De tal palo, tal astilla · Unidad 20 de 26
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Como estas cosas sucedían tan cerca de la hoguera como lo consentía su calor, brillaban los rostros ardorosos de los danzantes, y se podían contar las pintas, los remiendos y las _pegas_ de las alegres sayas de las mozas, y distinguir la que llevaba medias de la que iba en pernetas ó de la que estaba descalza, pues de todas había; y tanta era la luz que á la sazón derramaba la hoguera, que transformaba, ante los fascinados ojos, en transparentes jirones de verde gasa el espeso follaje de los árboles, y aun llegaba á la carral de vino con fuerza bastante para que desde la braña se conociera, con sus pelos y señales, á todos y á cada uno de los agazapados bebedores; en la pared de la iglesia se leían cuantos letreros habían escrito allí los muchachos con carbón; relucía el entonces mudo metal de las campanas, como si ardiendo estuviera también, y hasta en el cielo parecía haberse extinguido el fulgor de los astros.
Así es que pudo verse perfectamente á Bastián, que no perdía baile; que bailaba por tres en cada uno, y que en cada breve descanso se largaba muy ufano á matar el gusanillo de la sed en la precitada sucursal de la taberna. Bien pronto se puso que echaba fuego por los ojos, y público fué que Tasia le arrimó un soplamocos por yo no sé qué irreverencia cometida por el gaznápiro en una rápida mudanza. Díjose también que de alguna otra muchacha recibió aquella noche igual obsequio que de Tasia por idénticos motivos; y es dicho muy creíble, porque á media jornada del jolgorio andaba el buen sobrino de don Sotero hecho una pólvora.
Con lo indicado tiene el lector lo bastante para saber lo que pasó en la hoguera de San Juan en Valdecines, en la ocasión de que vamos hablando; y hágase cuenta de que ya sabe todo lo que pasa en las demás _hogueras_ de la Montaña, precursoras de la fiesta del lugar, salva la diferencia de algún detalle que no conviene más que á las de San Juan, como estos pocos que voy á mencionar, á fuer de minucioso y puntual historiador.
Es el caso que, no bien consumió la fogata el último escajo del acopio, y la gente se quedó á obscuras, comenzó el pacífico desfile de los más, con rumbo á los respectivos hogares. Los menos, es decir, una pandilla de mozos casaderos, enamorados y correspondidos los unos, pretendientes á secas los otros y aspirantes á serlo los demás, después de tomar un trago en la ya extenuada carral de la arboleda, que poco después fué arrastrada de allí á su correspondiente _metrópoli_, corrieron á la cercana casa de uno de ellos, donde había, sobre una cama, hasta una docena de arcos revestidos de flores naturales y olorosas. Tomó cada cual el que le pertenecía, y sobró uno, que era el de Bastián; y entonces se supo que éste, empapado en vino hasta los huesos, y no muy firme de pies, había marchado hacia su casa mucho antes de apagarse la hoguera.
Dejando el arco sobrante, salieron otra vez á la calle los alegres mozos; y entonando perezosas baladas, y poniendo, en obsequio á la moza de sus pensamientos, un arco en esta ventana, que se alcanzaba con la mano, y otro en aquel balcón á fuerza de fuerzas, y encaramándose el más ágil sobre los hombros del más fuerte, se pasaron el resto de la noche; y ya querían como asomar los barruntos del crepúsculo sobre las cimas de las montañas fronteras á Perojales, cuando se fueron á descansar, despeados y enronquecidos.
Mientras ellos se acostaban, las revoltosas muchachas, que apenas habían pegado el ojo pensando en la travesura que tenían preparada, echáronse á la calle con sendos ramos de espinoso acebo al hombro. Reuniéronse en la ya desierta braña de la iglesia, donde se veía la enorme calva, hecha por sus mismos y otros tan saltadores pies, en el fino, verde y tupido césped, muy cerca del negro montón de ceniza que había dejado allí, por todo rastro, la hoguera; y en alegre comparsa, por la burlona Tasia dirigida, encamináronse, alumbradas ya por los tibios rayos del sol naciente, á la mies cercana. Allí, entre cháchara y bureo, fueron clavando ramos en otros tantos maizales sin resallar; y como no eran muchos los que se hallaban en tal atraso de labores, tuvieron las pícaras tiempo sobrado para recorrer todas las mieses del lugar sin que lo advirtiera el vecindario.
