De tal palo, tal astilla · Unidad 7 de 26

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--¡Estas cosas!... siempre está usté con «estas cosas» al retortero; y el demonio que le entienda. ¡Dios! hable claro de una vez, aunque reviente, y medraremos.

Miró don Sotero de alto á bajo á Bastián, con un gesto que se resiste á toda pintura, por lo mezclado que anduvo en él lo feo con lo duro, lo irónico, lo amenazador y lo depresivo, y díjole al fin:

--No olvides lo que te he encargado: desde este momento ¡ni un paso tuyo en Valdecines sin que yo le conozca y le autorice! Hay que aprovechar ¡hasta los minutos! Esto es todo lo que te importa saber. Y ahora, pedazo de bruto, lárgate de ahí á mudarte esa ropa.

Bastián se dió media vuelta; atravesó la sala de dos zancadas, y entró en la alcoba frontera á la de don Sotero, exclamando al cerrar con ira la desvencijada puerta:

--¡Dios!... ¡qué hombre!

El tal, cuando se vió solo, sacó del bolsillo la carta que había guardado al acercarse Bastián; tornó á humedecer la pluma en los cendales del tintero; hizo algunos números en la parte no escrita del sobre; luégo se entretuvo en despegar el sello, que guardó cuidadosamente entre otros que tenía envueltos en un papel dentro del armario; y, por último, rompió la carta en pedacitos muy pequeños, que aún subdividió en otros casi microscópicos.

--¡Que aguarde la respuesta! --murmuró sonriéndose.

Volvió á sentarse, y del cajón de la mesa sacó un libro que, según rezaba el tejuelo de la tapa, era de cuentas de su «_Administración de las rentas y aparcerías de doña Marta Rubárcena de Quincevillas_;» y antes de abrirle, llamó muy recio desde la puerta de la alcoba:

--¡Celsa!

Y al punto apareció en la sala, arrastrando las chancletas, una mujer, ya de años, con no pocos remedos, si es que no era fiel trasunto, de aquella piadosísima _Pipota_, consejera y buscona del archicélebre _Monipodio_. Y díjola don Sotero en cuanto la vió:

--Avísame cuando oigas tocar á misa, que hoy no es día de perderla.

Con lo cual, la vieja se volvió á su escondrijo y el hombre á sus papeles.

[Ilustración]

[Ilustración]

VII

ÁGUEDA

Si la superficie de un dormido lago se transformara súbitamente en pradera verde y lozana, y á un extremo de ella brotaran un bardal espeso aquí; un grupo de castaños allá; dos higueras enfrente; un robledal más lejos; una fila de cerezos delante de un barullo de manzanos y _cerojales_; una mimbrera junto á una charca festoneada de juncos, _menta de perro_ y _uvas de culebra_; un alisal hacia el monte... y otros cien adornos semejantes, que el buen gusto del lector puede ir imaginando sin temor de alejarse de la verdad; y luégo colocáramos una casita, agazapada debajo de su ancho alero, como tortuga en su concha, al socaire del bardal; otras dos parecidas, á la sombra de las higueras; cuatro ó cinco, no mayores, detrás de los castaños; algunas, con balcón de madera, aquí y allí, compartiendo amistosamente con las más humildes el amparo del robledal ó los sabrosos dones de los frutales; otras muchas, y cada una de por sí, arrimadas á la setura de un _solar_, ó á la pared de un huerto; y en el centro de este _ordenado_ y pintoresco _desorden_, una iglesia modestísima alzando su aguda espadaña, como pastor vigilante la cabeza para cuidar de su disperso rebaño; y, por último, subiéramos al monte frontero, y en una de sus cañadas tomáramos la linfa de un manantial, y la dejáramos descender á su libertad, y arrastrarse á las puertas de este caserío, y murmurar entre las lindes de dos huertos de la mala acogida que se le hiciera en las abiertas corraladas, hasta que después de refrescar las raíces de los álamos cercanos á la iglesia y hacer á ésta una humildísima reverencia que le costara un nuevo rodeo en su camino, se largara mies abajo, entre berros y espadañas, tendríamos, lector discreto, pintiparado á Valdecines. Así está tendido al comienzo de un angosto y no muy largo valle, llano como la palma de la mano; así están distribuídos, como en dibujo de hábil artista, sus caseríos, sus huertos, sus arboledas y sus aguas. Montes de poca altura, pero bien vestidos, y la sierra que conocemos, amparan el valle por todas partes; y se une á otro más extenso por el angosto boquete que da salida al riachuelo que, paso á paso y con la ayuda de otros vagabundos como él, va tomando humos de río.

La casa en que han ocurrido los sucesos de que dimos noticia al lector en el capítulo II, es de las más próximas á la sierra. Como la mayor parte de las solariegas de la Montaña, sólo en dos fachadas tiene balcones: al oriente y al mediodía. La corralada, de que también hemos hablado, está delante de esta fachada; la del oriente cae sobre un jardín separado de la vía pública por un enverjado que arranca de la pared del corral y se une por el otro extremo á un muro que, después de describir una curva extensísima, va á soldarse con el otro costado de la portalada, dejando encerrado un vasto parque en que abunda, con inteligente distribución, lo útil y lo agradable.

