De tal palo, tal astilla · Unidad 25 de 26

Inicio — parte 25

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Cuando don Lesmes llegó de la hoz al mediodía, Bastián le aguardaba á la puerta de su casa. Díjole lo que ocurría en la de su tío, y el cirujano corrió á ella sin detenerse á descansar un instante; pero apuntando en su memoria aquel día como el más infausto de todos los de su larga carrera profesional.

Hallábase ya tendido sobre el lecho el enfermo, con el rostro amoratado y verde espumarajo entre los dientes, y rodeábanle Celsa y algunos vecinos que habían acudido á sus gritos y á los de Bastián cuando le vieron derribado en el suelo después de la referida visión de las talegas.

Don Lesmes le reconoció detenidamente, y dijo, volviéndose á los circunstantes:

--Es un _paralís_ de carácter apoplético.

Y como alguien le preguntara qué venían á ser en romance estos latines, añadió el cirujano:

--Una hemiplegia _lateral derecha_.

Tampoco esta explicación satisfizo la natural curiosidad de los presentes. Entonces preguntó Bastián á don Lesmes:

--¿Pero se muere ó no se muere?

--Tan cerca está de morirse --respondió el cirujano-- que vas á ir ahora mismo á buscar la unción mientras yo empleo los pocos recursos que caben en lo humano para tratar de volverle á la vida.

Bastián que tal oyó, echóse sobre el abotargado cuerpo de su tío, no para llorar ni mesarse las greñas en testimonio de su pesadumbre, sino para registrarle los bolsillos hasta dar con las llaves de aquellos cajones en que se guardaban los tesoros del avariento. Cuando las tuvo en la mano, recogió los libros y papeles que había sobre la mesa, los guardó en el arcón muy sosegadamente, y entonces salió á cumplir el encargo hecho por don Lesmes, entre las maldiciones de Celsa y el asombro de los demás.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXX

EL SOL DE TASIA

En las primeras horas de la tarde del día de San Juan, mientras las campanas repicaban al rosario, y las mozas se vestían y se adornaban para ir á rezarle y andar otra vez la procesión antes de dar comienzo la romería, y se dirigían á Valdecines por sierras, mieses y montañas las gentes de los pueblos circunvecinos, Águeda había llamado á Macabeo á su casa.

--Para que esta tarde --le dijo-- celebres la fiesta del santo Patrono más alegremente que lo poco que alcanzaste de la velada de anoche, quiero que sepas que he determinado, con el beneplácito de mi hermana y de mi tío, regalarte cuantas tierras llevas de esta casa en arriendo, sin perjuicio de manifestarte la estimación en que todos te tenemos, con otras dádivas, hasta hacer de tí uno de los mejor acomodados labradores del pueblo. En cuanto al servicio que anoche me prestaste, como no es de los que pueden pagarse con dinero, queremos que le vayas cobrando considerándote como persona allegada á nuestra familia... ¿Te satisface lo que te digo, Macabeo?

--¡No, señora! --respondió éste entre conmovido y entusiasmado--, y máteme Dios si dejo de agradecer en todo lo que vale esa riqueza que usté me ofrece; pero es el caso que, viéndome ya tan pagado, el día en que usté me pida la vida entera porque la necesite, yo mismo he de creer, al dársela, que la doy á cuenta de lo recibido; y eso no tendría gracia maldita.

--Pero como yo te aseguro --repuso Águeda, envolviendo sus palabras en una de aquellas celestiales sonrisas con que se imponía á cuantos la trataban--, que no has de hallarte jamás en ese trance, queda el trato hecho... y vete ahora á divertirte á la romería.

