De tal palo, tal astilla · Unidad 24 de 26
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Y aconteció que al amanecer el siguiente, un hombre de Valdecines, que tenía negocios en Perojales, entró cantando en la hoz. Cantando seguía sin cerrar boca, y mirando tan pronto al río como á las peñas de lo alto, cuando cátate que, hallándose junto al _asomo_[4] más descarado del sendero que llevaba, fáltanle de repente voz y movimiento, y quédase con los ojos tan abiertos como la boca, y hasta se le muda el color y se le encrespa la greña debajo del sombrero.
[4] Orilla descubierta de un precipicio.
--¡Mil demonios --se dijo cuando el espanto le dejó libre el uso del entendimiento--, si aquello no es tan presona humana como yo mesmo!
Y en esto, retiraba el cuerpo hacia la montaña y avanzaba la cabeza sobre el abismo.
--Dígote que no marra, ¡carafles!... ¡Que lo es!... ¡Vaya si lo es! Aquello es pata, como la mía... y la otra también; y el cuerpo, cuerpo de veras... con su brazo por acá... y su brazo por allá... el matorral le tapa la cabeza... ¡Y el ropaje es bueno si los hay, ó yo no veo pizca desde aquí! Y el hombre no mueve pie ni mano... ¡Qué ha de mover, carafles, si quedaría redondo!... Porque, á mi cuenta, se despeñó anoche por aquí abajo.
Miró á sus pies, y vió al borde del precipicio césped resobado y arbustos rotos.
--¿No lo dije? --pensó estremecido el buen hombre--: por aquí se _esborregó_ el venturao... ¡El Señor le cogiera en gracia!... Y ¿qué hago yo en esto? ¿Paso, ó no paso?... ¡Que pase mi abuela!
Dijo, y se volvió á Valdecines, pálido, aturdido y jadeante. Su primer intento fué dar parte á la Justicia; pero á la Justicia se la teme de lumbre en tales casos. «Á buena cuenta --pensó--, me echará mano, por si he tenido yo la culpa; y después... ¡vaya usté á saber en qué parará ello, teniendo yo, como tengo, cuatro terrones y un par de bestias!» Pero también si callaba y acertaba á saberse que él había vuelto al pueblo sin llegar á Perojales, y al mismo tiempo se descubría lo tapado, por boca más atrevida que la suya, ¿qué pensar de su silencio y de su espanto? Ocurriósele, en esto, una idea muy atinada; y fué la de referir el caso al señor cura, bajo secreto de confesión. Y así lo hizo. El cura, después de enterarse de que el supuesto cadáver se hallaba en término de Valdecines, dió parte al alcalde; éste se le endosó al juez municipal; el juez municipal quiso endosársele al juez de primera instancia, que residía á más de cuatro leguas de allí; acudióse al pedáneo también, so pretexto de que el caso se rozaba, hasta cierto punto, con el ramo de policía, orden y buen gobierno; el pedáneo puso el grito en las nubes y echó la farda á don Lesmes, como forense nato, por su cargo de facultativo titular de la municipalidad; don Lesmes alcanzó el cielo con las manos, y protestó contra el endoso por improcedente... En fin, que se puso en conmoción á todo el pueblo en menos de dos horas. Al cabo se acordó que fuera á levantar el cadáver el Ayuntamiento en masa, con su pedáneo y alguacil, el juez municipal y el cirujano titular don Lesmes; y lo acordado se llevó á efecto en aquella misma mañana.
Lleváronse á prevención cuerdas, hachas y azadones, con la gente necesaria para manejarlos, por si había que labrar algún sendero en la montaña para bajar hasta el sitio en que se hallaba el muerto; y se prohibió á los particulares que acompañasen á la _comitiva_.
Partió ésta de Valdecines entre la general curiosidad, y llegó al sitio indicado al cura por el descubridor del cadáver.
--¡Lo es! --dijo don Lesmes en cuanto se asomó al despeñadero.
--¡Lo es! --repitieron los circunstantes, asomados también al precipicio.
Y, en efecto, era un cadáver lo que había allá abajo, muy abajo, tendido sobre la angosta braña, poco más ancha que el cadáver mismo, entre el río y la montaña.
