; él me apretaba la mano y me trataba como á igual, miéntras los criados y villanos me humillaban como superiores : ¡ qué sería de nosotros si esos implacables plebeyos se convirtiesen en señores !

Y Asser contemplaba con melancolía la cabeza de don Enrique, cuya barba descansaba sobre el pecho.

Dentro de un rato, prosiguió el judío, volverá Ramírez, y buscará un confesor para aterrarle con las tristes ceremonias con que su religión despide al moribundo. Y después de una vida de trabajos, morirá temblando, arrullado por el monótono rezo de agonía. ¡Oh, no! yo de- ])0 pagarle su amistad prestándole el último servicio.

Y el judío sacó de su faltriquera una bolsa, y de ella una pequeña caja que contenia unos polvos ; vertió cierta cantidad en una copa con agua, agitó ésta y se acercó al enfermo con cariño.

— ¡Don Enrique! ¡D. Enrique! dijo golpeándole con suavidad en el hombro.

El señor de Iniesta alzó la cabeza y fijó una mirada en Asser sin conocerle.

— ¿No conocéis á vuestro amigo?

— Ramirez, ¿no es verdad? Esa luz que veo será la planta que buscábamos.

— Ha empezado el delirio, pensó Asser; aumentémosle, convirtiendole en satisfacción ó voluptuosidad; el efecto de este narcótico durará más tiempo que vida le queda á mi pobre amigo ; el delirio que produce tiene una extraña apariencia de verdad y siempre lleva al ánimo ideas de ventura. Tomad la medicina, añadió aproximando la copa á los labios del enfermo.

Este bebió maquinalmente la mitad de la dósis , pero fué imposible que la tragase toda.

— No importa, siguió diciendo para sí aquel extraño enfermero ; tiene ya lo suficiente.

Y Asser derramó el sobrante de la copa.

— Conviene no dejar huella ninguna; dirian que esto es veneno ó un hechizo, no siendo ofcra cosa que el tallo seco del cáñamo.

Después el judío quedó observando á D. Enrique de Aragón con interés extraordinario.

Pasaron muchos minutos ; el señor de Iniesta articuló palabras incoherentes, y por último apareció en su rostro una sonrisa que se reflejó al instante en el atezado semblante del judío, pero acompañada de dos lágrimas.

— Muere gozando dijo Asser, tú que has sido infeliz toda tu vida.

II.

La vida real continuaba verificándose aparentemente en el cerebro de D. Enrique, con tal verosimilitud y con tal relieve, como si en efecto aquello sucediese : el narcótico daba reposo al cuerpo, y á la imaginación vida y movimiento.

Don Enrique, ágil y contento, paseaba por la cocina, y Miguel Eamirez, con una llave en la mano, puesto al lado de la ventana, parecia aguardar á alguno, impacientándole su tardanza.

La mesa estaba puesta : blanco mantel la cubria, plateles, copas, naos y demás utensilios de vajilla que se usaban en el siglo xv, pues corria por entonces el mes de Diciembre de 1434 : cuchillos de várias clases con las armas de la casa de Yillena en el mango plateado, relucían sobre el mantel en compañía de aquellos instrumentos de dos ó tres púas, llamados brocas ó tridentes, que fueron los abuelos de los modernos tenedores.

Sin embargo de estos preparativos, ningún caldero liervia en el inmediato hogar, ningún ave volteaba en el asador; la mesa estaba dispuesta, sólo faltaba la cena.

El Sr. de Iniesta escuchaba en la calle el diálogo de dos curiosos, que sin duda estaban observando á través de una rendija de la ventana.

— Créeme y alejémonos de esta casa : es la liora en que los espíritus hacen de las suyas.

— Déjame un instante y no temas ; nunca salgo de noche sino cargado de reliquias.

— ¿Notas algo? decia el más tímido con recelo.

— Ya lo creo : estoy observando que hay dos asientos preparados en la mesa y una sola persona : nada veo calentándose en la chimenea, y el Marqués se pasea pensativo, discurriendo sin duda una buena cena, que aparecerá probablemente por los aires.

— Dicen que es muy sabio; pero ¿crees que con la imaginación y á fuerza de estudios se pueden improvisar pemiles y faisanes, como trovas y libros de cocina?

