De tal palo, tal astilla · Unidad 9 de 26

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--¡Le abrísteis! --replicó Fernando--. Tu madre creyó ver en el suceso una providencial advertencia, y discretamente nos trazó el camino que en adelante debíamos seguir... Sin embargo, no fué su boca, sino la tuya, la que me hizo conocer su acuerdo inclemente.

--Si con esa advertencia quieres ponderar mi dureza contigo, recuerda lo que ya te dije otra vez, y verás que no me remuerde la conciencia: yo sola hubiera tomado esa misma determinación, á no tomarla mi madre.

--¡Tan grave te parece aún mi delito!

--¡Enorme, Fernando!

--Y no obstante, jamás quisiste someterme á un juicio desapasionado y sereno.

--En delitos de esa naturaleza, no hay grados. Ó se delinque, ó no se delinque. El más ó el menos importa muy poco. Desconociendo mi fe, lo mismo nos separa un punto que la inmensidad.

--Eso me dijiste también entonces con harto asombro mío. ¡Qué mal se compadecía, Águeda, el rigor de esas palabras que me mataban, con la dulzura de tantas otras con que me diste la vida!

--No está la muerte en la sentencia, sino en el reo que la merece.

--¿Y por ventura sé yo todavía lo que soy en este proceso extraño? Reo me llamas, y sin oirme me condenas; busco en mi corazón y en mi conciencia el delito de que me acusas, y no hallo sino amor y adoración por tí; y tú, en pago, me matas.

--¡Yo!

--¡Sí, Águeda, tú! Mi vida, desde que nos hallamos, está en el ansia de llegar á tí, para no separarnos jamás. En la senda me encontraba ya. Tú me cerraste el paso.

--Sé más justo: te señalé el obstáculo que te le cerraba.

--Abismo le llamaste.

--Y lo es por lo que nos separa. También te dije: «cólmale y pasa, si quieres acercarte á mí.» ¿Lo has intentado siquiera, Fernando? ¿Qué esfuerzos puedes invocar que abonen la razón con que me llamas cruel é injusta?

--¿Y qué esfuerzos cabían en mí? ¿Por ventura se cambian cada día las convicciones? ¿Podía yo dejar de pensar como pienso por el solo hecho de saber que no pensaba como tú?

--Podías, cuando menos, no haber ahondado la sima.

--¿Luego, la he ahondado?

--¡Cosa extraña! antes de surgir el conflicto, la misma prudencia era tu boca en asunto tan grave; desde que la fatal discordancia nos separó, tus actos públicos han sido una incesante batalla contra los dogmas augustos de la fe. ¿Qué juicio debo formar de tus propósitos?

--Ninguno que no me favorezca, Águeda. La casualidad ordena á menudo las cosas de ese modo.

--Y la casualidad fué, si no la Providencia, la que puso en mis manos los impresos relatos de esas tus proezas.

--Lejos de tí, nimio y pueril consideré el motivo de nuestra desavenencia, é indigno le juzgué de someterle al temple de mis arraigadas convicciones; escrúpulo me pareció de los que se desvanecen con el soplo de la reflexión, y dejéle intacto en espera de las que pensaba hacerte.

En esto, arrastráronme las circunstancias á una de las batallas que tú lamentas, y entré á pelear con todas mis armas, sin pensar que pudiera herirte con ellas; antes bien, como los paladines legendarios, invoqué tu nombre en demanda de valor y de fuerzas; y cuando los aplausos (perdona esta candorosa declaración) me anunciaron la victoria, sentí no tenerte á mi lado para depositar los ganados laureles á tus pies. En cuanto á mi tesis doctoral, otra de las nefandas batallas, á lo que presumo, con decirte que la escribí antes del fatal suceso, quito toda la maldad á tu sospecha. ¡Ahí tienes lo que queda de mis supuestos propósitos de hostilidad y rebeldía!

--No te creí movido de los de tal índole; pues para admirar tu talento, no he necesitado verle brillar entre los aplausos del mundo. Tú me has dicho que de la abundancia del corazón habla la boca. De la abundancia del tuyo brotaron aquellas herejías cuando yo te soñaba meditando sobre las que me declaraste aquí. Esa abundancia, y la ocasión en que la conocí, son lo que deploro: con ello ensanchaste la sima que nos separaba.

