De tal palo, tal astilla · Unidad 10 de 26
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--Pues, caráspitis --respondió Macabeo hecho unas mieles y asombrado de su propio atrevimiento--, al auto de que lo rumies y luégo escojas entre esta pobreza que te pongo en la mano, y la otra fachenda que anda volando. Las cosas claras.
--De manera es, Macabeo, que en jamás así las pusistes.
--Nunca es tarde si la dicha es buena. ¿Serálo la mía?
--De menos nos hizo Dios.
--Poco ofreces, Tasia.
--¡No tenías tanto enantes, y con ello pasabas!
--Con apuros, hija; y por salir de ellos me arriesgué.
--¡Cubicioso!
--¿Me las güelves ahora? ¡Al río ó á la puente, Tasia! En el burro me puse, ¡vengan ya los palos!
--Pero ¿qué quieres, bobo?
--El sí ó el no... clarito el juego.
--¡Pues no, que es turbio!... ¡Y me está viendo las cartas!
--Los ojos se engañan las más de las veces. ¡El sí ó el no con la boca, Tasia!
--¡Vaya que es ahogo! Déjame rumiarlo, que bien vale la pena; y harto llevas de presente, que no llevas el no que merecías.
--¡Por vida del caráspitis!... ¿Y así te marchas, Tasia?
--¡No que se juega!
--Pero ¿me das cara?
--¡Toda la que tengo, eso sí!
Tasia se alejaba haciendo muecas á Macabeo.
--¿Y me abrirás la puerta? --gritóle éste.
--¡Esa es de mi padre! --respondió la moza.
Macabeo se hinchó como un odre, para desinflarse en seguida con este grito:
--¿Y echarás al otro cuando yo entre?
Tasia no se veía ya; pero se oyó su voz que cantaba esta copla:
Porque me rondan muchos, dice mi madre: «Al sol que más caliente has de arrimarte.»
Rascóse Macabeo la cabeza, y dijo andando hacia la portalada:
--¡De todas suertes, no me pesa el desfogue, porque, así como así, no podía ya con la congoja!
[Ilustración]
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X
LAS UÑAS DEL RAPOSO
Oyéronse á la puerta del gabinete en que Águeda se hallaba, unos golpecitos muy acompasados y una voz afectadamente tímida que preguntaba:
--¿Hay permiso?
Águeda se estremeció, como quien despierta de un largo sueño con el graznido de la corneja, y respondió de muy mala gana:
--Adelante.
Y entró don Sotero, en su actitud habitual en aquella casa: encorvada la cerviz, el paso lento y las manos cruzadas sobre el vientre. Saludó á su modo; preguntó á la joven por la salud, por el apetito, por el sueño, por el dolor de cabeza y por veinte cosas más; oyó lo menos que podía respondérsele; y dijo restregándose muy suavemente las manos, después de avanzar dos pasos hacia Águeda, quedándose á pie firme delante de ella:
--Presupuesto, señora mía, que el bálsamo de la religión, juntamente con el buen sentido con que el Señor, en su divina munificencia, quiso dotarla á usted, habrán amortiguado lo más acerbo de sus dolores morales, en cumplimiento de un sacratísimo deber me tomo la libertad de pedir á usted unos minutos de audiencia para enterarla...
--Si quiere usted hablarme --interrumpió Águeda con desabrimiento-- de asuntos en que ha entendido en esta casa, hágame el favor de aplazarlo por unos días.
--Lo haría con todo mi corazón, señorita --replicó don Sotero, cada vez más compungido y meloso--, si los asuntos á que me refiero no fueran otros que esos en que yo _he entendido en esta casa_; pero los hay mucho más delicados y apremiantes, de los cuales necesito enterarla á usted, aunque al hacerlo se renueven ciertas heridas que á todos nos alcanzan en la debida proporción.
--Razón de más --dijo Águeda con aire imperativo--, para que se aplace la entrevista.
--Es que --insistió el otro hecho unas mieles--, necesitamos ponernos de acuerdo usted y éste su humilde servidor, sobre ciertos preliminares, sin lo cual tengo atadas las manos para dar comienzo, con el auxilio de Dios, á la delicada empresa que se me encomendó en hora y ocasión bien solemnes.
