De tal palo, tal astilla · Unidad 23 de 26
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Siguió el tiempo su inalterable marcha, y amaneció otro día, y Fernando oyó que las campanas de Perojales repicaban á fiesta. Esto le hizo recordar que en Valdecines se celebraba con gran solemnidad, por ser la del santo patrono del pueblo; juzgó la ocasión poco adecuada al objeto de su prometida visita al cura, y la aplazó hasta el día siguiente. Cuando el término de una jornada es obscuro y remoto, ¡qué grandes nos parecen los más pequeños estorbos del camino!
Al fin tomó Fernando el de Valdecines, poco á poco y á caballo, el día siguiente al de San Juan. Quien no le hubiera visto desde que andaba por aquellos mismos lugares suelto y vigoroso, con el calor de un alma juvenil y apasionada reflejándose en sus ojos negros y en la tersura de sus mejillas, no le conociera á la sazón, vencida la altiva cabeza al peso de las ideas, triste y ojeroso el semblante, desmayado el antes gallardo cuerpo, y abandonado al antojo de la bestia que, fiada en el escaso vigor de la mano que la regía, más se cuidaba de caminar á gusto que de llegar pronto. Pero llegó al cabo; no porque la espuela ni el freno le trazaran el rumbo, sino porque le tenía bien conocido; y preciso fué que diera con las narices en las primeras casas de Valdecines, para que el jinete se percatara de ello. ¡Y eso que no había arrojado un punto á Águeda de su memoria!
Cuando tan cerca se vió de ella, sintió otra vez la vida en su corazón y la luz en sus ojos, tan acostumbrados á las negras visiones de su fantasía desde la última vez que recorrió aquellos mismos parajes. Orientóse en ellos, como si acabara de salir de un sueño fatigoso, y castigó á la perezosa cabalgadura, resuelto á llegar cuanto antes á la casita del párroco y á resistir la tentación, que ya le asaltaba, de llamar otra vez á las puertas guardadoras de aquel raro tesoro, que era, al mismo tiempo, sostén de su vida y causa de su muerte. Y Dios sabe si la tentación le hubiera vencido al fin, á no ocurrir lo que ocurrió.
Y fué que pasó un transeúnte con la azada al hombro, y se le quedó mirando con una curiosidad harto inexplicable, pues para ninguno de aquellos campesinos era nueva la estampa de Fernando. Dos mujerucas se detuvieron luégo delante de él; y no solamente le miraron, y con torcido gesto, sino que dijeron, aunque muy entre dientes, algo que no sonó bien en los oídos del joven. Más adelante sucedió otro tanto con unas salladoras que iban á la mies; y un muchacho, que le seguía de puntillas, le tiró una piedra que dió en las ancas del caballo, le llamó á voces _perro judío_ y apretó á correr: acto que mereció el aplauso de las salladoras, las cuales no se contentaron con ensalzarle, sino que añadieron nuevas _perradas_ á la perrada del muchacho.
Todo esto valía ya la pena de detenerse; y Fernando se detuvo, no sin miedo, dicho sea en honor de la verdad, de que le viniera un cantazo por cualquiera de las encrucijadas inmediatas. Volvióse hacia las salladoras; pero éstas se alejaron camino de la mies. La fortuna le puso delante á Macabeo que se dirigía á casa de Águeda. ¡Cosa más rara! También el locuaz y regocijado espolique le miró de mal talante; y fué preciso que Fernando le llamara para que se acercase á él.
--¿Qué significa todo esto, Macabeo? --le preguntó con más aire de sorpresa que de enojo.
--¿Qué es «todo esto,» si se puede saber? --respondió el hombre, extrañamente comedido y receloso.
--Este modo de mirarme las gentes; sus palabras y ademanes; la insolencia de los muchachos... tu misma actitud conmigo...
--Pues ahí verá usté... ¡qué caráspitis! --dijo Macabeo, por decir algo que no fuera la verdad.
--Eso es dejarme en la misma duda, y tú puedes sacarme de ella: te lo conozco en la cara.
--¡Sea todo por el amor de Dios! --repuso el buen hombre muy contrariado é indeciso. Pero le venció la fuerza de su locuacidad constitutiva, si la ciencia me pasa el adjetivo, y añadió luégo--: Ya sabe usté, señor don Fernando, que en este pueblo todos somos, gracias á Dios, cristianos á macha-martillo.