--Águeda --dijo aquí Fernando con acento conmovido, después de meditar un rato con la frente entre las manos--, me persuado de que nuestros criterios son incompatibles para juzgar de este conflicto; sin embargo, el trance es para mí, entiéndelo bien, de vida ó muerte. No te pido que, en virtud de estas declaraciones, me abras las puertas de tu casa y vuelvan las cosas al estado en que se hallaban hace un año; pero te suplico, de rodillas si es necesario, por el amor que inunda mi alma, por el que aún late en tu pecho, que me oigas una vez siquiera con oídos humanos; que me juzgues con la razón fría y desapasionada. ¿Quién sabe, Águeda, si la mujer que supo hacer vibrar en mi pecho desconocidas cuerdas, logrará con la luz de su talento y de su fe iluminar eso que tú crees antros de podredumbre y de maldad!... Ya ves si quiero transigir... Además, á mí nunca se me dijo que esas diferencias pudieran ser obstáculo á ninguno de los fines honrados de la vida... Con la buena fe de esta ignorancia te conocí y te amé. Acéptala en descargo de mi culpa, y óyeme... no ahora, sino cuando pasen algunos días, y con ellos lo más amargo del dolor que te aqueja... En suma, Águeda, ¡que no sea ésta la última vez que yo hable contigo con el derecho de decirte que te adoro!

Águeda oyó estas súplicas con el alma acongojada, pero con heróica resolución. El trance en que se hallaba la infeliz, era por todo extremo complicado.

--La extensión de tus errores --respondió-- me deja sin la menor esperanza de que algún día se acorten las distancias que nos separan. ¿Á qué tu empeño en estrechar esos vínculos, que al fin han de romperse? Y cuenta que temo por tí, Fernando; porque te veo sin armas para luchar contra los obstáculos; sin fuerzas para resistir el peso de tu desdicha. No obstante, si tan extrema es la necesidad que sientes de que te oiga una vez más; si complaciéndote en ese deseo te pongo en ocasión de que tus ideas puedan tomar otro rumbo, satisfáganse tus ansias. Pero entiende que no se quebranta mi fe con argumentos sutiles. Guárdate de hacerlos, y no olvides que sólo con la ley de Dios, no en los labios, sino en el corazón, has de reinar en el mío.

Fernando, educado en la lucha de las ideas, tenía tal confianza en el poder de las suyas, que se atrevió á considerar como señal de victoria la concesión que Águeda le hacía. Despidióse de ella todo lo animoso que podía estar en aquel paréntesis de desesperación, y salió. Cuando el rumor de sus pasos dejó de oirse, Águeda cayó de rodillas ante un hermoso crucifijo que había en la estancia, y exclamó desde lo más hondo de su pecho:

--¡Señor y Redentor mío, inspírale! ¡Envía á su corazón una chispa de tu gracia! ¡Que crea y se salve, aunque yo le pierda; y si el peso de sus errores ha de vencerle, que no me falten las fuerzas para llevar con resignación la cruz de mi desventura!

[Ilustración]

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IX

LOS TRAPILLOS DE MACABEO

Al mismo tiempo que Fernando abría el postigo de la portalada para salir del corral, iba á entrar en él don Sotero. Halláronse, pues, frente á frente y á media vara de distancia, los dos personajes. Fernando retrocedió como si hubiera pisado una culebra. Don Sotero, con la cabeza gacha, según su costumbre, después de detenerse un rato como para ceder el paso al joven, díjole, mirándole al mismo tiempo por debajo de la espesura de sus cejas:

--No me pesa verle á usted bueno, caballerito.

--Me explico sin esfuerzo esa satisfacción --respondió Fernando apretando los puños.

--¡Es tan natural! --replicó don Sotero, dando á lo que se veía de su cara toda la expresión de bondad que cabía en ello.

--¡Como todo lo que usted hace y cavila! --dijo el otro mirándole iracundo y no disimulando la impaciencia que le consumía.

--¿Parece que andamos muy de prisa?

--¡Mucho!

--Pues no se detenga por mi causa, señor de Peñarrubia... Verdad que hubiera tenido grandísimo placer en hablar un ratito con usted...

--¡Conmigo! --exclamó Fernando entre azorado y desdeñoso--. ¿Aún tiene usted algo que exigirme?

--¡Exigir, señor don Fernando! --repuso don Sotero con asombro--. Pues ¿acaso he exigido yo á usted cosa alguna en todos los días de mi vida?... No, caballerito, no: harto más desinteresadas y piadosas son mis intenciones, como tendrá ocasión de verlo... porque supongo que usted ha de menudear sus visitas á esta casa...

--¡Todo cuanto me sea posible! --respondió Fernando en un arrebato de ira.