El escudero, á quien se hacía la broma algo pesada, dió en la ventana algunos golpes con el cuento de la espada, y se oyeron en la calle los pasos precipitados de dos personas que huian como seguidas de fantasmas.

— ¿Qué haces, Miguel Ramirez? preguntó D. Enrique suspendiendo su paseo.

— Señor, espantaba á dos villanos que estaban junto á la reja tratándonos de brujos.

— Mala fama tenemos, respondió el caballero sonriendo. Pero dime, ¿estás seguro de la promesa de Jarava? (1).

— Figúrese vuestra merced si habré prestado atención á sus palabras; no nos quedaba para cenar otro recurso. « Decid á vuestro amo , me repitió, que quiero esta no-

(1) A este Sancho de Jarava dedicó el Marqués de Villana el arte cisoria, que fué escrita por su ruego.

che lucirme en su presencia, trinchando, según las reglas de su arte cisoria , algunas viandas cuyo corte me han alabado y cuya destreza debo á sus lecciones: tened vos, señor escudero, dispuesta la mesa, que la cena yo la llevaré en persona. »

— Pues el amigo Sancho Jarava se retrasa.

— Se habrá prolongado la cena del Rey vuestro sobrino.

— Tal vez : su oficio de cortador es de los que requieren más puntualidad en la asistencia.

— ¡El es! dijo con júbilo Ramírez oyendo algunos golpes en la puerta ; y descolgando un candil plateado, salió á abrir á Jarava, que entró seguido de dos mozos, cada uno de los cuales llevaba una tabla en la cabeza, y en el brazo derecho un cesto ó una arqueta.

Don Enrique de Aragón salió al encuentro de su huésped y le recibió con verdadera alegría.

— Perdonad, le dijo, que os reciba de una manera tan pobre, como conviene á un señor sin estados : ya lo veis, no hay paños franceses en las paredes, ni piezas de ofo y plata en mis aparadores, ni pieles de león en las puertas, como tiene el Condestable en su casa de Escalona.

— La honra de servir á vuestra merced es lo único que buscaba al venir á esta posada, señor maestre.

— ¿Maestre? contestó D. Enrique: lo fui de Calatrava, pero hace veinte años que anularon mi elección.

— Pues bien : señor Marqués de Villena, Conde de Rivagorza y de Cangas de Tineo.

— Hice renuncia de mis estados en favor de la Corona : llamadme lo que soy, D. Enrique de Aragón, señor

de Iniesta, y suprimid la merced, que estamos entre amigos, y vamos á cenar.

Los mozos liabian colocado las viandas junto al fuego, y la cesta y el arqueta en el aparador.

— Voy á serviros en toda regla, dijo Sancho Jarava abriendo el arqueta, de la cual sacó un estuche de cuero de ciervo y algunos paños finos : colocó éstos sobre una nao plateada, puso encima los lienzos, y sobre ellos cinco cuchillos de formas diferentes, que cubrió con un paño finísimo en que estaban bordadas las armas de Castilla.

— Perdonad, amigo, dijo el señor de Iniesta deteniéndole : no consiento que entréis en esos pormenores. Años hace que practicáis vuestro oficio en la mesa Eeal, y no necesitáis hacer más pruebas : partiréis con el cuchillo las viandas, puesto que os empeñáis en hacer gala de destreza. Ahora sentaos, que Miguel Ramírez os tiene preparada el agua de manos.

Sancho Jarava hubo de rendirse.

Ramirez, que habia colocado las cacerolas en el fuego, aspirando con deleite su perfume, y vaciado de la cesta algunos panes, botellas, hojaldres, nuégados, turrones y otros postres, colocó al lado de Jarava una ensalada de coliflor.

— No me habéis dicho, amigo Jarava, cómo está el Rey mi sobrino y qué pasa en la corte.

— Su señoría el rey D. Juan II tiene excelente salud, y se ocupa en arreglar unas estrofas del poeta Juan de Mena.

— ¿Y el condestable D. Alvaro?

— Aquí, entre nosotros, D. Alvaro de Luna cree que sois su enemigo y estáis en combinación con un fraile del Monasterio de la Mejorada, famoso nigromántico, que ha predicho su ruina y su caida.

