De tal palo, tal astilla · Unidad 26 de 26

Inicio — parte 26

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

--¡Y tú eres otra niña un poco mayor!... Y eso, ¿qué? ¿Quieres decirme que vas á morirte pronto y que no te hacen falta amparos en el mundo?... ¡Vaya si te leo yo los pensamientos! Pues sábete que te llevas chasco si tal has pensado, ¡y chasco muy grande!... ¡No faltaba más! Cierto que estás quedándote como la estatua de la melancolía, y que no parece sino que te van arrancando las carnes y robándote el color cuantos te hablan y te miran; pero ¿qué ha de suceder si eres una carga de penas y de cuidados? Pasará la borrasca, ¡pues no ha de pasar? y lucirán días mejores para tí y para todos nosotros... Siempre te quedará allá dentro un poquito de resquemor; pero ¡qué diablo! la vida sin cruz no es vida de cristiano; y ¡viva la gallina, aunque sea con su pepita!

Entró Pilar en esto diciendo muy alegre:

--¡Don Sotero está malísimo!

Á lo que respondió don Plácido:

--Esa es una noticia que ha echado á volar el tunante, por no vérselas hoy cara á cara conmigo.

Insistió Pilar en lo que aseguraba, dando buen origen á la nueva, y concluyó don Plácido:

--Pues mira, siento que le mate Dios antes de haberle echado yo á presidio.

Y como Águeda siguiera llorando y Pilar lo notara y se abrazara á ella, fuése don Plácido, no sé si movido de la curiosidad en que le habían puesto las noticias traídas por la niña, ó del convencimiento de que Águeda necesitaba llorar mucho y hablar poco.

De todas maneras, antes de una hora estuvo de vuelta.

--¡Y hay inocentes --dijo á sus sobrinas-- que dudan de la justicia de Dios!... Hijas mías, don Sotero acaba de morir.

Águeda se estremeció.

--¡Qué gusto! --exclamó Pilar palmoteando muy recio.

--¡Qué dices, niña? --respondió Águeda reprendiéndola.

--Creo que tiene razón esta chiquilla --observó don Plácido--. Hombres como ese... En fin, Dios sabe muy bien lo que se ha hecho.

--¡Y habrá muerto sin confesión!

--Sospécholo, cuando no ha venido el señor cura á restituirte lo que te robó en vida esa garduña...

--¡Que Dios le perdone como yo le perdono!

--Pues si tú le perdonas, que no se condene por mí... ni por tí tampoco. ¿Verdad, Pilar?

--Con tal de que no vuelva... perdónole también --dijo la niña.

--Así me gusta... Pues sí, señor: la cosa no tiene duda, porque acaba de decírmelo don Lesmes en la portalada.

--¿Don Lesmes ha vuelto ya? --preguntó Águeda.

--¡Otra te pego!... ¡Y yo que no me acordaba!... Pues sí: volvió don Lesmes... ¡Hija mía, qué cara de angustia se te ha puesto! Ya sé por qué; y necio fuera yo en ocultarte cosa alguna... Todo ha concluído _allí_ del mejor modo posible... Estuvo su padre... ¡Figúrate cómo estaría!

--¡Desdichado!

--¡Eso sí!... Cuanto se diga es poco... Se encontró ya la fosa abierta...

--¡Ni tierra bendita para cubrirle, tío!

--¡Ni eso siquiera, hija mía!... ¡Ni eso merecen los que mueren renegando de Dios!

--¡Qué horror!

--Lo mismo dijo su padre, á pesar de lo poco en que tiene las cosas del otro mundo. Por compasión á su dolor y á sus lágrimas, se le ha permitido que lleve aquellos míseros despojos á su propio solar, donde hallarán sepultura menos indigna que en el fondo de una barranca, como las bestias. En los preparativos quedaron el doctor y algunas buenas gentes que por caridad le ayudan. Quizá esté ya el triste cortejo camino de Perojales. Del mal el menos, hija mía. Y ahora que todo lo sabes, no temo lo que puedas averiguar por bocas imprudentes que se complacen en exagerar los horrores.