Se buscó una bajada _posible_ aun para aquellos hombres avezados á los precipicios, y se halló en un recodo que mucho más arriba formaba la ladera. Estribando en los peñascos y agarrándose á los arbustos, fueron bajando uno á uno los señores de la Justicia y acompañantes. No fué cosa fácil ni placentera; pero al fin llegaron al temeroso lugar. Adelantóse don Lesmes por orden del alcalde. El cadáver estaba tendido boca abajo y con la cabeza oculta entre unas zarzas. El cirujano dispuso, á su vez, que se le diera vuelta. Hiciéronlo así dos hombres. Éstos, don Lesmes y la Justicia en masa, dieron un salto hacia atrás en cuanto el muerto apareció boca arriba. Todos conocían, cuando menos de vista, á Fernando, y todos conocieron su cadáver en aquél que estaban contemplando allí, no obstante las heridas y destrozos que había en su cara.
--¡Se despeñó! --dijo el alcalde medio atolondrado.
--No --respondió don Lesmes, pálido y conmovido--: si eso fuera, tendría la _tapa de los sesos_ hundida; pero miren ustedes que la tiene levantada... ¡Y harto será que no haya salido por ella lo que entró por este agujero que hay al _ras_ del _pasa-pan_!
En esto, uno de los hombres, que reconocía el terreno y se fijaba mucho en los bardales aplastados de la ladera, entre el camino y el sitio en que se hallaba el muerto, encontró una pistola.
--¡Con esa debió de ser! --dijo don Lesmes al verla.
--Pero entonces ¿cómo estaba tan lejos del cadáver? --observó el alcalde.
--Porque... porque no lo sé --repuso don Lesmes, cada vez más trémulo.
--Pues él debió de bajar rodando por aquí --dijo el que había hallado la pistola--. Estos ramajos quebrados y la sangre que hay en esta peña... ¡Como no se arrimara el tiro allá arriba, y bajaran después él y la pistola!...
--Cuéntate que eso fué --replicó el alcalde.
--Si es que no lo hizo todo una mano alevosa --observó don Lesmes.
--Eso es lo que ha de averiguar la Justicia --replicó el alcalde--; y á buena cuenta, vamos á registrar al muerto, por si topamos algún aquél de luz sobre el particular.
Registrósele en el acto, y se hallaron en sus bolsillos tres cartas: una «para la Justicia;» otra «para el doctor Peñarrubia,» y otra «para la señorita doña Águeda Rubárcena.»
El juez abrió la primera, que decía así:
«Declaro que me quito la vida por mi propia voluntad; y ruego á la Justicia que recoja mi cadáver, que haga llegar á sus respectivos destinos las dos cartas que hallará con ésta en mi bolsillo.--_Fernando Peñarrubia._»
--Y la fecha es de ayer --añadió el juez--. Pues con esta declaración acabó la presente historia. Y bien mirado, más vale así.
Los circunstantes oyeron estupefactos la lectura del papel, y ni una palabra se oyó allí contra el desdichado á quien el día antes hubieran arrojado á pedradas de Valdecines.
Alguien, más en son de lástima que de vituperio, acertó á decir:
--Quien mal anda...
Pero no logró acabar el proverbio, pues el alcalde le atajó con estas expresiones:
--Esa es cuenta de Dios que le ha juzgado ya... Á nosotros no nos toca más que tenerle compasión, cumplir su última voluntad y darle sepultura. ¡Desventurado de él, que por su delito no puede recibirla sagrada!
Y no obstante, por un sentimiento de caridad, aquellos hombres rudos se descubrieron la cabeza, se hincaron de rodillas é imploraron, en fervorosa oración, la divina misericordia para el alma de aquel cuerpo manchado por el mayor de los crímenes.
--Falta --dijo luégo el alcalde, hablando siempre en nombre del juez, no muy ducho en tales procedimientos-- identificar la persona, vamos al decir, el cadáver.
Llamó al alguacil y al pedáneo.
--Tú --dijo al primero-- vas á ir volando ahora mismo á Perojales. Entregarás esta carta á quien reza el sobre, y dirás á esa persona que se le espera aquí, para... para los efectos consiguientes.