¿Querrán ustedes creer que por más esfuerzos que hizo Macabeo no pudo complacer á Águeda en lo de divertirse aquella tarde? Mucho le desazonaba el asunto de los ramos puestos en sus tierras, y el no poder averiguar qué manos habían andado en el juego; traíale, además, no poco preocupado lo que se decía en cada casa y en todos corrillos, de Fernando, de sus inicuos propósitos y de sus criminales antecedentes, noticias todas que tan mal se avenían con la idea que él tenía formada del campechano joven, y con el destino que se había atrevido á darle en sus oficiosas figuraciones; contrariábale también la misma bulla del día, que le hacía tan poco á propósito para presentarse en casa de Tasia y pedírsela á su padre, según lo acordado entre la moza y él al emprender su viaje á Treshigares; todo esto junto y cada cosa de por sí, era bastante motivo para aguarle la fiesta robándole el buen humor; pero lo que más le acongojaba y entristecía era el recuerdo de lo sucedido en casa de don Sotero al llegar él de Treshigares. Cuando en ello pensaba, y no lo echaba un punto del pensamiento, no comprendía cómo no estaba ya en la picota el consejero, y en presidio el aconsejado. ¡Ah! si no fuera por esparcir los sonidos del suceso, hasta entonces de todos ignorado en el pueblo, ¡qué solfa de palos no hubiera llovido ya sobre las costillas de los dos causantes!... ¡Y uno de ellos era el que le robaba de vez en cuando las preferencias de Tasia!... ¡Bestia dañina y estúpida!... ¡ahora lo vería; ahora que él era rico y preferido, y además le tenía cogido por las greñas de un delito abominable!

En éstas y otras meditaciones pasó la tarde culebreando por la romería, olisqueando las avellanas y chupando algunos caramelos; recibiendo las bromas de la gente, no de muy buen talante, y sin verse asaltado una sola vez de la tentación del baile... ¡y, cuidado, que le hubo hasta de tambor, que es cuanto puede pedirse de estimulante y provocativo!

Por más que registró con los ojos todos los rincones de la romería, no vió á Bastián en ninguno de ellos. Resueltamente era ya cosa muerta su enemigo, en lo tocante á pretender á Tasia.

Decidióse á pedirla al otro día; pero supo al ir á ponerlo en ejecución, que su padre había ido al monte. Bajó de él ya muy tarde, y según noticias, no de muy buen humor, por haber _mosqueado_ los bueyes con los tábanos, _entornado_ el carro y rótosele á la pértiga dos _trichorias_ y el _cabezón_. Aplazó el asunto hasta el día siguiente.

En el cual, como el lector sabe, desde muy temprano comenzó á hablarse en Valdecines del hombre muerto hallado en la hoz. Súpose luégo quién era, y Macabeo se consternó. Averiguó después que el pedáneo había traído una carta, encontrada en el bolsillo del difunto, para Águeda, y estuvo á pique de desmayarse. Corrió á la casa con las pocas fuerzas que le quedaban, á preguntar si le necesitaban para alguna cosa, y dijéronle que no. Quedóse, por lo que pudiera ocurrir, arrimado á la portalada; y allí supo que don Sotero se había puesto muy malo. No se lo tomara Dios en cuenta; pero se alegró con el suceso. Media hora después, y viendo que no le necesitaban en casa de sus señores, internóse en el lugar á caza de noticias, y oyó tocar á muerto. Pasaba don Lesmes muy cerca de él á la sazón, y preguntóle por quién tocaban.

--Por don Sotero Barredera --contestó el cirujano--. ¡El _paralís_ le agarró de firme! Dos horas he estado bregando con él, y como si bregara con una peña. Hace diez minutos que fué á dar á Dios cuenta de sus obras.

--¡Buena estará esa cuenta, caráspitis! --dijo Macabeo llevando hasta la boca sus manos entrelazadas.

--¡Buena de veras! --replicó don Lesmes, guiñando un ojo--. ¡Te digo que éste es día de órdago y quince á la mayor! ¡Ni piernas tengo ya que me lleven, con la faena que traigo desde que amaneció, Macabeo! ¡Y Dios quiera que con lo visto acabemos hoy! ¡Esta condenada secura de tantos días acá, tenía que dar sus frutos!

Y como Macabeo no le escuchaba ya, marchóse el cirujano. Y Macabeo no le escuchaba porque se había puesto á cavilar que la muerte de don Sotero, por más de una razón, podía influir mucho en las miras de Bastián y en los pareceres de Tasia.

--De todos modos --se dijo Macabeo--, á seguro llevan preso; y ahora que está el zorro metido en la cueva, salvemos la gallina.