Y ahora sábete, lector, por remate y fin de este capítulo, que no llegaron á seis los ramos puestos; pero que ¡oh dolor de los dolores é inclemencia de las inclemencias! de aquellos ignominiosos sambenitos, más de la mitad se alzaban en tierras del pobre Macabeo.
[Ilustración]
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XXIII
LA MORAL DE AQUEL CASO
No es fácil cosa describir el cuadro de ideas encerrado en la mente de Águeda mientras fué desde su casa á la de don Sotero. Había en él sombras y contornos terribles; esbozos de colosales figuras; tintas indecisas y vagas; confusión, desorden, ruidos extraños que la aturdían y amedrentaban; pero ni una sola concepción detallada y en reposo, en que fijar la atención y dar rumbo al pensamiento. En tal estado de aturdimiento entró en el viejo caserón, y llegó, conducida por el atento y comedido mayordomo, á la alcoba en que la hallamos encerrada cuando el tío y el sobrino hablaban de ella, según queda puntualizado más atrás.
Agarrada con ansia á su mano, y medio envuelta entre los pliegues de su vestido, la acompañó Pilar, mirando horrorizada cuanto había que ver en la vetusta guarida de aquel hombre que se llevaba á las dos huérfanas, como si fuera amo y señor de ellas, y no su servidor asalariado. Jurara la pobre niña, cuando llegó al estragal y fué subiendo la derrengada escalera, y atravesó el tortuoso y obscuro pasadizo, y luégo el desamparado salón, y, por último, se vió encerrada en la alcoba, que todo aquello que le sucedía era la realidad de una pesadilla que más de una vez la había atormentado durmiendo. Era frecuente en ella soñar con casas muy grandes, muy viejas y muy solas, llenas de rendijas y de lamparones, con los techos negros y ahumados y cubiertos de telarañas, en las que se bamboleaban, cabeza abajo y mirándolas con ojos de basilisco, enormes murciélagos; los suelos, medio devorados por la polilla, inundados de ratones que corrían por todas partes sin hacer ruido; cuartos entreabiertos y obscuros como la noche; desvanes sin fin atestados de muebles viejos muy raros y con las patas hacia arriba, figurando ladrones y difuntos y almas en pena; y, por último, allá en el fondo de todo este conjunto de cosas espantables, un hombre como don Sotero, andando siempre, y sin llegar nunca, hacia la pobre niña, que ya se daba por muerta y comida de ratas y culebrones... hasta que el exceso del espanto que sentía la despertaba. Pues casi todo esto que tantas veces había soñado, tenía entonces en realidad y verdad delante de los ojos: ni siquiera faltaba el hombre negro y gordo; no mudo, silencioso y á lo lejos, como en la pesadilla, sino á media vara de distancia, con voz que se oía y pies que sonaban al andar, y una intención que sólo Dios podía penetrar en aquel instante.
Y eso que ni el mismo lector que la vió días atrás, conociera la casa de don Sotero cuando las huérfanas entraron en ella. Estaban las paredes de la alcoba y las de la sala, recién blanqueadas; tan recientemente, que aún se veían en el suelo y en las puertas los regueros de la lechada, y se olía la cal húmeda, como si acabara Bastián de extenderla con la escoba; y las mayores aberturas del tillado estaban medio tapadas con listones, en bruto sí, pero bien afirmados con clavos trabaderos; se había barrido la alcoba y sacado de ella el arcón viejo; la mesa no tenía encima más que el tapete y la palmatoria; en la cama había almohadas con funda limpia y una colcha en buen uso; y, por último, arrimadas á la pared, hasta dos sillas útiles.