Hízose notar á la digna autoridad que era el golpe harto recio para dado sin advertencia ni contemplaciones.
--Cierto --respondió el alcalde--. Por dura que ese hombre tenga el alma, ha de llegarle muy adentro la noticia, y compasión me da de veras, aunque no la merezca; pero la justicia no debe tener entrañas, y la ley es ley... y ya estás andando... quiero decir, de vuelta, porque aquí queda esperando la autoridad.
Y el alguacil, sin chistar, echó á gatas por el sendero á cumplir lo mandado.
--Tú --dijo entonces el alcalde al pedáneo-- pica también monte arriba, y no pares hasta Valdecines con esta otra carta que entregarás en propia mano, con la finura y el aquél del caso respetive al genial y prosapia de la señora que ha de recibirla. Y ahora --añadió, volviéndose al juez mientras el pedáneo tomaba el mismo sendero que el alguacil--, hay que escribir todo esto que está pasando y ha pasado, con el item más de la declaración del señor facultativo, en la solfa conveniente al resultante; pero como el caso pide buena pluma y mucho sosiego, se hará la diligencia y competente sumaria en la casa consistorial, como si hubiera sido hecha de cuerpo presente, y procederemos en su hora al _sotierre_, que bien puede ser aquí, ya que está prohibido que sea en el campo santo... si otra cosa no dispone el interesado que ha de reconocer al muerto...
Habrá notado el lector que el bueno de don Lesmes habló muy poco durante las narradas ceremonias. No hay que extrañarlo. Andaba el hombre tan sin tino ni serenidad, que á pique estuvo de desmayarse cuando se le dijo que habría que proceder á la autopsia del cadáver. Disfrazó su natural repugnancia á semejantes carnicerías con el aserto de que le faltaba corazón para descuartizar al hijo de su muy querido amigo y condiscípulo el doctor Peñarrubia, y convínose en dar por cumplido ese requisito en el expediente que había de formarse. Con lo cual se tranquilizó no poco, y hasta comenzó un discurso sobre lo innecesarias que eran esas «barbaridades» en la mayor parte de los casos en que se empleaban; y perorando estaba, mientras los hombres agregados á la justicia abrían una fosa cerca del muerto, cuando apareció en lo alto del camino de Perojales, á todo correr del caballo que montaba, el infeliz doctor Peñarrubia.
Enmudeció el cirujano á la vista de aquel horrible dolor en cuerpo y alma, y hasta los que más le aborrecían por impío se condolieron de él por padre sin ventura.
No quiero atormentar al lector con el relato de lo que allí pasó poco después. Si no desea ignorarlo, imagíneselo; cosa no difícil para él, pues conoce al padre, ha visto lo que queda y ¡cómo queda! del hijo, y es cristiano y tiene corazón y caridad.
Debo, no obstante, y para ayudar á su imaginación, ofrecerle un dato importante. Cuando los criados del doctor le dijeron que habían hallado abiertas las puertas de la casa y la del corral, lanzóse el infeliz, en un movimiento instintivo de su amor, al cuarto de Fernando. Encontróle vacío, vió su cama intacta, y se estremeció. Sin atreverse á oir lo que le decían sus propios pensamientos, mandó á sus sirvientes en busca de su hijo en varias direcciones, y él mismo tomó la de Valdecines, por juzgarla más llena de esperanzas.
En la hoz estaba ya, y muy adentro, cuando le encontró el alguacil que le llevaba la carta consabida. Detúvole, entregósela sin miramientos ni precauciones; leyóla el otro, más con el corazón que con los ojos; pidió luégo, como deben pedir la muerte los que no pueden con la vida, _¡más noticias!_, y el alguacil le refirió cuanto sabía, que no era poco. ¡Tan reciente era la que llevaba el doctor clavada en el pecho como puñal de cien puntas, y tan inhumanamente se le había dado la puñalada! Ahora podrá ver el lector á su verdadera luz la escena que tuvo lugar poco después en el fondo del precipicio.