Y enderezó sus pasos resueltos á casa de Tasia. Entró sin llamar hasta la cocina, alumbrada por la escasa luz que penetraba por la ventana que abría al portal. Sueño le pareció lo que veía; pero no tardó en convencerse de que era pura realidad: allí estaba Bastián en medio de la familia de Tasia, leyendo unos papelones, cuyo contenido causaba el más regocijado asombro en los oyentes.

--¡Á lo que vengo, vengo, Tasia! --dijo Macabeo, anunciando su llegada con estas palabras y un gesto de hiel y vinagre.

--Pues tú dirás á qué vienes --respondió Tasia, volviendo la cara muy desabrida y no poniéndosela su padre más risueña.

Bastián perdió un tantico el color al verse tan cerca de Macabeo; pero estaba bien protegido entonces, y esta reflexión le tranquilizó.

--Si lo ofrecido es deuda, algo me debes, ¡caráspitis! --añadió Macabeo--, y eso es lo que vengo á buscar.

Tasia, muy serena, preguntóle:

--¿Qué te he ofrecido yo, Macabeo?

--¿Qué me dijiste al despedirte de mí la última vez que hablamos juntos? --preguntó á la moza el preguntado--. Venir acá me mandastes.

--¿Díjete, por si acaso, lo que habían de responderte cuando llamaras á la puerta? Además, que de días á días, van muchas horas; y bien sabes tú que en cada hora mudan los pensamientos.

--De veleta floja fueron siempre los tuyos, ¡caráspitis!...

Alzóse en esto el padre con el papel que cogió de las manos á Bastián, y dijo así, mostrándosele á Macabeo:

--Ni entro ni salgo, ni tan siquiera sé por ónde van esos aires con que andáis ahí sopla que sopla; pero mira en este papel una pizca de lo que el señor ofrece á Tasia.

--El señor --respondió Macabeo señalando á Bastián-- haría mejor en dejar ese papel en el arcón en que estaba, siquiera por bien parecer, hasta que la tierra tapara al que apandó tantos caudales... sabe Dios cómo; y bueno fuera también, caráspitis, que antes de ofrecer esas grandezas supiera si eran suyas.

--¡Y mucho que lo son, Dios! --se atrevió á afirmar Bastián.

--Tocante á eso --añadió el padre de Tasia, tomando otros papelotes que le alargó Bastián--, aquí está el testamento que lo reza todo... y mucho más. Has de saberte que Bastián resulta, por estos ites y consonantes, hijo del finado y su heredero único.

--¡Caráspitis! --respondió Macabeo--; sin esos papelotes ni otras pruebas que yo tengo bien flamantes, conociera yo que esta bestia es hijo de tal padre por lo mucho que le llora... Y con esto finiquito y me voy, y muy campante; que la venganza de la falsía que han querido hacerme, en esta casa la dejo con la cría que meten en ella... Y ahora, sábete --añadió, encarándose con Tasia-- que no venía hoy á pedirte, como te has pensado, sino á decirte que para lo que soy y tengo, no es quién una descorazonada, cubiciosa y cicatera como tú.

Con este desahogo salió Macabeo á la calle; pero no tan satisfecho como aparentaba. Cuando menos, la burla le carcomía el puntillo. No obstante, en su buen juicio vió las cosas con completa claridad; dióse por vengado con lo dicho al despedirse de la falsa, y dirigióse á buen andar al punto de donde había salido media hora antes.

--Ésta y no más --decía para sí mientras andaba--, ¡y bien venida sea, caráspitis, por la enseñanza que me trajo!... Y á fe que ya es hora, Macabeo; que años tienes de sobra para no pensar en juegos de galanes. ¡Pobre de mí, caráspitis, si el escarmiento me coge con la cruz á cuestas! Pero Dios me guía y no me desampara, y Él es quien me dice que no nací para casado, porque, aunque pobre y hediondo, hago falta en otra parte. ¡Allí, Macabeo, allí está tu pan y tu calor y tu descanso! Devuelve esas tierras y esos galardones que te regalan y te brindan; cierra tu choza, vende tus ganados; y pues te ofrecen, sin merecerlo, amparo y estimación como á cosa de familia, dí que te den siquiera un rincón debajo de aquel techo y un mendrugo á las horas de comer, ¡y firme, con vida y alma, llorando con los que lloran y riendo con los que rían y trabajando para todos!; y cuando más no puedas porque te rindan los años, ¡muere como perro leal guardando la puerta de quien te da lo que no mereces, y bendiciendo á Dios que, sólo por cumplir con tu deber, te otorgó ángeles por familia y palacios por morada!