--Bien, ¿y qué?
--Item más, es público y notorio que á los señores de esta casa los miramos aquí, chicos y grandes, con mucho respeto y mayor estimación.
--Nada más justo...
--Siendo aquí todos cristianos, claro es que las gentes se han de amañar muy mal con los herejes... y amañándose mal con los herejes, resulta la consonancia al respetive del caso.
--Ó lo que es lo mismo: yo soy un hereje, y por hereje me reciben hoy de mala gana en Valdecines.
--Justo y cabal, ¡qué caráspitis!
--¿Y hasta ahora no habéis caído en la cuenta de mis herejías, Macabeo? Esto no es creíble. Algo más, que no quieres decirme, hay en el asunto... ¡Quiero saberlo todo, Macabeo!
Como estas palabras las dijera Fernando en tono asaz resuelto, Macabeo se juzgó descargado de escrúpulos y miramientos, y habló así:
--Parece ser también que usté estuvo el otro día en casa del señor cura.
--Cierto que estuve; y ¿qué mal hay en ello?
--Estando usté en casa del señor cura, díjole que quería hacerse cristiano.
--Tanto más en mi abono, si eso fuera cierto.
--¡Vaya si lo es, caráspitis!
--¿Quién puede asegurarlo?
--Todo el pueblo que lo oyó, señor don Fernando.
--Hombre, á no contárselo el cura desde el altar mayor...
--¡Á buena parte va usté!... El señor cura es un santo de Dios, y como en confesión oye y guarda cuanto se le dice; pero aquella casa es una pura oreja y una pura lengua; y cuanto en ella se habla, que valga dos cuartos, lo sabe ce por be todo el lugar al otro día. Así se supo aquí cuanto pasó entre usté y el señor cura.
--Pues insisto en lo dicho, Macabeo: si lo que se oyó de mis labios fué lo que tú aseguras, ¿qué más habéis de pedir á un hereje?
--Cierto parece así; pero salió la conversación á la calle, y... púsose el sayo en concejo; metiéronle el diente tijeras que lo entendían, y aclaróse, al decir de todo el pueblo á una (pues yo en él me lo encontré al volver de un viaje largo), que si usté entró en aquella casa á la luz del mediodía, y dijo lo que dijo al señor cura, fué con su cuenta y razón.
La curiosidad de Fernando trocóse aquí en alarma grave, y exclamó impaciente:
--¡Dime cuanto sepas; pero claro y pronto!
--Pues claro y pronto lo diré, señor don Fernando, que hasta la caridá me lo ordena; porque, á pesar de los pesares, ley le tengo, ¡qué caráspitis! y bueno es que el hombre sepa lo que le importa, por si no es oro todo lo que reluce.
--¿Quieres concluir de una vez!
--Concluyo y finiquito... Pues sépase usté que si esas gentes le miran hoy de mal ojo, y le maltratan de palabra, y mañana le apedrean (que todo podría ser), es motivao á que se asegura que no queriéndole á usté la señorita doña Águeda por hereje, hace usté la pamema de que se convierte, porque... porque... porque no se le escapen de entre las uñas las riquezas de esta casa.
El dolor y el frío de una puñalada sintió Fernando en el corazón; y á la luz sulfúrea, infernal, en que se creyó envuelto, vió desfilar ante sus ojos, en un segundo, horrenda muchedumbre de fantasmas que las palabras de Macabeo hicieron brotar de los negros abismos, como escuadrón de demonios á la voz del réprobo que las evoca. El amor, el orgullo, los recuerdos, las esperanzas... todo lo sintió herido, pisoteado, muerto á un mismo tiempo; y tan puro, tan alto, tan grande era el linaje de su pasión; tan enorme, tan inmotivada le parecía la calumnia, que, aunque con el dolor de un mártir, preguntó á Macabeo con la sinceridad de un niño:
--¿Pero es rica Águeda?
--¡Señor! --respondió Macabeo con asombro--: ¿quién puede ignorarlo?
--¡Yo!... ¡yo; y te juro que ésta es la primera vez que reparo en ello!