--Perfectamente --añadió don Sotero imperturbable--. Pues en una de esas ocasiones, verbigracia, en la primera, se llega usted en dos saltitos á mi casa, que siempre está á su disposición, y allí... ó en esta misma, si usted lo prefiere, echamos un párrafo, como dos buenos amigos... Conque, señor don Fernando, tengo muchísimo que hacer adentro... y hasta la vista, si Dios quiere.

Con estas palabras, un gesto muy risueño y un saludito con la mano, se despidió don Sotero y dejó la puerta libre, por la que salió Fernando sin mirarle, pero royéndose los labios de ira.

Al poner los pies en la calle, se le acercó Macabeo con el caballo embridado.

--Á tiempo llego, por lo que se ve --dijo el buen hombre sin poder corregirse de aquella locuacidad que le consumía--. ¡Pues dígote que la visita no ha sido floja, caráspitis!... Me alegraré que sea para bien, señor don Fernando.

--Gracias --respondió éste maquinalmente, mientras ponía el pie en el estribo.

--No hay por qué darlas --añadió Macabeo tirando del otro hacia abajo con todas las fuerzas de su mano izquierda, y sujetando con la derecha el caballo por el freno--. Si el dinero abundara en mí como los deseos... ¡madre de Dios! ¡Buenas piernas le llevan, señor don Fernando!... Á pique estuvieron de cansar á las mías aquella noche... ¡Caráspitis! más valiera no acordarme de ella... Quiero decir que conozco el animal como si le hubiera parido. Conque vea usted en qué otra cosa puedo servirle, y buen viaje.

--Gracias, buen Macabeo... y hasta la vista --dijo Fernando, dejando caer una moneda de plata en el sombrero que aquél tenía entre sus manos. Luégo arrimó las espuelas al caballo, y partió.

--¡Que se deja usté aquí esto! --gritóle Macabeo alzando la moneda.

--¡Guárdatela! --respondió sin volver la cara el que se iba.

--¡No la he ganado! --volvió á gritar Macabeo.

--¡Bébela á mi salud! --le respondieron.

--¡Si no lo cato, hombre de Dios! --gritó más recio el otro.

--¡Pues échala al pozo! --se oyó decir confusamente á Fernando, al doblar el ángulo de la calleja que conducía al camino de la sierra.

--¡Caráspitis! ¡eso sí que no! --murmuró Macabeo, guardando la moneda en el bolsillo después de darla unas vueltas en la mano.

Luégo se quedó pensativo, mirando en la dirección que había llevado el joven.

--¡Y es galán de veras, y vistoso como una romería! La entraña, no puede ser mejor... el ojo, noble como el de un rey... Lo que le pierde es la casta... Relative á la casta... la casta es mala, ¡mala si las hay! ¡Caráspitis! ¡Vaya una pareja que haría con la señorita!... ¡Ni pintados en un papel!... ¡Á que no han dado en ello las almas de Dios?...

En esto, cruzó por delante de él una moza bien metida en carnes, no muy fresca de cutis, abierta y desengañada de fisonomía. Iba en mangas de camisa, con refajo corto y en pernetas, y llevaba un sombrero de paja en la cabeza y una azada al hombro. Al cruzarse con Macabeo, cantó con toda la fuerza de sus pulmones:

Todas las gentes me dicen ¿cómo no te casas, Juan? Las que me dan no las quiero; las que quiero no me dan.

Escuchó Macabeo el cantar, y dijo á la cantadora:

--¡Angunos conozco yo, Tasia, que si se visten la seguerilla les asienta como el pellejo!

--No la eché yo porque arrimara al tuyo --respondió Tasia.

--Ni yo te lo dije porque me resquemara.

--Pues, hijo, lo parecía por lo súpito que la agarrastes.

--Al que más y al que menos, pudo sucederle otro tanto, que limpio no anda naide de esa calentura... y bien lo sabes tú.

--No lo dirás por los memoriales que te he echado.

--¡Ay, Tasia! ¡con el primero te sobraba!... Dígotelo porque no me come la fantesía... ¡Más me comen otros resquemores!

--La que te parió que te entienda, Macabeo.

--Me paece que bien claro lo pongo, caráspitis... ¿Vas al resallo, Tasia?

--¡No, que iré á rozar!

--Sin sallar tengo yo la heredá del Regato entoavía, y alguna más que no digo.

--¡Y luégo saltarás si te ponen el ramo, como antaño!