— Veo en ello la mano de mi antigua esposa doña María de Albornoz, su parienta, que le ha nombrado en vida su heredero, temiendo acaso que yo la sobreviva y reclame sus dominios. Hace mal : soy más viejo que ella y el estudio me ha quitado mucha vida.

Y D. Enrique de Aragón, el ex-marqués de Villena, el ex-maestre de Calatrava, miró fijamente á Sancho Jarava, cortador del Rey D. Juan II, y dijo después con ligereza :

— Partid ese cabrito, cuyo abultado vientre me indica alguna sorpresa del cocinero.

Sancho Jarava hundió el tridente en el cuerpo del animal, que dividió con verdadera maestría, sacando una chocha en el tenedor, la cual colocó sobre una rebanada de pan extendida en un plato para que no la enfriase el contacto de la loza, y sirvió á D. Enrique en un instante los muslos del ave y la pechuga.

— Admirablemente partida : no he visto jamas tal prontitud y ligereza: no ha perdido nada de su calor: parece que habéis hecho la operación por arte mágica.

Jarava y D. Enrique hicieron los honores al asado co-' mo. personas entendidas.

— ¿Es vuestra la idea de haber sazonado el ave echando la sal y el jugo de limón ántes de asarla? dijo el de Aragón. , . , .

..— Mia es, contestó Jarava: con-brgullo.

— Pues liemos de corregir mi arte cisoria, v donde di~ ce que se echen la sal y el zumo de limón templado con agua de rosa, en las aves partidas, debe escribirse : ningún ave ó vianda se presente sin la sazón y el agrio conveniente, que debe darse al manjar en el horno mismo. Dadme sesos de cabrito, amigo Sancho, que huelen á jengibre que es un consuelo.

El cortador del Bey se habia esmerado en la cena: lomo foraño adobado ; besugo fresco, plato entonces en Madrid muy estimado ; un pavo servido con la cola en forma de abanico, y otras viandas de las que se componían los monótonos pero abundantes banquetes de aquel tiempo ; se habian destapado diversos vinos, unos procedentes de los vecinos pueblos, otros venidos de Málaga; vino que, á pesar de ser cristiano, no estaba bautizado.

— Me dais un festin suculento : nunca he comido manjares mejor sazonados ni bebido vinos tan aromáticos.

— Aun os falta lo mejor, contestó Jarava sonriendo.

— ¿De véras? Sois un verdadero encantador, y mí fama de brujo palidece ante vuestro arte : hemos debido cenar en el triclinio, como hacian los romanos, para gozar con descanso y voluptuosidad de este banquete.

— Partid, D. Enrique, esa empanada.

— ¿Sabéis que me tiembla el pulso de emoción ántes de alzar la tapa? Creo que ha de salir de este pastel el

ave Fénix Pero ¿qué es esto? un escrito con firma

Real

Y el Sr. de Iniesta, trémulo y lleno de esperanzas, leyó un alvalá en que el Rey le concedia un cuento de maravedises, miéntras se le ponia en posesión de sus Esta-

dos ó de otros equivalentes, cual convenia á su inmediato parentesco con D. Juan II.

— Me parece un sueño, repetia con júbilo D. Enrique, levantándose y dando un abrazo á Sancho Jara va.

— El Rey, contestaba éste, ha leido algunos de vuestros escritos, y en particular el Arte de trovar^ y desea veros para manifestaros su satisfacción.

— Iré mañana mismo á besar la mano de su señoría.

— Ademas, ayer en la comida, respondió por vos á una alusión que os hicieron.

— ¿Alusión?

— Un paje, que hablándose de cierta brujería, dijo que se habia hecho por arte de D. Enrique de Villena, « Reportaos, contestó el Rey severamente : D. Enrique es pariente mió, y es un sabio y un católico : leed su libro titulado Los doce trabajos de IlórculeSy que está lleno de máximas y ejemplos, y debian aprender desde los príncipes hasta los siervos.»

Don Enrique de Aragón no podia disimular su regocijo.

Probablemente aquella intima satisfacción habia producido las sonrisas que observó Asser conmovido.

Cuando Sancho Jarava se hubo despedido, Miguel Ramírez entró otra vez en la habitación, y dijo con mal humor á su amo :

— Señor, una judía quiere hablar á su merced : ¿le digo que está ya recogido?