Era recto y sano de corazón Macabeo; creyó en la sinceridad de las palabras de Fernando, y no quiso ahondar más sus heridas con el relato que también había pensado hacerle de la segunda parte de la historia que corría por el pueblo.
--¡Qué lenguas! --exclamó, hondamente compadecido del joven.
Éste había caído en un sombrío atolondramiento: miraban sus ojos, pero no veían.
De pronto revolvió el caballo hacia la sierra; y como si aquel suelo, y aquellas casas, y aquellas mieses encubrieran un volcán dispuesto á devorarle, castigó al dócil bruto con la espuela y el látigo, y desapareció como un rayo de la presencia del aturdido Macabeo.
El cáliz estaba lleno: una gota bastó para desbordar las hieles que contenía.
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XXVII
LO QUE ENCUBRIÓ LA NOCHE
Muchas horas después de este suceso, Fernando se paseaba en el cuarto de estudio de su padre. Revelaba tranquilidad, aunque era ésta muy semejante á la que tienen en sus comienzos algunas tempestades de verano: ni un soplo de aire, ni el ruido de una mosca; la quietud y el silencio reinan en la naturaleza; pero hay celajes siniestros, tintas en el horizonte que parecen manojos de centellas, aire que asfixia, monstruos que la fantasía dibuja en los plúmbeos nubarrones... Nada sucede en aquel instante; pero toda conflagración es posible al menor choque entre los aletargados elementos.
Á la luz que alumbraba la estancia, el doctor leía, ó aparentaba leer; porque es lo cierto que más atentos estaban sus ojos al ir y venir de Fernando, que á las páginas del libro; siendo muy de notar que no había tanta alarma como curiosidad en las miradas furtivas del viejo Peñarrubia.
Había visto por la mañana llegar á casa á su hijo en el estado de exaltación en que nosotros le vimos salir de Valdecines; y había logrado, á fuerza de fuerzas y al cabo de muchas horas, reducirle á la calma y á la reflexión. Entonces hablaron. La conversación era la válvula por donde el doctor se proponía desahogar aquel pecho y aquel cerebro henchidos de tumultos. Supo que no era Águeda la causa de ellos; pero no supo la verdad entera, que Fernando cuidó de ocultarle por no afligirle más.
--Pues ahora me toca á mí --dijo el doctor cuando halló á su hijo dócil á sus reflexiones--. Voy á Valdecines.
--¡Guárdate de ello! --respondió Fernando.
--¿No quedó así convenido entre nosotros? --preguntó el doctor con extrañeza.
--Sí; pero el nuevo giro que han tomado los sucesos, hacen hoy inútil y hasta peligroso para mí ese paso... Dale mañana...
--¿Estás seguro de que mañana no me dirás lo mismo que hoy?
--¡Te juro --dijo Fernando-- que no me opondré mañana á ninguno de tus deseos!
--Enhorabuena --repuso el doctor--. Y como en garantía de la sinceridad de tu promesa, acompáñame al jardín. Á los dos nos conviene ahora un poco de trato íntimo con la madre naturaleza.
Salieron juntos, y aun hubiera jurado el padre que su amago de chanza había obtenido otro amago de sonrisa de los labios de su hijo.
Hasta la hora muy avanzada de la noche en que volvemos á hallarlos reunidos, no tuvo á los ojos del doctor el menor retroceso el alivio moral de Fernando. De aquí su relativa tranquilidad cuando nosotros hemos comparado la del enfermo á la que precede á las grandes explosiones de la naturaleza.
--¿Supongo --dijo Fernando, deteniéndose en una de sus vueltas y en tono medio de chanza-- que no te habrás propuesto que pasemos la noche de esta manera?
--Hombre, no --respondió el doctor con la mayor naturalidad--. Pero estaba tan entretenido en la lectura, y te creía tan bien hallado con esos higiénicos paseos...
--Pues si te parece --añadió Fernando-- nos recogeremos. Siento que me ronda el sueño, y quisiera escribir unas cartas antes de acostarme.
--Nada más acertado, hijo mío, que esa determinación. El sueño es el bálsamo que cura todas las llagas del espíritu. Vamos á descansar.