Tan abstraído iba en estas meditaciones, que estuvo á riesgo de tropezar con un caballo que, al mismo tiempo que él, llegaba á la portalada. Levantó la vista. El que venía sobre aquel caballo era el doctor Peñarrubia. Pero ¡en qué estado! Si voraces vampiros le hubieran chupado la sangre del rostro, no quedara éste tan descarnado y macilento. En sus ojos no había luz, sino tristeza, desconsuelo, desesperación y surcos de lágrimas; y en su vestido, desaliñado y mordido por las zarzas del monte, notábanse sangrientas señales de que sobre él había descansado la mutilada cabeza del infeliz suicida.

Nada le dijo Macabeo por respeto á su tribulación inmensa, y nada dijo el doctor á Macabeo, en quien no se fijó siquiera al apearse del caballo que el otro le tenía. Dejósele abandonado en cuanto puso los pies en el suelo, y entró en la corralada.

Vióle alejarse Macabeo, y dijo para sí tristemente, mientras se disponía á conducir el caballo á la cuadra del otro lado:

--Por poca vida que Dios me conceda, ¡cuánto me toca ver todavía en esta casa! ¡Y si ello fuera alegre!...

[Ilustración]

[Ilustración]

XXXI

LAS HECES DEL CÁLIZ

Ningún bálsamo tan prodigioso para templar en la memoria de Águeda los recuerdos de la pasada noche, como la noticia que tuvo al día siguiente, de que Fernando había encomendado al cura de Valdecines la tarea de su conversión.

Ya hemos visto que, al considerar los motivos que la alejaban de él, padecía dos tormentos á la vez: el tormento de perderle y el tormento de pensar que el incrédulo se perdía. Ambos dolores se calmaban con aquel remedio.

No hay sol más resplandeciente que el primero que luce después de una tempestad. Así son las ilusiones: las que se forja la imaginación en las treguas de los grandes martirios, son las más agradables. ¡Qué mucho que Águeda se recrease en dar cuerpo y alas y espacio en que volar á las suyas, adquiridas después de tantas y tan deshechas tempestades?

En medio de esta claridad risueña cayó de repente, como noche preñada de horrores, la noticia del suicidio de Fernando. No bastó su carta: fué preciso, para dar al cuadro todo el negro tinte que cabía en él, que el mensajero que la puso en manos de Águeda describiera con inclemente prolijidad los pormenores de la escena que había presenciado en el fondo de aquel inmenso sepulcro. ¿Qué sonda mediría la profundidad del dolor que sintió la desventurada en tan aciago instante! Pero ni una queja brotó de sus labios, ni halló cabida en su mente. Mártir heróica de la fe, recibió el golpe en medio del pecho y á pie firme, convencida por la amarga experiencia de su largo calvario de que para lidiar así la había arrojado Dios á las luchas de la vida; elevó al cielo cuanto de ángel había en su naturaleza formada para el martirio; y ya no pensó en que padecía, sino en padecer más para ofrecer sus tormentos en satisfacción por el delito de Fernando, si era posible que á su enormidad alcanzase la divina misericordia.

--«Si existe ese Dios á quien adoras y me sacrificas --decía un párrafo de la carta del suicida--, ¿por qué siembra de oprobios y de afrentas el único camino por donde puedo buscarle para conocerle y merecerte? Ó tu Dios no existe ó es el mal.»

¡Rebelde y blasfemo!... ¡Insensato!... ¡Y adoraba á Águeda, y no alcanzaba á ver en ella el vivo ejemplo del valor cristiano; cómo se lucha y se sufre y se vence en las grandes tribulaciones de la vida; cuál es el deber y cuál es la locura; cuál es la verdad y cuál es el falso brillo de los errores de la conciencia; hasta dónde llega la flaca razón humana, y desde dónde comienza á revelarse la providencia de Dios; cómo es fuerza lo que parece debilidad, y cómo consiste el valor, no en aniquilarse delante del peligro, sino en afrontarle á pecho descubierto!