[Ilustración]
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XXIX
DE RECHAZO
Desde que don Sotero vió la obra de Bastián destruída por la inesperada venida de don Plácido á Valdecines, juzgó en descenso su fortuna. Alentábale, sin embargo, la esperanza que ponía en el carácter estrafalario, bonachón y docilote del solterón de Treshigares; pero cuando habló con él y le vió tan firme y resuelto, comprendió que principiaba el fin de sus iniquidades, y, lo que era más grave para él, que había quedado preso en la red tendida al caudal de los Rubárcenas. Ni sus atrevimientos hasta allí tenían fácil disculpa, ni el sesgo que tomaban las cosas se prestaba á imponerlos como ley por la fuerza de otros mayores. Meditó seriamente sobre el caso, y le vió muy negro por todas partes. Su mayor aspiración no podía exceder ya de que se le perdonara lo pasado. En cuanto á su intervención en la casa de los Rubárcenas, no ya como tutor y curador de las huérfanas, pero ni siquiera como administrador de sus bienes, era una insensatez no darla por concluída. De manera que no solamente tenía que renunciar á la posesión de aquel caudal, con tanta maña perseguido, sino también á lo que de él pudiera pegársele á fuerza de manosearle. Era la primera vez que se le escapaba de entre las uñas una presa señalada por sus ojos. Le costó mucho trabajo resignarse á verlo así; pero la necesidad le obligó á ello.
La mejor jugada de toda su vida había estado á punto de hacerla en la vejez, y aquella jugada la perdió al cabo. Probado está que á esa edad es cuando más estragos causan las grandes pesadumbres y las agudas enfermedades. No se asombre, pues, el lector si le digo que en menos de veinticuatro horas se abatió la entereza de don Sotero, como áspero y bravío roble herido por el hacha en sus raíces: quédase aún enhiesto; pero hasta las brisas le bambolean, y el primer viento le derriba.
Resuelto á implorar hasta la misericordia de sus víctimas para sacar el único partido que le ofrecían las dificultades de su situación, consagró el corto plazo que le dió el indignado señor de Quincevillas para optar entre los dos extremos que le propuso, á arreglar sus cuentas del mejor modo posible; y aun en aquella ocasión demostró el buen ex-procurador que, como el gitano del cuento, era una hormiguita para su casa. ¡Qué mano de _raspa_ tan admirable! ¡Qué primor de destreza aquella pluma para imitar recibos de doña Marta! ¡Qué instinto aritmético el suyo para obtener alcances en su favor allí donde no había sino rastros de sus ávidas manos, al sacarlas llenas de lo que no le pertenecía, durante tantos años de administración! Y todos estos milagros los hacía el pío varón en medio del mayor desconcierto cerebral. Porque es de saberse que á la sazón hablaba solo y deliraba; y hasta el escaso mendrugo que comía, menos le servía para alimento del cuerpo que para dar fuerzas á su pesadumbre. ¡Qué no hubiera hecho el santo hombre puesto á la misma tarea en sana salud!
Antojábasele poco cuanto sacaba en números de los libros de su administración; y cuando pasaba la vista por el inventario, bien ordenado y dispuesto, de su propio caudal, aunque éste era bueno y estaba bien asegurado, creíase pobre y á las puertas de la miseria. ¡Tan grande le parecía lo que se le había escapado de entre las uñas, y por tan suyo llegó á contarlo!
El único deudor que aparecía allí sin hipoteca sólida y á todas horas realizable, era Fernando. ¿Dónde tuvo él la cabeza; qué sensiblería estúpida se apoderó de su corazón; qué diabólica insensatez le cegó cuando hizo aquel desatinado negocio! ¡El ansia de tener cogido por ese lado al aspirante al caudal de Águeda; la convicción de que todo ello era un grano más en la semilla que había de darle tan abundante cosecha!... ¡Y la cosecha se perdió al menor soplo de la adversidad! ¡Mentecato, y mil veces mentecato!... ¿Dónde puede haber disculpa para el hombre que así aventura lo que más ama y necesita!... Si, bien mirado, el doctor se hallaba en lo mejor de la vida; y al ver cómo la traía de regalona y descuidada, el más lerdo comprendería que hasta los clavos de la puerta se habría comido ya para el día de su muerte. ¡Qué lucida hipoteca para sus seis mil duros! ¡Y el muy torpe hostigaba y perseguía á su deudor exponiéndole á coger una enfermedad, ó á cometer un desatino que le costara la vida antes de adquirir con qué pagarle! Afortunadamente, aún era tiempo de enmendar esa torpeza. Buscaría á Fernando, le hablaría al alma, le pediría perdón por sus pasadas inclemencias, y hasta se brindaría á ayudarle en sus proyectos. ¿Y por qué no? Al cabo y á la postre, ¿no era gallardo y excelente mozo? ¿No hacía con Águeda la pareja más hermosa que pudiera buscarse? Que era un tanto descreído... ¡Bah! ¿Quién se para en tales pequeñeces hoy? _Tener ó no tener_, ésta es la cuestión. Pero ¿aceptaría el vanidoso joven sus excusas y protestas, después de la guerra que le había hecho él?