--¡Descansemos, pues... que ya es hora! --dijo Fernando; y pagó el abrazo que le dió su padre con otro tan fuerte y detenido, que éste, al salir suspirando de aquellas apreturas, exclamó, como en los mejores tiempos de sus bromas:
--¡Cáspita, y qué fuerzas te ha dado el ejercicio de esta noche!
Respondió Fernando con triste sonrisa; salieron juntos padre é hijo de la estancia, y momentos después cada cual se encerraba en su respectivo dormitorio.
Al cabo de una hora abrió el suyo cautelosamente el doctor, y observó desde lejos que del de Fernando salía luz por las rendijas de la puerta: se acercó á ella, y oyó hasta el suave charrasqueo de la pluma sobre el papel.
Volvióse tranquilamente á su cuarto. Antes de acostarse salió otra vez de él para observar el de su hijo. Éste había apagado la luz. Entonces se acostó el médico y apagó también la suya.
--Se da á partido --decía para sí--. ¡Pobre muchacho! Que logre él dominar esos arrebatos peligrosos, como los de esta mañana... y lo demás corre de mi cuenta.
Momentos después dormía y hasta roncaba el buen doctor Peñarrubia.
Entre tanto, su hijo, de codos sobre el alféizar de la ventana de su cuarto, paseaba la vista errabunda y anhelosa por el inmenso desierto del espacio, donde brillaban las constelaciones como vivos y eternos testimonios de la grandeza y del poder de Dios. Hundíase la tierra en un abismo de sombras y de misterios, y recortábase la línea de sus montañas en el azul confuso del horizonte. Á menudo se pasaba el joven la mano por la ardorosa frente; frotábase los ojos como si intentara apartar de ellos desagradables visiones, y volvía á pasearlos desde la inmensidad del firmamento hasta la negra pequeñez del agujero en que él, mísero gusano, se retorcía atormentado y espirante.
--¡Si hubiera infierno --pensaba-- y en él un demonio mil veces más astuto y maléfico que el inventado por el místico fanatismo, no fuera capaz de disponer las cosas en mi daño con tan ingenioso artificio como las ha dispuesto mi negra desventura!... ¡Todo lo había arriesgado ya en este trance!... ¡Todo lo sacrificaba, porque era mío!... Á este precio adquirí una esperanza, aunque remota. Lancéme con ella á lidiar de nuevo en esta horrible batalla, y se atraviesa en mi camino el único obstáculo que podía detenerme: mi honra; es decir, mi fe, mi religión... lo que no es mío, sino del mundo que me ve y me juzga. Ó pisarla ó morir. Morir, sí; porque morir es retroceder en esa senda, ¡la única que existe para llegar á lo que había de darme la vida!... Y retrocedí... es decir, decreté mi propia muerte... ¡Vivir sin Águeda!... ¡intentarlo siquiera!... ¡Qué locura! ¡Desde que se ha hecho imposible para mí, raya en idolatría la fe con que la adoro! Mil vidas que yo tuviera me parecerían poco para sacrificarlas en este singular conflicto. Y entre tanto, mis penas son su martirio, y mi muerte acarreará la suya... y yo, que sé todo esto, no puedo detenerme un punto en la pendiente en que me hallo. ¿Habrá suplicio que se iguale á este suplicio!
¡Calumnia! La lengua que la produce y la arroja á la voracidad de las muchedumbres, ¿por qué no se gangrena en la boca del infame y se ve arrastrada en jirones por inmundas bestias? ¿Cómo el veneno que destila y da la muerte no mata al calumniador! ¡Víboras humanas! ¿Quién puede calcular el alcance de vuestra ponzoña! Esos pobres campesinos, inficionados de ella, vanla propagando sin saber el daño que causan; antes creen que obran como buenos, porque desenmascaran al impostor. Pero la calumnia llamará á las puertas de Águeda; y aunque ella no se las abra, algo quedará allí, como el hedor de la peste, que corrompa un día su corazón; mala semilla que llegue á dar siquiera frutos de sospechas. Y si tal ocurriera, ¿qué sería de mí entonces! Y sólo con el temor de que pueda suceder, ¿quién, que se llame honrado, no retrocede como yo? Y retrocediendo, ¿por qué otro camino la busco, si todos van á parar á ese que me está vedado?... ¡Me empujan los huracanes y estoy cercado de abismos, y aún discurro y pienso en que he vivido! ¡Qué necedad!