Más que pueril curiosidad sintió Águeda al oir estas palabras: sonáronle á cosa muy grave por el recuerdo que evocaban, por la persona que las decía, y hasta por el acento con que las pronunciaba. No trató de disimular su alarma, y preguntó en seguida:
--¿Á qué empresa se refiere usted?
Carraspeó don Sotero y respondió así:
--Cuando el Señor, en sus inescrutables designios, dispuso que la nunca bastante llorada doña Marta, su santa madre de usted (que en gloria se halle), cayese enferma de algún cuidado, recordará usted que ella misma pidió los sacramentos.
--No es, en efecto, para olvidado por mí --respondió la joven, indignada de que tan sagradas memorias anduvieran en semejantes labios--. Pero ¿y qué?
Don Sotero, imperturbable, continuó:
--Recordará usted, asimismo, que después de orillados de ese modo edificante los asuntos de la vida perdurable, pensó en los de esta otra terrenal y perecedera... y mandó llamar á un escribano...
--Recuerdo también esa otra circunstancia --interrumpió Águeda, aguijoneando al otro con su inquietud--. No hay necesidad de desmenuzarla tanto para llegar pronto adonde yo deseo.
--Vino el escribano --siguió don Sotero haciendo una reverencia--, y testó la señora.
--También lo sé.
--¿Y sabe usted en qué términos?
--En los más acertados.
--¿Lo sabe usted ó lo presume?
--En este caso es igual presumirlo que saberlo.
--¡Y no se equivoca usted! El culto, los pobres, sus hijas... para todos y para todo hay allí algo, y cada cosa en su punto y lugar. En fin, como que se trata de una superior inteligencia y de una santa de Dios.
Acabábase la paciencia de Águeda, y la indignación le arrancó estas palabras:
--¿Y por qué sabe usted esas cosas que yo ignoro todavía?
Don Sotero, como si le mecieran brisas de mayo, respondió sonriente y melifluo:
--Ahí enlaza precisamente el objeto de la audiencia que he tenido el honor de pedir á usted, señorita. Es, pues, el caso, que tuve la honra de ser llamado, en tan solemne ocasión, por su señora madre (que de Dios goce), y la más alta aún de ser consultado sobre determinadas cláusulas.
--Naturalmente --dijo Águeda, deseando explicarse la odiosa intrusión del modo menos irritante.
--Me congratulo de que así juzgue usted del caso.
--Paréceme que, siendo usted su administrador, no estaba de más á su lado en aquel instante.
--Eso pensé yo también cuando se me llamó; pero su señora madre, cuyas bondades nunca serán bastante alabadas, tuvo á bien distinguirme con la investidura de un cargo más elevado.
--¡Á usted! --exclamó Águeda con asombro.
--Á mí --recalcó don Sotero, humillando la cabeza--. En vano protesté; en vano expuse mi incapacidad y lo espinoso del cometido... No hubo modo de renunciarle.
--¿Y qué cargo es ese?
--El cargo, señorita, de albacea testamentario, con el item más de curador de las dos huérfanas y tutor de la más joven; por supuesto, con relevación de fianza...
--¡No puede ser eso! --dijo Águeda con indignación, levantándose de su asiento y mirando con ojos de espanto á don Sotero.
Éste, sin inmutarse, llevó su diestra al bolsillo interior de su anguarina, y sacó un protocolo en papel sellado.
--Aquí está la copia del testamento --dijo mostrándola humildemente--. Mandé sacarla... por lo que pudiera suceder.
Águeda rechazó los papeles y se dejó caer en el sillón, abrumada por el peso de muy contrarios sentimientos. Tan contrarios eran, tanto se repelían entre sí, por hermosos los unos, por repugnantes los otros, que no quiso detener la consideración sobre ellos. Desprendióse de los últimos, apartando la vista, como quien se sacude de los opresores anillos de una serpiente, y replicó al hombre negro:
--¡Pero no será usted el único tutor nombrado!
--Iba á hablar á usted acerca de ese punto --expuso don Sotero con voz temblona y entrecortada-- cuando fuí interrumpido con una expresión cuya dureza... ¡créalo usted, por la salvación de mi alma! no corresponde al desinterés ni á la profundidad de mi cariño...
Hizo aquí unos pucheros; se pasó por los ojos un pañuelo de yerbas, y continuó:
--Nómbrase también á su señor tío de usted, don Plácido Quincevillas.
Respiró Águeda.
