De tal palo, tal astilla · Unidad 19 de 26

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--¡Como que no sé yo hacia qué verde se te van los ojazos ahora!-- replicó don Sotero con tremebundo retintín--. ¡Será bestia el hombre á quien se le pone mirra del Oriente en raso de la India junto á la nariz, y pide bodrio trasnochado en trapo de fregar? ¡Guárdate, Bastián, de volver, ni con la memoria, á ese mal paso! ¡Mira que puede haber más palos todavía!

--Pero ¿quién va, ni quién viene, ni quién anda en malos pasos? ¡Dios! --replicó Bastián, rascándose, por el recuerdo, las ronchas de sus costillas.

--Digo --continuó don Sotero, después de mirar á su sobrino con gesto feroz-- que como Águeda tiene tantos atractivos, bien pudiera asaltarte á tí cualquier mal pensamiento...

--¡Dios!... ¡Pues es poco respetosa la dama, para que yo me atreviera!...

--Hombre, ¡qué demonio!... La juventud, en ocasiones, atropella por todo; y como esos arrechuchos vienen cuando menos se los espera, nadie puede decir «de este agua no beberé.»

--Verdá es eso.

--Y bien pudiera darse aquí ese caso...

--¡Después de tanto encargarme usté el respeto, y la!... ¡Dios!

--Efectivamente, parecería un poco extraño el atentado... Pero esto no quiere decir que yo desconozca el influjo de las circunstancias y de la flaca condición de la humana naturaleza, ni que deje de tomar ambas cosas en disculpa de ciertos actos que, á su primer aspecto, parecen indisculpables... ¿te enteras tú, Bastián?

--Sospecho que sí.

--¡Hay tanto de eso entre la corrupción del mundo!... ¡Ya se ve! el demonio no duerme; y como se complace en la perdición de las almas, ¡las asedia y las persigue, en ocasiones, de un modo!... ¡Sabe disponer las cosas con tal habilidad!...

--¡Le digo á usté que eso mete miedo, tío muy amado!... Y hasta creo yo que si siempre se tomara en cuenta, no se darían tantos palos como se dan, á veces sin qué ni para qué, ¡Dios!

--Á veces se dan esos palos á que aludes, Bastián, porque para los motivos de ellos no alcanzan las disculpas á que yo me refiero. No es lo mismo salir á buscar la tentación, que verse asaltado de ella... Y he de ponerte un ejemplo á este propósito, para que aprendas á distinguir de colores, y al propio tiempo te penetres mejor del punto de moral de que íbamos hablando. Ya hemos convenido en que Águeda, y á la vista está, como mujer, es un primor de belleza. Águeda se ha metido por las puertas de tu casa, y ocupa el dormitorio en que tantas veces has penetrado tú, aun á las altas horas de la noche, hallándome yo en él. El contraste no puede ser más sobresaliente. De esta escultura á aquella escultura... ¿eh?... ¡Me parece que hay alguna diferencia!...

--Ya, ya, ¡Dios! --respondió Bastián, rascándose la cabeza.

--Pues bien --prosiguió don Sotero con la más candorosa sencillez--. Añade á estas consideraciones que debes hacerte, porque eres hombre y en lo más lozano de la vida, la circunstancia tentadora de que sabes, porque yo te lo he dicho, que esa joven tan hermosa que está en tu misma casa, pudo haber sido tu mujer, y que aún pudiera llegar á serlo... ¿Quién desconoce los estragos que causan los pensamientos de este linaje metidos de sopetón en una mollera juvenil? Pues figúrate que, con ellos en la tuya, te vas esta noche á la hoguera... Nada más puesto en razón, ¡y seguramente que no me opondré yo á ello!... Vas á la hoguera, y haces allí lo que es muy natural que haga un mozo de tu edad: florear á esta muchacha, bailar con la otra...

--¡Dios!... ¡y cómo lo borda usté, hombre! --dijo aquí Bastián, resobándose las manos y dando zancadas al aire.