— ¿Es joven?

— No lo sé, replicó de peor talante el escudero ; viene tapada ; acaso sea vieja.

— Es lo mismo ; hazla entrar, buen Miguel : el santo rey D. Fernando temia más que á los moros las maldiciones de las viejas.

Instantes después, D. Enrique recibia cortésmente á la tapada ; ésta parecia acobardada de su atrevimiento, y el señor de Iniesta tuvo que animarla para que se sentase y expusiera sus deseos.

— Señor, me han dicho que es vuestra merced muy bueno con nuestros hermanos.

Don Enrique se sonrió.

— Me han dicho también que es vuestra merced muy sabio y que ha escrito un libro sobre el mal de ojo.

— Es verdad lo último, contestó el de Villena, pero declaro en mi obra que ninguno debe hablar de lo que no ha visto, y en lo que allí trato me refiero á la autoridad de otros escritores. ¿Tenéis enfermo algún hijo?

— ; Oh ! no, señor, se apresuró á decir la judía; yo no soy casada.

— Perdonad ; como estáis tan encubierta

— Es que ahora me avergüenzo de haber venido, y quisiera salir.

— ¿Tan pronto y sin atreveros á hacerme vuestra confidencia? ¿ Acaso mi aspecto no corresponde á la idea bondadosa que de mí habíais concebido?

— No tal, se apresuró á replicar la hebrea; vuestra merced me era conocido. — ¿Y yo os conozco?

— Tal vez si me descubriera ; aunque acaso no recordéis haberme visto.

— ¿ Sois joven ?

— Tengo quince años.

Aquella respuesta combinada con el grato perfume de ámbar que exhalaba el traje de la hebrea, despertó el interés de D. Enrique.

— ¿Puedo saber vuestro nombre?

— Vuestra merced todo lo puede.

— jOh! suprimid el tratamiento; para las bellas no hay rango ni etiqueta.

— ¿Quién os ha dicho que soy bella?

— Me lo dice el corazón.

— Porque vuestro corazón es muy bueno , lo cual me ha animado á venir sola á esta casa.

— ¿A consultarme sobre la fascinación ó mal de ojo?

— Sí ; mi padre me asegura que hay personas que dañan con la vista.

— Dícese que algunas mujeres matan con la mirada.

— Y ¿qué sienten los aojados?

— El fascinado busca el lecho , pierde el apetito , rechaza las medicinas , aprieta las manos escondiendo los pulgares, tiene el oido muy fino, suspira, y sus ojos miran hácia el suelo. Pero vos no estáis seguramente fascinada.

, — ¿ Por qué ?

— Porque el ámbar es preservativo, como el almizcle,

el áloe, el clavo, la corteza de manzana y todos los buenos olores (1).

— ¿Y si á pesar de todo estuviera fascinada?

— Los moros suelen usar para curarse el rocío de Mayo, y cuelgan del cuello monedas horadadas, libros pequeños, escritos y concbas de colores. En Castilla cuelgan á los niños en el cabello manezuelas de plata con pez é incienso : también se emplea el coral, la raíz de mandragora, piedra esmaltada de jacinto, dientes de, perro y otras muchas supersticiones. En Persia cubren con un paño mojado la cabeza del niño, y déjanlo secar ; si salen manchas en el paño se queda en ellas toda la maldad del hechizo.

— Y ¿qué remedio me aconsejáis entre tantos?

— ¿A vos? ¿Cómo queréis que os medicine si escondéis la cara y no os he tomado el pulso ?

La hebrea sacó de debajo el manto una mano blanquísima. El Marqués se apoderó de ella al instante y dijo en tono grave al ver cómo temblaba aquella mano dentro de la suya:

— No basta aún: el pulso se toma á los hechizados sobre el mismo corazón.

— ¿ Sobre el corazón? exclamó la niña retirándose.

— Y la razón es muy sencilla, añadió D. Enrique: á vuestra edad se confunde esa dolencia con otra ménos grave.

(1) Una de las muchas obras que escribió el Marqués de Villena es el Libro de los afeites de las mvjeres, que cita en su Tratado del ojo ó fascinación.