Alzó otra vez la cabeza y volvió á clavar los anhelantes ojos en la bóveda celeste.
--¡Allí --se dijo con burlona sonrisa--, allí dicen que está, detrás de esa ilusoria techumbre, el sostén de los débiles, el consuelo de los atribulados... el supremo Juez de la conciencia humana, el árbitro Señor de vidas y almas... la caridad... la misericordia!... ¡y yo, su hechura y su imagen, perezco aquí abajo, mofa y escarnio de la desdicha; y esa fuerza no me ayuda, y esa misericordia no me alcanza!... ¿Por qué? Porque no se baña mi espíritu en los resplandores de una luz fantástica que no llega nunca á los ojos de mi razón... ¡Mentira! --añadió con sacrílega soberbia--. ¡Cuanto veo y toco es fuerza que agita y mueve á la materia: materia agitada y movida por la fuerza! ¡Una ley incontrastable y eterna rige y gobierna á la naturaleza, y lo inmutable y perpetuo de esa ley excluye lo sobrenatural!... Giran esos astros, porque la fuerza les da movimiento; la fuerza fecunda la materia y produce toda generación y toda destrucción. De la nada no se crea nada. Nada se crea, ni nada se pierde. Todo se transforma y todo es movimiento eterno y continuo. El átomo busca al átomo, y el polvo al polvo. Todo está sujeto á la evolución; y la conciencia humana no es más que el término de esa evolución misma... Y este pensamiento que me abrasa la mente y me esclaviza al rigor de mis propias ideas, ¿qué es sino una excitación nerviosa, una secreción de mi cerebro? ¡El espíritu! fantasma de la razón sometida al dogma, grillete de la libertad de la conciencia... ¡palabra vacía de sentido!... ¡y la virtud y el vicio, el bien y el mal, cosas convencionales, dependientes del clima, del temperamento y de la educación!
Como en este hervor de conceptos hubiera más atrevimiento, más ira, más desesperación que convicciones, Fernando se sintió poseído de una agitación nerviosa, como si se hubiera empeñado en una disputa ardiente y apasionada. Tuvo necesidad de dar reposo á su espíritu, y volvió á apoyar su cabeza entre las manos. Momentos después tornó á su tema, y el delirio le dió bríos para elevar su desquiciada mente á lo más alto. Asustábale algo que en aquel supremo instante _sentía_ sin entenderlo ni penetrarlo, y quería apartarlo de su conciencia, como el ladrón arroja de su memoria, al cometer el crimen, el recuerdo del juez que puede castigarle.
--¡Dios! --continuó diciéndose--. ¿Y qué es Dios sino el ideal, la forma que va tomando en cada edad histórica el contenido de la conciencia; el nombre que da la humanidad á lo que concibe como más grande y perfecto? ¿Quién podrá demostrarme que ese ideal concebido por la fantasía y acariciado por el sentimiento, llegue á convertirse nunca en realidad?... ¡Sombras de la imaginación... visiones del fanatismo!... ¿por qué no os disipa la clara luz de la razón humana? ¿por qué no alumbra hasta el fondo de ese misterio tenebroso?
Y el insensato, en lugar de aplicar esta declaración de su impotencia á aquel blasfemo atrevimiento de su locura y de su ignorancia, lanzóse más á ciegas en el foco de la falsa luz que le deslumbraba. Sintió crecer sus angustias, y exclamó con una resolución digna de mejor causa, y como si acabara de resolver un gran problema:
--Sólo hay una cosa que no tiene fin, eterna é invariable: el dolor. ¿Quién sabe si él es la fuerza inconsciente, la voluntad ciega que lo gobierna todo?... Pero es indudable que el reposo está en la muerte, en la aniquilación... Dormir en los brazos de la madre naturaleza, es el apetecible término de la lucha de la vida... ¡Caiga de mis hombros esta pesada carga que me agobia, y descansemos de una vez!
Retiróse de la ventana, trémulo por la agitación de sus ideas; y pocos minutos después era una sombra que se movía entre la obscuridad del jardín; y luégo, en la relativa claridad del camino que iba á unirse al de la hoz, un gusanillo más que se arrastraba sobre la costra de la tierra.
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XXVIII
LO QUE DESCUBRIÓ EL DÍA