--Están ustedes en su casa --dijo don Sotero en cuanto introdujo en la alcoba á las dos aturdidas huérfanas--. No es un palacio como el que merecen los ilustres huéspedes que la honran; pero hay lo necesario en ella, y, sobre todo, una voluntad sin límites para complacer á ustedes en este humildísimo y reconocido servidor.
Águeda y Pilar, sin oir á don Sotero ni fijarse en los pormenores del cuarto, se sentaron maquinalmente en las dos sillas.
--No he puesto --prosiguió el santo hombre-- más que una cama, porque supuse que ustedes querrían estar juntas el poco tiempo que yo tenga la honra de hospedarlas en mi casa... Sobre esta mesa hay cerillas y vela, para cuando necesiten luz... En cuanto á comida, Celsa, mi ama de llaves, tiene orden de darles cuanto pidan y necesiten, y á las horas que lo deseen... Con media voz que se le dé desde esta puerta, acudirá en un instante... No es un primor de belleza; pero sí muy servicial y cariñosa... Por esta ventana entra, desde media tarde, un aire fresquísimo y sano; y, asomándose á ella, se descubren hermosas vistas... Excuso decir á ustedes que, como toda la casa, esta sala, tan espaciosa y desocupada, está á su disposición. Con la puerta del balcón entreabierta, es un hermoso paseo de verano... En aquella alcoba de enfrente duermo yo... No teman molestarme llamándome siempre que de mi inutilidad necesiten... En fin, señoritas, repito que están ustedes en su propia casa; y añado que me creería venturosísimo y pagado con usura, en lo que al desinterés y noble objeto de ésta mi determinación se refiere, si lograra yo infundirles un poquito más de confianza, siquiera hasta verlas risueñas y descuidadas, como quien llega al hogar de su mejor amigo después de verse fuera en grave riesgo de muerte.
En vano esperó don Sotero una sola palabra por respuesta á todas éstas suyas, dichas casi con lágrimas en los ojos. Águeda parecía la estatua de la tristeza, y la inocente Pilar la imagen del espanto.
--En vista de lo cual --añadió don Sotero, aludiendo sin duda al silencio de las huérfanas--, tengo el honor de despedirme de ustedes por ahora, para dar algunas disposiciones relativas á su mayor comodidad.
Hizo una profunda reverencia, y salió de la alcoba, dejando la puerta cerrada con el pestillo.
En cuanto las dos hermanas se quedaron solas, Pilar se abrazó á Águeda y le dijo llorando:
--¡Ay, Águeda, qué miedo tengo!... ¡Vámonos de aquí!
La joven recogió entonces sobre la cabeza el velo de su manto, y dejó ver el hermoso rostro pálido y desencajado. Besó á su hermana, abrazándola también estrechamente, y la respondió:
--Tranquilízate, hija mía, que nada malo puede sucedernos. Ya sabes á lo que hemos venido; y tengo la seguridad, porque Dios me la infunde, de que antes de pocas horas hemos de volver á nuestra casa... Para que se te hagan más breves, reza al Ángel de la Guarda; ¡pídele de todo corazón que no te abandone un momento!...
--¡Si ni siquiera me acuerdo de esa oración, Águeda, con el miedo que tengo!
--No importa; que con el corazón se reza, y no con las palabras. Inténtalo y verás cómo lo consigues.
Pilar, sin separarse de su hermana, cruzó sus blancas manecitas; y cerrando los ojos llorosos, por no ver lo que la rodeaba, comenzó á poner por obra el consejo de su hermana, entre suspiros de angustia y estremecimientos de espanto.
Águeda quiso rezar también, pero no pudo lograrlo ni con la intención. Tenía mucho más miedo que la niña, aunque le disimulaba mejor; y no seguramente á los ratones ni á los fantasmas del otro mundo. Desde que se sentó en la silla que en aquel instante ocupaba, la confusión de sus pensamientos fué disipándose rápidamente. Á los turbios celajes del crepúsculo, sucedió la viva luz del día; y las montañas se perfilaron sobre el horizonte, y los cerros se alejaron de las montañas, y el valle no podía confundirse con el cerro. Cada cosa estaba ya en su sitio, con la forma, el color y el tamaño que debía tener. Había cesado la alucinación, y la realidad aparecía delante de los ojos de Águeda.