--¿No ves, tonto --respondió don Sotero con ruborosa humildad--, que también yo, por mal de mis pecados, he sido joven? Pues digo que hallándote de ese modo en la verbena, das en cavilar que ninguna de las muchachas que ves á tu alrededor vale para descalzar el lindo pie de la que está á la sazón casi en tu misma alcoba...

--¡Dios, qué hombre! --exclamó aquí el muchachazo, dándose dos revolcones sobre la cama.

Observóle su tío con diestra y sagaz mirada, y continuó de esta suerte:

--Cavilando así, asáltante como tentaciones de volverte á casa, sabiendo, como sabes, que Celsa anda en la verbena solazándose un rato, por orden mía, y que tu pobre tío se halla en la iglesia pidiendo á Dios por los que le ofenden con sus liviandades y descomposturas. Pero es el caso que la joven Águeda te infunde mucho respeto, porque tú eres muy cobardón para esa clase de empresas; y entonces se te ocurre beber unos traguillos más de lo blanco. Ya te animaste, pero no lo suficiente; vuelves al baile, y brinco va, brinco viene, el vinillo fermenta, confórtate su calor amoroso... y te crees más valiente que Roldán. Emprendes la marcha resuelto á todo, y en el camino te asalta otra vez la cobardía. Como ésta no es tan fuerte como de ordinario, comienzas á considerar que si desaprovechas aquella ocasión, no volverás á verte en otra, porque don Plácido... ¿Te he dicho yo que don Plácido debe llegar mañana á Valdecines?

--Nada me ha dicho usté de eso, tío muy amado --respondió Bastián, no gozoso, sino fascinado ya con el relato de don Sotero.

Y prosiguió éste:

--¡Pues créete que siento haberte hecho saber ahora tan ociosamente que espero á ese señor de un momento á otro!... Pero, en fin, ya lo dije; y contando con que no abusarás de la noticia, continúo exponiéndote el susodicho ejemplo de moral práctica. Con la consideración de que si desaprovechas la noche no vuelves á verte en ocasión de lograr lo que deseas, emprendes de nuevo la marcha, y llegas á tu casa. El silencio y la soledad que tú habías supuesto. El corazón te late, las sienes te zumban, los ojos te fingen todo cuanto el demonio quiere que veas y palpes; las piernas vacilan un instante; pero la fiebre te alienta, y subes con mucho cuidado, sin hacer ruido. Abres la puerta de la alcoba, que casualmente no tiene llave desde ayer... Ella duerme. No la ves, pero la sientes; y lo que no ves, lo imaginas...

--¡Dios! --gritó en esto Bastián, echando llamas por los ojos--, ¡le digo á usté que lo estoy viendo! Pero... ¿y la chiquilla?

--Á la chiquilla... se la echa de allí... ó se la encierra en esta alcoba... ó no se hace caso de ella. ¡Ay! ¡El vértigo de la carne pecadora no sufre obstáculos!

--¿Y si la otra despierta? ¡vaya si despertará! ¿ó no duerme cuando yo entre, y grita y alborota? ¡vaya si alborotará!... ¡Dios!

--¡He ahí, Bastián, una de las gravísimas consecuencias de un atentado semejante! Gritaría, sí... y muy recio; y se echaría de la cama abajo, y se asomaría á la ventana y llamaría á los vecinos; y tal vez éstos acudieran en su auxilio; y acudiendo, la hallarían encerrada con un hombre en una estrecha alcoba, á las altas horas de la noche...

--¡Qué vergüenza! ¡Dios! --exclamó Bastián, sacudiéndose todo.

--¡Para ella, la desdichada! --añadió su tío en tono plañidero y compasivo--. ¡Para ella, que desde aquel momento ponía su honor en quiebra entre la gente murmuradora! ¿Quién, en la duda, la tomaría ya por esposa, Bastián? ¿Quién, sino tú, y por mucha aversión que la causaras podría remendar aquella carcomida buena fama? ¡Y gracias si á tal remedio se avenía... que lo dudo!... Conque mira, Bastián, si el asunto vale bien la pena de que te le puntualice y exponga, como acabo de hacerlo; ¡mira si preveo y me pongo en todos los casos, y te marco bien á las claras el camino de tus deberes y conveniencias!