--¡También mi tío don Plácido! --exclamó--. Por supuesto, con las mismas atribuciones.
--Por supuesto, señorita... Sólo que, si bien hemos de ejercer los cargos de mancomún, podemos también, y debemos desempeñarlos _in solidum_, es decir, cualquiera de los dos en enfermedad, etc., etc., del otro.
--Bien está; pero como hasta ahora no se ha dado el caso de enfermedad...
--Pero sí el de ausencia; y, además, ha de saber usted que es voluntad expresa y terminante de la testadora, de santa memoria, que desde el instante de su fallecimiento se encargue de la tutela y curatela, y en adelante la ejerza preferentemente, aquél de nosotros dos que se halle más cerca de las huérfanas; porque es también su propósito manifiesto, y aquí consta, que jamás se vean ustedes sin una sombra protectora.
--¿Y usted viene á ofrecerme la suya en este momento?
--Yo vengo, señorita, á notificar á usted humildemente estas disposiciones, para proceder, con su permiso y acuerdo, á hacer el inventario de los caudales. Ha de ser largo y penoso, y el tiempo legal no es mucho. Vea usted la razón única de la entrevista que he tenido el honor de pedirla...
--Y ¿por qué no ha venido mi tío? --preguntó Águeda secamente.
--Eso me pregunto yo á cada instante --respondió don Sotero con la mayor naturalidad--; ¿por qué no viene el señor don Plácido?
--¡Es muy raro que ni siquiera conteste á la carta que le dirigí el día de la desgracia!
--Con esa misma fecha se la notifiqué yo, añadiéndole lo referente á los cargos que le estaban encomendados por la voluntad de la difunta... Le he repetido la carta... y el mismo silencio.
--¡Es raro eso también! --replicó Águeda mirando al hombre con gesto medio burlón y medio iracundo.
--No es tanto, señorita --dijo don Sotero con su habitual sencillez--, si se considera que su señor tío de usted vive, como quien dice, en el último rincón del mundo. Las cartas, por las exigencias del servicio del correo, tardan cinco días desde aquí á Treshigares, cuando menos. Pueden haber tardado más; pueden haberse extraviado... y hasta pueden estar intactas sobre la mesa del señor don Plácido... porque ya usted sabe hasta qué punto le distraen sus especiales ocupaciones y la originalidad de su carácter.
Águeda, que sin duda sospechaba alguna indignidad en aquel hombre, le medía con la vista de arriba abajo, y se empeñaba inútilmente en buscarle los ojos con lo que pudiéramos llamar punta de su mirada. El santo varón no apartaba la suya del suelo que le sostenía. Duró esta muda escena breve tiempo, y dijo Águeda, con un desabrimiento inconcebible en su dulzura habitual:
--Y en suma, ¿qué es lo que usted quiere de mí en este instante?
--Ya he tenido el honor de decirlo, señorita: que hay que hacer el inventario de los bienes de la testamentaría, y que necesitamos ponernos de acuerdo, para que yo, con el auxilio de Dios y mi buen deseo, comience desde luégo...
--No debe darse paso alguno sin la presencia de mi tío.
--Me permito repetir á usted que el tiempo legal es corto en comparación de la tarea. Además, su señor tío de usted se alegrará mucho si al llegar se encuentra hecha una buena parte de este mecánico y engorroso trabajo.
--En hora buena: puede usted comenzarle cuando quiera.
Don Sotero saludó con una cabezada; pero no movió sus anchos pies del sitio que ocupaban.
--¿Tiene usted más que decirme? --le preguntó la joven.
--Muy poca cosa, señorita --respondió el hombre negro, manoseando el rollo de papel sellado que no había vuelto á guardar--; muy poca cosa; y eso, por lo que respecta á la parte de responsabilidad que me alcanza en la cláusula testamentaria referente al celo con que debo vigilar las inclinaciones, digámoslo así, afectuosas, de ustedes...
--¡También eso!
--Aquí está escrito... cláusula catorce, si no me equivoco... Efectivamente: cláusula catorce... Pero de esto, señorita, no quiero ni debo hablar con personas de tan firmes y puros sentimientos religiosos. Mi conciencia queda tranquila, por ahora, con advertir á usted la existencia de la cláusula, á la cual debo...
--¡Basta! --exclamó Águeda, casi trémula de indignación--. Deme usted esos papeles, y hemos concluído.