Así discurría el santo varón según iba leyendo y manoseando el recibo que ya conocemos, tras de llorar las mal aprovechadas horas de su vida (con los cuales discursos sufría congojas mortales y sudaba hieles y borra de azufre por todos los poros de su lacio pellejo, pues es de saberse que ayuno estaba su estómago aquel día hasta del fementido chocolate con que entretenía al levantarse los asaltos del hambre), cuando llegaba á Valdecines el pedáneo con la carta para Águeda, y la noticia, que se propagó por el pueblo como la llama en un reguero de pólvora, de que el cadáver hallado en la hoz era el del hijo del doctor Peñarrubia.
Lo oyó Bastián á la puerta de su casa, subió las escaleras de cuatro zancadas, entró en la alcoba sin pedir permiso; y tal como lo cogió en la calle, se lo espetó en crudo á su tío, en la persuasión de que le daba la más sabrosa de las noticias.
No prestando crédito á sus oídos, que desde días atrás le zumbaban muy á menudo, don Sotero, sobresaltado y trémulo, hizo repetir á Bastián todas sus palabras; después le preguntó, con la voz medio extinguida, quién le había dado la noticia, y, por último, quién la había traído al pueblo; y cuando supo todo lo que sabía el alcalde pedáneo, encontróse sin fuerzas para moverse de la silla, y ni siquiera las tuvo para cerrar la boca y los ojos, que se le habían quedado desmesuradamente abiertos; las negras ideas se bamboleaban en su cerebro al mismo compás que el armario y la mesa, y la ventana, y las paredes de su cuarto; sentía que por toda su piel se deslizaba un sudor frío, como si la sangre, convertida en suero destilado, se le derramara por los poros; y tan amarillo y desmayado se le puso el color, que Bastián, transido de susto, corrió á avisar á Celsa.
Entre tanto, notó don Sotero, en medio de su modorra, que se le caía de las manos el papel que entre ellas tenía cuando entró en el cuarto su sobrino; y como ya no veía sino por los ojos de su perturbada imaginación, soñó que aquel documento se convertía en seis pesadísimas y repletas talegas con alas, las cuales seis talegas se alzaron volando y se le pusieron sobre el pecho. Como eran tan pesadas, ahogábase el hombre debajo de ellas; pero carecía de movimiento y de voz, y hubo de sufrir aquel suplicio hasta que las talegas volvieron á volar, todas á un mismo tiempo. Volaron muy alto, como pájaro que se va; pero detuviéronse allá arriba unos instantes en sosegado coloquio. Después se separaron unas de otras, tornaron á reunirse, y, por último, muy adheridas entre sí, casi formando una sola masa, dejáronse caer á plomo, con una velocidad vertiginosa, sobre la cabeza de don Sotero. Veíalas éste descender, y no podía separarse un punto para evitar el golpe que le esperaba. ¡Qué golpe! Hubiera jurado el mísero, al sufrirle, que le oyeron desde el otro hemisferio; que su propio cuerpo se había hundido en la tierra hasta el pescuezo, y que por el agujero abierto en su cabeza entraba toda el agua del regato del valle, alborotada y ruidosa, llenándole el cráneo y desalojando de él hasta el último de sus desquiciados pensamientos. Entonces perdió también la sensibilidad y toda noción de su existencia.