--¡Vaya si caza usté largo! ¡Dios! --dijo Bastián, tan admirado de la sagacidad de su tío, como de sus propias dudas acerca de la _moral_ del ejemplo--. Pero un punto se le ha olvidado á usté, que no es flojo, en lo tocante á las resultas del caso.

--¿Cuál?

--Lo que diría el señor don Plácido mañana si Dios quiere.

--No se me olvidó ese punto, Bastián. Le pasé en silencio por carecer de importancia. Con ese mentecato ya me entendería yo, por mucho que gritara.

--Vaya que es usté el mismísimo Pateta, ¡Dios!

--Desengáñate, Bastián: lo grave del suceso que te he referido como si estuviera ocurriendo, sería sólo para mi conciencia, porque fuí tan temerario que puse la liebre junto al sabueso, sabiendo lo que son tentaciones del demonio. En cuanto á tí, ni siquiera puede caberte el temor de mis iras; porque, ya te lo he dicho, no me lleva la rigidez de mis cristianos sentimientos hasta el punto de confundir las maldades de los hombres con lo que es obra de los pocos años. Y con esto hemos hablado bastante por ahora, después de advertirte que en gracia de la fiesta de esta noche y de la solemnidad del día de mañana, te levanto la reclusión en que has estado, por tu bien, durante algunos días... Conque á divertirse mucho sin ofender á nadie, ni acordarse de aquello que te valió lo que todavía te rascas en las costillas... y lo dicho, dicho.

--Así lo haré, tío muy amado --exclamó Bastián poniéndose de un brinco en el suelo--, ¡y así le quisiera á usted siempre, tan campechano y parcialote!

--Así me tendrás, si con tu conducta te haces digno de ello... ¡Ah!... se me olvidaba --añadió el afectuoso tío, llevando la diestra mano al bolsillo del chaleco--; toma unos cuartos, por lo que pueda ocurrirte.

Y aunque no llegaron á dos reales, Bastián los recibió como una lotería. ¡Tan poco acostumbrado estaba á las larguezas de su tío!

Recomendóle éste el silencio y la prudencia en casa, y salió de puntillas de la alcoba, advirtiendo á su sobrino que hiciera otro tanto.

--¡El demonio me lleve --pensó Bastián delante de la otra alcoba, cuya cerrada puerta taladraba con ojos preñados de torpezas-- si á mí me había pasado por la cabeza cosa semejante, hasta que este hombre me la metió entre los sesos! ¡Y vaya si es manejable y hacedera! ¡Pues dígote que, si á mano viene, allá veremos!... ¡Dios!

Y en dos zancadas atravesó la sala, y en pocas más llegó al portal; y como ya hacía rato que se estaban oyendo las campanas de la Iglesia y algunos estallidos de cohetes, en cuanto se vió al aire libre comenzó á relinchar y á dar corcovos, como potro cerril que columbra el verde de la rozagante pradera.

[Ilustración]

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XXII

LA HOGUERA DE SAN JUAN

Cuando entraban las dos hermanas en el portal de don Sotero, ya corrida media tarde, llegaba á la _brañuca_ de la iglesia el primer carro cargado de _rozo_ destinado á la hoguera de aquella noche. Media hora después llegó otro más, y tumbó su balumba sobre la del anterior, ya tendida en el suelo. Entonces subió el campanero á la espadaña; y apenas se oyó en el pueblo su primer repique, lanzó al espacio el mayordomo del santo hasta media docena de cohetes, de las ocho ó diez cabales que había adquirido para quemarlas en honor del glorioso patrono, entre el día de la fiesta y sus preludios solemnes; á cuyos seis estampidos (y ya se deja ver con este dato que los cohetes no eran de los mejores) el maestro dió por terminada la escuela en aquel día, y puso en libertad á los muchachos. Corrieron los más talludos al campanario, y los rapazuelos á contemplar el rozo amontonado, y á tirar después de esta mata y de la otra, creyéndose muy felices con mostrárselas á sus camaradas del campanario, entre brincos y algazara, pero haciéndoseles siglos las horas que faltaban hasta que les fuera lícito prenderlas fuego, juntamente con todas las del montón, que se alzaba en la brañuca prometiendo á los mirones, para aquella noche, una luz tan clara como la del mismo sol, y más chasquidos y chisporroteos que una función de pólvora mojada.