--Enquina fué, y no otra cosa, Tasia, y maldá sería en el presente si tal pasara. Soledá y desavíos me atrasaron la labor entonces, y penas y laberientos de esta casa me traen ahora como estorneja días y semanas. ¿Y qué hacer? El pan comido tira siempre hacia quien lo dió; y, por otra parte, aquí están los míos, aunque ellos estén altos y yo en el estragal... ¡Ay, Tasia, qué solo me veo!

--En llorar esa pena se te va pasando la vida. No hubo moza soltera en Valdecines, de veinte años acá, que no te haya oído la mesma sinjundia.

--¿Y qué?

--Que ni el Señor pasó de la cruz ni tú de ese jito.

--¿Y qué, Tasia?

--Que eres un baldragas, Macabeo.

--¡Caráspitis!

--Que te sobra lengua y te falta arrojo.

--Téngole como el que más, Tasia.

--Nunca dijiste á una moza: «por ahí te pudras,» y te bailan los ojos hasta delante de la más fea. ¿Qué quieres, hijo? ¿que ellas te ronden? ¡Pues Luca bien te quiso!

--¡Y se pregonó de la noche á la mañana con Chiscón el de la Rispiona!

--Cansóse, la infeliz, de esperar á que la pidieras. Á Toña pudistes arrimarte, que ley te tuvo.

--Pues bien claro se lo dije, Tasia, y me cerró la puerta.

--Porque hablaste cuando ya Selmo estaba adentro.

--¡Qué quieres, Tasia, no sé llegar á punto y sazón!

--¡Y así te has de morir, meleno! ¡Bien te lo dijo Nisca!

--¡Otra que tal! Buscábame la poca hacienda que tengo.

--¡Y se arrimó á un venturado sin camisa!

--Es que cuando no hay lomo, piltrafas como.

--¿Hiciste tú más que suspirar delante de ella?

--Al buen entendedor...

--Dí que tantas veo, tantas quiero... y ná en junto.

--¡Eso sí que no, Tasia!... Á fiel no me gana un perro.

--Si no lo das á ver, trabajo perdido... ¡Y luégo te quejas!

--Porque se ríen de mí, ¡caráspitis!

--Y han de reirse hasta los cantos, y bien harán... Pues ¿cómo lo quieres, rapacín de la casa? ¿Dulce y con jisopo? ¡Ángel de Dios!... cuando ya los colmillos se te caen de viejos... ¡baldragonas!

--¡Tasia, no me provoques!... ¡Y mire usté cuándo!

--¿Cuando qué?

--Cuando tengo el corazón lo mesmo que una zambomba, reventando por cantar.

--¿No lo dije yo? ¡Otra tenemos! Pues canta, _serrano_[2].

[2] Pájaro feo, chiquitín y de voz desagradable.

--¡Pues canto, caráspitis, aunque las hieles mismas me salgan por la boca! Tasia, bien sabes tú que en la vida no más que una vez se quiere... aunque otra cosa se diga... ¡Á mí me llegó la hora!

--¡Ajá! Pues ya tardaba, Macabeo. Á bien que no has dejado de entretener la espera.

--Tasia, con agua pasada no muele el molino; y, por otra parte, aquellos quibis-cuobis de que hablabas, nunca tuvieron arte ni concierto. Cosas de los años. Pero á fuerza de ellos maduran los pensamientos; y están los míos á la presente, que se caen del árbol. Auto al consonante, has de saber, Tasia, que es mucho lo que pudiera cantar al respetive. Ternezas me desvelan y malenconías me consumen de un tiempo acá. ¿Digo algo?

--Allá veremos, Macabeo. Á la presente, no va mal el son.

--Ella me dió cara, ó no hay ojos en la mía. Maja es la suya... delante paece que la tengo, ¡y qué personal de cuerpo, Tasia!...

--No te pares, hombre... ¡Vaya que á lo mejor te falta el resuello!

--¡Pues ha de sobrarme ó aquí finiquito! Como te decía, Tasia: la moza, un poco tentada de la cubicia y de la fanfarria, abrió la puerta á un trampantojo con media levita y muchas esperanzas; y cátate á Macabeo boca abajo. Pero fuése el fantasmón por esos mundos, porque en su casa le querían para una principesa, aunque á un pesebre arrimaría mejor, por lo animal, y cátate á Macabeo boca arriba; que así andan las cosas en el mundo: según corren los vientos, allá van los pensares. No soy rencoroso, Tasia; caras buenas se me dieron, y de pascuas fué la mía. Mucho zapato rompí paseando la calleja; enronquecí cantándola de noche; y lo que no asomó en paseos y cantares, teníalo ya á la punta de la lengua para salir de una vez de pesadumbres, y ¡recaráspitis! volvió la nube á Valdecines de la noche á la mañana.