Por aquí andaba la conversación, cuando el doctor, á quien hemos visto llegar á la portalada, pidió permiso para hablar á solas con Águeda.

¡Otro golpe de muerte para la infeliz! Don Plácido y Pilar se retiraron.

--¡Vengo --dijo Peñarrubia con voz enronquecida y temblorosa-- á cumplir la última voluntad de un moribundo!

Águeda, traspasada de angustia, bajó la cabeza. La presencia de aquel hombre agobiado por el mayor de los infortunios, hacía más terrible el cuadro que no se apartaba un momento de su imaginación.

--¡Le mató la tenacidad de un fanatismo inclemente, señora! --añadió el doctor, después de aguardar en vano una respuesta de Águeda.

Tomó ésta el dicho á reconvención; parecióle injusta y cruel, y respondió con energía:

--¡Le mató su rebeldía á los decretos de Dios!

--Un deber mal entendido hizo imposible la única aspiración de su vida.

--La ignorancia de los suyos se la quitó.

--¡Los imposibles no se vencen con las humanas fuerzas!

--¡Pero se sufren con la resignación cristiana! Pues si para esas contrariedades no hubiera otra defensa que la muerte, ¿viviera yo en este instante, doctor!

Acertó á mirarla éste con ávida curiosidad, excitada por lo que de amargo y solemne había en el acento de sus palabras, y se asombró al ver los estragos que las penas habían hecho en aquella belleza tan admirada por él al conocerla. Comprendió que iban fuera de toda justicia sus reconvenciones; disculpólas con el dolor que le enloquecía; lloró como un niño, y Águeda tuvo necesidad de olvidarse de sus propias angustias para consolarle.

--Pero ¡qué horrible serie de contrariedades se atravesaron en su camino! --prosiguió el doctor cuando se halló más sereno--. Amó, y sus desdichadas ideas fueron vasto y tormentoso mar que le alejó del objeto amado. El amor le dió fuerzas, y luchó contra el embate de las enfurecidas olas; creyóse rendido, y el ansia de llegar al anhelado puerto le hizo luchar de nuevo. ¡El último esfuerzo, Águeda; el que debía salvarle, le mató! Tradújose por la maledicencia en baja codicia de los bienes de la mujer amada y en infame apariencia de conversión, su postrera tentativa...

--¿Eso se ha dicho! --exclamó Águeda asombrada.

--Eso se ha dicho; esa versión ha circulado en este pueblo; eso le valió hasta los insultos de los ignorantes; eso le alejó para siempre del fin que perseguía; esa pena le enloqueció y armó su brazo y le quitó la vida; y esta horrenda historia me lega en sus postreros instantes para que usted no la ignore... y para tormento de la amarga existencia que aún arrastro; y como no puede ser muy larga jornada tan angustiosa, aprovecho estas horas en que la fiebre del dolor me sostiene, para que el encargo no quede sin cumplirse.

--¡Qué ceguedad, Dios mío! --exclamó Águeda--. Si temió que yo pudiera algún día inficionarme con la ponzoña de esa infame calumnia, ¿por qué no me lo dijo?

--¡Y para qué?...

--¡Para qué!... Para quitar todo fundamento á sus temores... ¡para desprenderme de cuanto poseo! ¿Qué menos debiera yo dar por su felicidad y por la mía!

--El amor contrariado, Águeda, es como la mayor de las locuras: ciega á los hombres y los precipita en todo linaje de desatinos.

--No, doctor: lo que agita y embravece las pasiones en el corazón humano, es el desamparo del alma; lo que debilita al principio y enloquece después, es el desconocimiento de Dios... Se lo dije, doctor, se lo dije, porque le veía á obscuras y desesperado... ¡Infeliz mil veces el hombre que para luchar con las tormentas de la vida, no busca las fuerzas en los consejos de la religión!