Silbaban como cien huracanes los chicos del campanario, sin cesar un punto de tocar las campanas, cuyos badajos había dejado á su disposición, y de muy buena gana, el campanero, y en los aires estallaba todavía algún cohete que otro; con los cuales ruidos provocadores la gente de la mies se sintió picada de la impaciencia; dió en la gracia de cortar con la azada tantos maíces como resallaba; convínose por unanimidad en que el estropicio consistía en _el aquel_ de la fiesta, que _aceleraba_ la mano; acordóse por los viejos dar suelta libre á los jóvenes, que ya no habían de hacer cosa con traza; y ahí tienen ustedes á las mozas tornando al pueblo, con las azadas al hombro, echando, por parejas, cuando no por grupos de más de cinco, á gañote desplegado, los más alegres y regocijados cantares que habían resonado en el valle en todo el año. Seguíanlas los mozos en idéntico orden de formación; y apenas acababan ellas, con un suspiro, el dejo interminable del cantar, allí estaban ellos con una balada, lenta y dormilona, que prometía no tener fin. Pero le tenía, más tarde ó más temprano; y vuelta á cantar ellas, y vuelta ellos á replicar. Y así en todas las mieses, por los cuatro costados de Valdecines; de modo que la poca gente útil que había en el pueblo se echó, también cantando, á la calle; y cátate convertida la comarca en una pajarera; motivo por el cual los viejos que se habían quedado resallando, juzgaron de _mal ver_ seguir en la tarea, y también la suspendieron por aquel día, volviéndose al lugar, si no cantando, oyendo embelesados los cantares y recordando con gozo los ya remotos años en que ellos, con igual motivo, hacían dos cuartos de lo propio.

Entre tanto, el mayordomo había colocado las doradas andas, que estaban sobre un confesonario cubiertas con una desechada capa pluvial, en una mesa á la derecha del presbiterio, y bajaba luégo la imagen del santo de su nicho del altar mayor, y la acomodaba sobre la peana de las andas, y la limpiaba el polvo, y la dejaba en disposición de ser vestida al día siguiente, mucho antes de la misa mayor, con dos pañuelos, bien cumplidos, de espumilla, y adornada con un arco más alto que ella, sujeto por sus dos extremidades á la barandilla de las andas, y profusamente revestido de pañuelos, cintas, relicarios y acericos, prestados á mucha honra por los pudientes del lugar.

Ya en él recogido el vecindario, y sin cesar repicando las campanas, y oyéndose cantar por todas partes, anticipáronse las domésticas tareas más de una hora; es decir, que las gallinas tuvieron que albergarse con sol, y se _prendió_ el ganado, y se le echó la _ceba_ poco después, y se sacó de la lumbre la torta sin estar _cocida_, y las gentes cenaron, mal y de prisa, mucho antes de anochecer.

Entonces volvió á reinar en el pueblo el ordinario y tradicional silencio; pero fué la tregua de corta duración. En cuanto el sol _cayó_ detrás de las cumbres del poniente, y fué perdiendo el cielo las tintas sonrosadas del crepúsculo, y se disipó el _empedrado_ celaje, señal infalible de que el nordeste, enemigo declarado de nubes y aguaceros, había de reinar al día siguiente, y comenzaron á brillar las estrellas, un mocetón que lo entendía y se reservaba para aquella ocasión, trepó al campanario y echó un repique de maestro, con admiración y aplauso de chicos y grandes, que correspondieron á la proeza con una relinchada que aturdió á Valdecines, y salió valle afuera en alas del fresco terral, entre el eco sonoro de las campanas y el estampido de los cohetes que el mayordomo lanzó, espadaña arriba, en aquel solemne instante.