--¿Y qué?

--Que en aquel punto se acabaron las caras de gloria para Macabeo, y espenzaron á roerle las entrañas penas y resquemores. ¡Ya se ve! Macabeo pobre, Macabeo solo, Macabeo venturado, Macabeo á sobras y desechos toda su vida...

--¿Y qué más?

--Y el sujeto, pudiente y cabezudo... Ella con barruntos de señorío, porque á naide le amarga un dulce...

--¡Acaba el cantar, hombre!

--¡Caráspitis! ¡pues bien claro está! Macabeo muerto. Pero has de saber, Tasia, que, como Dios castiga sin palo y sin piedra, al fantasmón ese le echó el alto quien podía echársele... y puede que sepas ya lo demás, que harto se ha corrido por el pueblo. Según lenguas, está abocado á ser el perro del hortelano: privóme de la fruta; pero él no ha de catarla.

--Y dime, baldragazas, chismosón y cizañero, ¿á qué me echas á mí ese cantar? ¿Soy yo la cubiciosa, por si acaso?

--¡Vaya, que el demonio que te entienda! Táchasme de collón y de encogido; dícesme que cante mis sentires, porque el hombre ha de ser claro; sóilo, y te embocicas. ¿Cómo me quieres, Tasia?

--¡Ni en pintura!

--¿Pues qué mal te hice? ¿Qué teja te rompí?

--¡La de la buena fama, lenguatón! ¡Yo con fanfarria! ¡Yo cambiando las caras! ¿Cuándo te puse otra que la que tengo? ¿Qué papel firmemos nunca ni tú ni yo al respetive? ¿Á quién hago yo la rosca por su levita? Si me quiere pobre quien tiene mucho, ¿he de cerrarle yo la puerta?

--¡Tasia, caráspitis! ¡Sin lengua me vea si con el aquél de ofenderte la moví! Yo no he mentado siquiera el santo de tu nombre. ¿Por qué te picastes?

--¿Conque me pones el ajo entre los dientes, y quieres que no me pique?

--Pues mira, Tasia, ya que le cataste, allá te le dejo; pero ¿por qué te quejas de su picor y no me agradeces la melecina?

--¿Ónde está ella?

--En los pesares que te canté. ¿Por quién los tengo? ¿Por quién sospiro?... ¡Y mira tú si me arrojo cuando el caso llega! Otra que tú no me oyó otro tanto.

--¡Vaya una renta la que me ofreces!

--Harto da, Tasia, quien desnudo se queda...

--Para poca salú, morirse es mejor, Macabeo.

--¡Y luégo te quejas, caráspitis, si te llamo cubiciosa!... Pues con el otro no cuentes.

--¡Porque á tí se te antoje!...

--¡Ay, Tasia, aunque yo no te ganara, más te valiera perderle! ¡Mira que es muy bruto!

--Tú no le has de desasnar.

--¡Mira que lo de rico está en veremos!

--¡Si la envidia fuera tiña!...

--¡Mira que si le llaman á firmar, ha de verse en apuro con el apellido!

--Falsos testimonios que el malquerer levanta.

--¡Mira que el que vino al mundo por mal camino, en jamás de los jamases andará derecho!

--Torcidos andan muchos que nacieron como Dios manda.

--Tasia: dos novillas uncideras tengo; veintidós carros labrantíos en la Llosa; buena pradera en el Hondón...

--¿De tu mesmo peculio?

--Como la lengua con que te lo digo. La casa sin un clavo de empeño, y el carro en el portal; que en echándole una trenca y dos armones, cátale nuevo...

--Se corrió que también eso era ya de los señores, Macabeo.

--¡Malos quereres de la envidia, Tasia! Á renta llevo, además, tres fincas de lo mejor del valle; y, por último, á buenos amos sirvo; ni fumo ni bebo, y ya sabes lo que te estimo...

Cuando llegó aquí Macabeo, Tasia, con la mano libre, atusaba los pliegues del refajo, escarbaba el suelo con el blanco pie desnudo, y parecía que contaba las chinas con los ojos.

Levantólos después, poco á poco, hasta los de Macabeo, y díjole muy risueña:

--¿Y al auto de qué me lo cuentas?