--¡Ni gérmenes de ella había en Fernando, Águeda! --dijo el doctor en un desahogo amargo, pero espontáneo, de su conciencia--. ¡Ni eso siquiera!

--¡Y me culpaba usted de su muerte!

--Hacíame injusto la pena, y era el amor lo que le enloquecía.

--Navegaba en un mar de tempestades á ciegas é indefenso, y dió en ese escollo. En otro hubiera perecido lo mismo.

--¡Infeliz de mí si eso fuera cierto; porque la educación del desgraciado es obra mía!... Yo no le infundí otras ideas ni otro culto que el amor á las glorias mundanas; aplaudí sus triunfos en esas luchas sin caridad; con estas alas se elevó... y si es cierto que cuanto más libre es la razón, más esclava de las pasiones se hace el alma, su verdugo fuí... ¡Y era mi orgullo y mi regocijo! ¡Y cuando le soñaba entre los arreboles de su gloria coronando las canas de mi vejez, la desesperación le mata y la desdicha me ofrece su cadáver mutilado; y hasta la justicia humana le niega el triste consuelo de la sepultura en tierra bendecida para los hombres! ¡Donde le ví crecer lleno de vida y de esperanzas, donde más le sonreía la ilusión de sus amores, se pudrirán sus míseros restos señalados por el horror de las gentes, sin compasión á las lágrimas con que yo regaré el mármol que los cubra!

--¡Qué desdicha tan espantosa! --exclamó Águeda anegada en llanto--. ¡Separada de él en la tierra... y eternamente separados después!

--¿También allá!

--Sí, doctor... Murió rebelde, impenitente... ¡el único delito que no cabe en la misericordia divina!

--¡Quién sabe si hubo un instante en los postreros de su existencia!...

--¡Virgen María!... ¡si eso fuera verdad!... ¡Cuánto se lo he pedido á Dios al verle tan cegado por el error!

--Reza, hija mía, reza; reza siempre por él... ¡y reza también por su padre, que bien lo necesita!

--¡Por usted, doctor!... Pues ¿por ventura cree usted en la eficacia de la oración!

--¡Yo no sé, hija mía, qué es lo que creo ya, ni lo que dejo de creer! ¡Lo único que á mis ojos no tiene duda, es la inmensidad de mi desgracia y la de mi dolor sin consuelo!

Abatió la cabeza entonces; ocultó la cara entre las manos, y lloró mucho. Irguióse después; elevó los ojos, turbios por el llanto, adonde tan pocas veces los había elevado, y exclamó entre gemidos y lágrimas:

--Si este martirio que me acongoja es un castigo del cielo... Señor, ¡tremenda es tu justicia!...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Diciembre de 1879.

[Ilustración]

[Ilustración]

ÍNDICE

Páginas.

Al pío lector 5

I.--Pateta 9

II.--La comisión del doctor 35

III.--El sobrino de su tío 55

IV.--La raza 63

V.--La familia 83

VI.--Don Sotero 99

VII.--Águeda 113

VIII.--La espina de Águeda 133

IX.--Los trapillos de Macabeo 151

X.--Las uñas del raposo 165

XI.--Pasa-calle 177

XII.--Más notas para un retrato 185

XIII.--Lo que se decía 199

XIV.--El fondo del abismo 213

XV.--La astilla y el palo 229

XVI.--Rayar en el agua 247

XVII.--Mar sin riberas 257

XVIII.--El último esfuerzo 271

XIX.--Lo que llegó á decirse 287

XX.--Lobo y cordero 303

XXI.--Un caso de moral 321

XXII.--La hoguera de San Juan 335

XXIII.--La moral de aquel caso 347

XXIV.--De cuerpo entero 365

XXV.--Don Plácido 377

XXVI.--La gota de agua 389

XXVII.--Lo que encubrió la noche 401

XXVIII.--Lo que descubrió el día 411

XXIX.--De rechazo 421

XXX.--El sol de Tasia 431

XXXI.--Las heces del cáliz 441

[Ilustración]