Los chicuelos y gente menuda que rodeaban el seco montón de escajos, y discurrían en torno á la sucursal de la taberna que se había establecido bajo los árboles, sobre la pértiga de un carro, tomando el ruido y vocerío por señal de comienzo de la fiesta, prendieron una mata á prudente distancia de la pila de rozo, y sobre la mata, ardiendo y chisporroteando, cayeron otras dos; y el punto luminoso que formaron en medio de la obscuridad de la noche, fué el aguijón que puso en declarada carrera á la gente moza que le vió y se dirigía hacia el lugar de la fiesta, con relativa parsimonia, por todas las callejas de la aldea.

Llenóse de figuras donosamente cómicas aquel cuadro, que parecía capricho de Teniers por lo alegre, y de Rembrandt por la luz que le alumbraba; y fué la hoguera creciendo, creciendo, saltando los muchachos sobre el centro de ella, primero, á excitación de los grandes; después por un extremo, y luégo por ninguna parte; pues el fuego formaba ya una pirámide tan alta como las primeras ramas de los vecinos álamos. Á todo esto, el mocetón del campanario no daba señales de cansarse; los relinchos no cesaban abajo; debían de pasar de tres docenas los cohetes disparados hasta entonces, y la carral de vino tinto, acostada sobre la pértiga, comenzaba á verse rondada por la sedienta y animosa juventud.

Pero no era el riojano mosto, ni tampoco el campaneo, ni la incipiente hoguera, ni lo que ésta podía llegar á ser, la salsa de aquella fiesta. Lo que todos esperaban y había de dar el tono á la velada y bríos á los menos animosos, llegó cuando el mocetón del campanario se cansó, y se hubo trancado la puerta de la iglesia, y no quedaron otros ruidos en sus inmediaciones que la algarabía incesante de los muchachos, el hablar recio y el obstinado relinchar de los talludos.

Y fué que por tres callejas de las que desembocan en la braña, aparecieron las más garridas mozas y cantadoras de mayor renombre, tañendo las sonoras panderetas y echando cada tonada, de cuatro en cuatro, lo menos, que levantaba en vilo á los oyentes.

Bastián, en mangas de camisa, con la chaqueta enarbolada en un palo, el sombrero tirado hacia atrás, la bocaza abierta y las babas entre los dientes, iba delante de una de estas comparsas. Cuando llegaron todas á la braña, la hoguera las saludó con tal respingo, que llegó con la ondeante cúspide de las llamas, casi casi á la altura del tejado de la iglesia. Lo que quedaba libre del _campuco_ se llenó de gente, y aún sobró de ella para esparcirse por las contiguas arboledas.

¡Entonces se armó allí la tremenda! Cuatro cantadoras con sendas panderetas se acomodaron en otros tantos asientos que la rústica galantería de los mozos improvisó en el acto; hizo corro la muchedumbre alborozada á dos largas filas de bailadores que se formaron instantáneamente; y al compás de los sonoros y encascabelados parches, recién templados al calor de la hoguera... ¡adiós yerba de la braña en aquel tramo, que polvo fué pronto bajo los anchos pies de los danzantes; y adiós polvo también, que en espesa nube se le vió subir más alto que las campanas, entre las chispas del rozo que no cesaba de caer, mata á mata, en el foco enorme de aquella lumbre crepitante!

Y cátate, lector, que en esto comienza el traca-raca-trá-tra de las tarrañuelas con que algunos mozos, diestros en manejarlas, sorprendieron á la muchedumbre, y cuyo charrasqueo repetían y multiplicaban los ecos del frontón de la iglesia y de la bóveda de los árboles de enfrente, entre el incesante sonar de los panderos y el alternado vocear de las cantadoras... ¡y aquello fué un delirio! delirio que acometió hasta á los viejos allí presentes, que si no salieron á bailar al corro, se zarandearon de firme en el sitio en que se hallaban, y mecieron el ya tibio pensamiento en un columpio de gratas y refrigerantes memorias.