Entregóselos don Sotero con una humildísima reverencia, y se retiró dulce, suave y mansamente.
En cuanto se quedó sola buscó Águeda, revolviendo las hojas de papel con mano trémula y ansiosa, la cláusula mencionada. Pronto dió con ella. Decía así:
«Recomiendo á mis hijas muy amadas que, si Dios no las llama por otro camino aún más santo y ejemplar, en el momento de la elección de esposo pongan su consideración en las ideas religiosas que han de adornar al hombre que prefieran; que no olviden jamás que fuera de la Santa Iglesia Católica, en la cual he vivido y he de morir, con la gracia divina, no hay salvación para el alma; y encargo á dichos mis albaceas que si, lo que Dios no permita ni yo espero, las vieren inclinadas á transigir ó vacilar en tan gravísimo asunto, las adviertan y amonesten y se valgan de todos los medios lícitos para enderezarlas á mejor fin. Las amo con todo mi corazón, y quiero el bien de sus almas.»
--Todo esto --se dijo Águeda arrojando los papeles sobre un velador--, es muy santo y muy bueno, y está muy en su lugar... Sí, señor; pero, por lo mismo que es tan santo y es tan bueno, ¿por qué ha de entender en ello un hombre como ese? ¿Por qué puso mi madre en semejantes manos armas tan peligrosas? ¿Por qué dejó hasta los más delicados sentimientos de mi alma sujetos y amarrados al capricho de un hombre grosero y repugnante?... ¿Por qué, Dios mío, la que fué tan sabia y previsora en todos los asuntos de la vida, fué tan ciega y desacertada en sus juicios acerca de ese... bribón?... ¡Bribón, sí, bribón! Porque don Sotero lo es, ó no los hay en el mundo... ¡Y yo estoy bajo la odiosa tiranía de sus maldades! Y ¿cuándo, Señor; cuando me veo oprimida entre los hierros de este grillete afrentoso! ¡Cuando las pocas fuerzas que me quedan las necesito para luchar contra el enemigo que llevo dentro del corazón! Desde que este hombre ha hablado conmigo, todas mis penas toman un tinte más negro; envuélveme el ánimo una nube densa y sofocante, y no hay desdicha que yo no tema. Es preciso que don Plácido sepa todo esto inmediatamente... ¡si es que no entra también en los designios de Dios que hasta ese apoyo me falte! ¡Hágase siempre su voluntad!
Después se puso á escribir una carta.
[Ilustración]
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XI
PASA-CALLE
En cuanto la tuvo escrita y cerrada, mandó llamar á Macabeo. Presentóse éste con la puntualidad que se le impuso en lo apremiante del recado, y le dijo Águeda:
--¡Necesito que inmediatamente me hagas el más grande favor que puedes hacerme en tu vida, por larga que sea!
Macabeo respondió sin titubear:
--La carne soy; usté el cuchillo: corte por donde quiera.
--¿Sabes tú ir á Treshigares?
--Jamás allá estuve; pero quien lengua lleva...
--Pues en Treshigares vive mi tío, don Plácido Quincevillas. Es preciso que de tu misma mano reciba esta carta.
--La recibirá.
--Y si por cualquier evento se te perdiera, dile que vas de mi parte á prevenirle que me veo sola y amenazada de grandes peligros... que me veo sola, porque Dios quiso llevarse del mundo á mi madre... Asómbrate, Macabeo, ¡todavía no lo sabe!
Asombróse el hombre, en efecto, y hasta respondió, haciéndose cruces:
--¡Pero si yo mismo llevé á la estafeta la carta en que usté se lo contaba!... Y no me dejará mentir el señor don Sotero que me la cogió de la mano, al llegar á la puerta, para echarla en el cajón con otras que él sacó del bolsillo.
--¡Conque fué don Sotero quien recogió la carta de tus manos! --exclamó Águeda--. Algo por el estilo tenía que ser. ¡Me lo daba el corazón! El caso es, Macabeo, que mi tío no llega; que urge muchísimo su venida, y que es preciso que con esta carta ó con tu recado venga sin perder un instante.
--¡Vendrá, caráspitis! --dijo Macabeo contagiado de la ansiedad en que se hallaba la joven--. Vendrá conmigo, aunque tenga que traerle á cuestas. No sé qué males son los que la amenazan á usté; pero sé que hay males que la amenazan, porque usté me lo asegura; y esto me basta.