Ya no podía creer ésta que la exigencia de don Sotero de llevar á su casa á la inocente niña, reconociese por motivo el que él la había manifestado, estando para llegar de un momento á otro don Plácido, que nunca aprobaría un exceso de celo y de precaución semejante. Esto, aun creyendo á don Sotero tan escrupuloso como él se pintaba á sí propio; pero teniendo de él la idea que Águeda tenía, y sabiendo los esfuerzos que había hecho para que el otro testamentario ignorase todo lo ocurrido, como lo sabía ella con entera evidencia, por declaración de Macabeo, ¿cómo dudar que en los ya realizados propósitos del aborrecido administrador había una intención oculta? Y ¿qué intención era ésta? Aquí se perdía Águeda en un cúmulo de conjeturas y supuestos; pero temblaba de espanto, porque siendo evidente la intención, debía ser infernal cuando el siniestro personaje se atrevía, guiado por ella, á cometer un atropello que podía llegar á ser escándalo y motivo de una gravísima responsabilidad para él. La imaginación de Águeda, con la espuela de tales pensamientos, volaba de horror en horror; y para que ningún tormento le faltase, su conciencia la acusaba entonces de no haberse defendido bastante contra la osada decisión del hipócrita. ¿Por qué temió la amenaza de que acudiendo á la Justicia en demanda de amparo contra el atropello, se pondría su buena fama en tela de juicio? ¿No había quedado ella sirviendo de madre á la inocente huérfana? ¿No era ésta la amenazada y perseguida? Y siéndolo, ¿podía Águeda creer que cumplía con sus estrechos deberes sólo con resolverse á correr el mismo peligro que su hermana? ¿No debe una buena madre sacrificar honra y vida por salvar á su hija de un grave riesgo? Y ¿qué había hecho ella, en suma, sino conducir por su propia mano la oveja á la guarida del lobo?
Esta idea la aterró como ninguna otra; y por un instante se halló resuelta á salir á todo trance de aquel calabozo horrible con su hermana; pero oyó toser á don Sotero, y se sintió sin fuerzas para moverse de la silla.
Cuánto tiempo duraron estas meditaciones tumultuosas; cuándo las abandonaba un momento para consolar á su hermana, que á ratos la abrazaba, presa del mayor desconsuelo, ni ella misma lo supo. Volvió á perder la noción clara y precisa de las cosas; y el tiempo, y Pilar, y don Sotero, y Fernando, y aquella casa y los peligros que en ella pudiera correr, confundiéronse en un nuevo montón de sombras impenetrables, que ofuscaron el horizonte de sus ideas y fueron poco á poco estrechándolas, hasta oprimirlas y asfixiarlas, como asfixian y oprimen los plúmbeos lazos de una horrenda pesadilla.
Comenzaba á anochecer cuando don Sotero pidió permiso, con los golpecitos de siempre y su dulzura acostumbrada, para entrar en la alcoba. Recorríala entonces Águeda con febril desasosiego, mientras Pilar miraba á la calle, maquinalmente, por una rendijilla de la ventana, cansada ya de llorar, de temer y hasta de preguntar sin obtener respuesta.
Entró el hombre, á una breve y nerviosa indicación de Águeda.
--Vengo --dijo, suave y humildemente-- á tomar las órdenes que tengan ustedes á bien darme.
--Nada se nos ofrece --respondió Águeda volviéndole la espalda, mientras la niña corría hacia ella y se agarraba á los pliegues de su vestido.
--En ese caso --añadió don Sotero--, réstame sólo advertir á ustedes para su gobierno, que mientras es hora de cenar, y siguiendo en ello mi vieja y piadosa costumbre, voy á la iglesia á rezar un poco. Celsa queda en casa para servirlas en cuanto se les ofrezca y cuidar de la puerta de la calle, cuya llave recogerá cuando yo salga. Dios nuestro Señor las acompañe á ustedes.