Concebía á Fernando incrédulo, separado de ella y hasta luchando inútilmente por creer para merecerla; imaginósele alguna vez desesperanzado y desfallecido, y aun sucumbiendo entre dudas... Pero morir por su propia mano y abrazado á sus errores, con la desesperación en el alma y la blasfemia entre los labios, y ser ella el motivo, la chispa que produjo la explosión de tal demencia, pasaba mucho más allá de los límites de sus previsiones. Ni en el cielo podía haber perdón para crimen tan horrendo, ni en la tierra descanso ni sosiego para ella.

El bueno de don Plácido intentó en vano consolarla.

--Vamos, hija mía --díjola cariñoso--, ánimo... ¡ánimo, y siempre ánimo; que, al fin y al cabo, no quedas sola en el mundo!... Bien considerado este suceso, era de esperarse más tarde ó más temprano... y, francamente, preferible es que haya ocurrido ahora... Digo que era de esperar, porque donde no hay temor de Dios, no caben obras más cuerdas; y bien sabes tú cómo anda la religión en esa casta. Cierto que su padre, aunque hereje, va arrastrando la vida sosegadamente; pero esto puede consistir en que el aislamiento en que vive le pone á cubierto de las desazones con que se prueba el temple de las almas. Además, según mis noticias, las herejías del padre son tortas y pan pintado comparadas con la incredulidad de que se jactaba el hijo... Y eso tenía que suceder por la fuerza misma de las cosas: _de tal palo, tal astilla_. De un tibio y descuidado en materias de fe, nace un volteriano como el doctor Peñarrubia; de un volteriano, un ateo que pierde los estribos al menor contratiempo, y se vuelve loco, ó se quita la vida, que tanto monta... Y en su lógica obran muy racionalmente: muerto el perro se acabó la rabia... pues mato el perro. En cuanto á los tontos que en el mundo dejan tales sabios llorando su criminal locura, ¿qué vale eso? Quien no acierta á conocer á Dios en toda su vida, ¿cómo ha de fijarse en semejantes pequeñeces en el momento de cometer la heroicidad?... No faltan desventurados que la aplauden... y hasta la imitan; y á ello hay que atenerse. ¡Admirable raza para regenerar el viejo mundo! ¡Admirable seso el de los hombres que se desviven por echar hacia ese abismo las corrientes de las ideas!

Nada respondía Águeda á estas observaciones de su tío; pero comenzó á llorar en silencio. Entonces dijo don Plácido acariciándola:

--Eso es lo que necesitas por ahora, hija mía: llorar, llorar mucho. Las lágrimas fueron puestas por Dios en los ojos para desahogar las penas del corazón. Llora y descansa.

Después, no pudiendo consolarla, trató de distraerla y la habló así:

--Díjete que no te quedabas sola en el mundo, y dije la verdad. Has de saber que he convenido con tu hermana en venirme á vivir con vosotras.

Aquí rompió Águeda el silencio para expresar la alegría que le causaba la noticia.

--¿Pudiste creer jamás que yo os abandonara? --exclamó don Plácido.

--No, señor; pero nunca me hubiera atrevido á pedir á usted tan grande sacrificio.

--¡Me gusta la salida! ¡Sacrificio nada menos! No hay tal sacrificio, hija mía, en mi propósito; antes hay mucho egoísmo... Me he convencido de que para cultivar la única afición que tengo, lo mismo da Valdecines que Treshigares. Con trasladar á tu casa mi gallinero, se acabó la dificultad. Además, no quiero ocultarte que, según van pasando los años, me van pareciendo más largas las horas en aquella soledad... Está visto que los niños y los viejos no pueden vivir sin el calor de la familia.

--¡Qué inmenso beneficio hace usted á mi hermana!

--¡Ah, picarilla!... ¡Toda tu gratitud por ella, y nada por tí!... es decir, que me dejas, precisamente, sin lo que yo iba buscando... Bueno, bueno. ¡Sacrifíquese usted por ingratas!

Á esta broma respondió Águeda, acompañando sus palabras con una sonrisa que parecía un sudario:

--Pilar empieza á vivir ahora, tío... es una niña.