--No digas á nadie en el pueblo adónde vas, ni preguntes por el mejor camino hasta que salgas del valle... Andando, sin detenerte más de lo preciso para descansar, podéis estar aquí los dos en cinco días... Seis faltan todavía para San Juan.
--¡Aunque fuera mañana, caráspitis!... Los hombres son para las ocasiones.
--Lo sé, Macabeo; pero también sé que te costaría una pesadumbre el hallarte ese día fuera de Valdecines... Á Dios gracias, todo se puede conciliar esta vez.
--Pues yo digo que no hay que hablar del asunto, sino mover los _pisantes_... y muy á prisa. Conque venga la carta, que voy de un salto á ponerme las _atrevidas_[3] y á dejar en orden la poca hacienda.
[3] Alpargatas.
--Yo me encargo de que te la cuiden bien en tu ausencia.
--Dase por hecho, aunque no se merece, señorita.
--Toma la carta...
Recibióla Macabeo, y un momento después un puñado de monedas que Águeda sacó de un cajón de su escritorio.
--¡Pero si hay aquí para una casa! --dijo Macabeo contemplando el dinero con asombro.
--Pues á la vuelta --repuso Águeda sonriéndose--, he de darte para el huerto.
--¡Caráspitis! --dijo el otro--. ¡Siento la oferta porque no se tome á cubicia el reventón que pienso darme!
Y con esto y una reverencia, salió Macabeo de la estancia, y luégo del corral.
Por listo y afanoso que anduvo, mientras arregló _la ceba_ de las novillas para cuando se las recogieran por la noche, y se puso la ropa nueva, y se calzó las alpargatas, y guardó las escasas provisiones de boca en el arcón de la harina, y metió _á subio_ la leña que tenía en el corral, y volvió á dejar la llave de la casa en la de su señora, ya era por filo más de media tarde.
Al tomar, por delante de la iglesia, el camino del valle, se encontró con Tasia que pasaba de la heredad que acababa de resallar, á otra que tenía en la llosa del Cotero. Reanudóse la interrumpida conversación, y púsose Macabeo hecho un jarabe; pero no hubo modo de que dijera adónde se encaminaba, y eso que la moza lo intentó con gran empeño.
--De lo mío --dijo él en conclusión--, puedes disponer como de cosa propia. Pero en este viaje mandado soy y á lejanas tierras me llevan, sin lengua en la boca, cuidados ajenos... ¡Quítame tú el mayor de los que tengo encima, y verásme volver en el aire!... ¿Te pido, Tasia?
--¿Ese es el cuidado que te mata, probetón?
--¡Ese mesmo es el que la entraña me consume!
Tasia se royó un poquitín la uña del índice que tenía entre los dientes, y respondió, sacudiéndose toda, como quien toma una pronta y decisiva resolución:
--¡Pídeme á la vuelta, Macabeo!
Éste, fuera de sí, echó el sombrero al aire y exclamó:
--Pues pide tú ahora por esa boca de bendiciones... ¡y vengan leguas por delante, y sálgame el _Ojáncano_ en el monte; que lo mismo será para mí que si llovieran pajucas!... ¡Tasia, aticuenta que no salgo de Valdecines, y que ya estoy de vuelta!
Pero Tasia la había dado con el cuerpo hacia la Llosa, y se alejaba de Macabeo.
Éste enderezó sus pasos al valle; y al entrar en él, los ojos de su alegría se le pintaron anegado en agua de limón y chocolate, las dos ambiciones insaciables de su deseo, en lo tocante á regalos del paladar y del estómago. Tuvo un relincho en el gaznate y un cantar entre los labios; pero se acordó de que era triste el motivo de su viaje, y de que se le había encargado la mayor reserva al emprenderle, y se contentó con hacer dos zapatetas y restregarse las manos, mientras descendía volteando el garrote que lanzó al espacio.
Aquella misma noche fué Bastián, dando zancadas y recatándose hasta de su sombra, á casa de Tasia. Esperó en el portal á que ésta, según costumbre, saliera á la fuente, que estaba muy cerca, y la dijo, queriendo enfadarse más de lo que podía:
--¡Buen verde te has dado esta tarde!... ¡Dios!
--¿Enónde, animal?