Dijo y salió, hecha la indispensable y acompasada reverencia. Se oyó el ruido de sus pasos alejándose, después el de la puerta principal que rechinaba al moverse, y el de la llave al trancarla... y después, ni el aleteo de un mosquito. El silencio y la obscuridad reinaron en la casa, como dueños y señores de ella en aquel instante. Pilar se hubiera vuelto loca de espanto, y Águeda poco menos, si alguna que otra vez no llegara á sus oídos el eco lejano de los cantares de la gente que se encaminaba á la hoguera, y el sonido armonioso de las campanas.
Sin estos rumores del mundo, donde había seres libres y contentos, las tristes prisioneras se hubieran creído sepultadas en las profundidades de un calabozo subterráneo.
Pilar recordó á su hermana que había fósforos sobre la mesa. Águeda, á tientas, dió con la caja y encendió la pringosa vela de sebo. Pero aquella luz sólo servía para hacer más patente á los ojos de las prisioneras el pavoroso cuadro de su prisión. Pilar, considerando que estaba expuesta á pasar allí toda la noche, volvió á llorar amarga y copiosamente; y Águeda conoció que había contado con fuerzas que no tenía cuando se resolvió en su casa á correr en la de don Sotero cuantos peligros pudieran amenazarla.
En esto vió la pililla colgada en la pared, y la cruz que tenía pintada en medio.
--Aunque profanada --dijo á su hermana--, aquí hay una cruz: hinquémonos delante de ella y recemos para pedir á Dios fuerzas y amparo... Ven, hija mía: arrodíllate junto á mí; cabalmente es la hora en que rezamos todas las noches el rosario á la Virgen.
Y uniendo la acción á la palabra, puso á Pilar á su lado; y ambas, después de arrodillarse, comenzaron á rezar, delante Águeda y respondiendo la niña. Pero ésta, en quien, por su edad, no penetraban las pesadumbres como en Águeda, trabajada por tantos y tan nuevos sobresaltos y cansada de llorar, respondiendo tarde y confusamente á su hermana, acabó por rendirse á los asaltos del sueño, que jamás se olvida de amparar á los niños con sus alas.
Cuando Águeda la vió plegarse sobre sus rodillas y abatir la rizosa cabecita, sentóse en el suelo y la acomodó en su regazo; y después de observar que estaba profundamente dormida, la cogió con sumo cuidado y, no sin dificultades, la tendió sobre la cama. Luégo volvió á arrodillarse y continuó rezando en silencio largo rato.
Entonces debía de hallarse la hoguera en su grado máximo de bureo, á juzgar por el ruido que de hacia allá venía, y el silencio que reinaba en la vecindad y, sobre todo, en la casa.
Éste era tan absoluto, que Águeda, cuando acabó de rezar, no se atrevió á moverse del sitio en que se hallaba. ¿Á quién llamar? ¿Quién la defendería si en aquella espantosa soledad se veía amenazada de algún peligro? Y si no había peligro que temer, ¿por qué y para qué estaban ellas encerradas allí?
De pronto oyó ruido en el portal; después en la cerradura; luégo el rechinar de la puerta.
--Será don Sotero --pensó tranquilizándose un poco--. Pero --se dijo en seguida temblando-- don Sotero á estas horas y en tal ocasión, ¿no es el mayor enemigo que yo puedo temer? ¿De qué no será capaz ese hombre!
Pronto conoció que no era don Sotero quien subía dando grandes golpes y haciendo mucho ruido en la escalera, como el que anda á tientas en camino extraño y escabroso.
--Será Bastián --pensó la joven--. Si es él, ¡cómo vendrá, Dios mío!
Además de los golpes, se oían interjecciones y bramidos. Águeda tiritaba de miedo. Los bramidos y los golpes iban acercándose á la sala poco á poco. ¡Y don Sotero no había vuelto todavía, y á Celsa no se la oía en casa! ¿Qué horrible conjunto de casualidades era aquél?