Dentro de esta casa no se busque el muelle lujo de la ciudad. Holgura, comodidad, abundancia, buen gusto y primores de limpieza, eso sí. Durante el feliz matrimonio de la última de los Rubárcenas con el señor de Quincevillas, se hicieron en ella notables reformas, procurándose hermanar en lo posible las reliquias de antaño y las exigencias de las necesidades modernas. Son muy venerables los techos de madera, las camas de alto testero y los bancos de encina con tallado espaldar; pero son mucho más cómodos los cielos rasos, las camas metálicas con jergón de muelles y los sillones tapizados, siempre que se trata de dormir y de sentarse. Cuando se fundó aquella casa, todo el lujo _de clase_ consistía, después de los indispensables blasones esculpidos en piedra sobre el centro de la _solana_, en una portalada de sillería con adornos y remates de escultura, costoso marco en que encajaban dos portones macizos atestados de clavos de altísima cabeza, para dar ingreso á un corral, obstruído ordinariamente por el acopio de leña para largos meses, un carro de labranza, un horno de pan, el brocal de un pozo con su correspondiente pila, y á menudo un montón de estiércol, amén del perro y las gallinas, cuando no los conejos. Esto al mediodía, en lugar preferente. El huerto, pequeño y asombrado por elevadas tapias, como cosa indigna de verse, estaba relegado á la fachada del norte; es decir, al frío y á la obscuridad. Sin embargo, era otro detalle _de clase_; por lo cual se cargaba el despilfarro y la fachenda en las tapias que se veían, importando dos cominos que la fruta y las legumbres fueran pocas y malas.

Así estaba aún la casa de los Rubárcenas cuando unió sus blasones á los de los Quincevillas. El avisado matrimonio comprendió que se podía mejorar aquello sin ofensa de la tradición; y fué su primer acuerdo dejar la portalada como la hallaron, por lo que tenía de vieja y, sobre todo, de monumental; pero quitaron el horno y trasladaron los demás estorbos del corral á una casita de labranza, construída á este propósito en terreno que abundaba al otro lado de la casa solariega. El tal terreno fué creciendo en extensión en virtud de compras y cambios hechos por don Dámaso, muy aficionado á estas cosas, que son la salsa de la vida campestre. _Redondeada_ la finca, comenzaron las roturaciones, los plantíos y las siembras, y, por último, se cercó á cal y canto, en la cual tarea, como nos dijo don Lesmes, sorprendió la muerte al señor de Quincevillas. El jardín fué proyecto de su mujer, y en su ejecución no intervino poco el buen gusto de Águeda, aunque era á la sazón una niña.

Así andaba en aquella casa, por fuera y por dentro, mezclada la tradición venerable con los estilos del día, como anda en todas las solariegas de la Montaña, que no han acabado _en punta_, ó no se han visto abandonadas por sus señores, más acomodados al bullicio de la ciudad que al silencioso apartamiento de la aldea.

Cuentan los viejos de Valdecines que, por aquel entonces, la señora de Quincevillas tenía que ver. Á creerlos, reinas la vestían y emperatrices la peinaban; no por el lujo, que nunca fué tentada de él, sino por el modo; el sol y la luna llevaba pintados en sus ojos negros; y no parecía sino que los mismos ángeles le plegaban los labios cuando sonreía. Su pelo era más fino y más negro que la seda; el cutis, como nieve entre rosas, y torneros de la gloria debieron de hacer aquel cuerpo gallardo que, al andar, se mecía como el dorado mimbre al blando soplo del terral de la aurora.

Y no digo lo que se refiere de su caridad sin límites, de su amor á los pobres y de su despego de las pompas mundanas, porque sería el cuento de nunca acabar; y callo lo que se ensalza la especie de veneración que sentía por su marido, tan digno de semejante mujer, por sus altas prendas y señaladísimas virtudes; y lo que se pondera su piedad edificante sin extremos ni gazmoñería; y, por último, lo que se regocijaba su alma en la contemplación de la hija con que Dios había querido estrechar más los lazos de aquel venturoso matrimonio, porque lo uno se adivina fácilmente, y de lo otro voy á hablar yo por mi propia cuenta.

Cierto, ciertísimo, que la última de los Rubárcenas tenía mucho talento, y evidente y comprobado que no le mostró jamás elevándose á las cumbres de la filosofía, ni á otras alturas en que las mujeres se hacen ridículas, y se marean muy á menudo los hombres, sino bajándose á los prosáicos pormenores de la vida doméstica. Tengo para mí que es más difícil dirigir una familia sin que ninguno de sus miembros se extravíe, ó la discordia arroje de vez en cuando en medio del grupo su manzana, que gobernar un Estado. La señora de Quincevillas fué un modelo admirable en aquel empeño. Ayudáronla en él su fe cristiana, ante todo; es decir, la luz y la fuerza para conocer y cumplir sin desmayo los altísimos deberes de su cargo, como esposa y como madre; y, en segundo término, el rico caudal de conocimientos, á cual más útil en los ordinarios sucesos de la vida íntima, adquirido en germen durante su estancia en el colegio y profusamente desarrollado más tarde por la virtud de su rara inteligencia.

La educación de Águeda, la formación de aquel hermoso carácter de que ya hemos oído hablar, fué la grande obra de su vida, tarea en que, de ordinario, tantos desvelos se malogran por falta de tacto. Cera es la infancia que así se deshace con el calor excesivo, como se endurece con el frío extremado. Conservarla en el grado preciso para que pueda tomar la forma deseada, sin que se quiebre ó se deshaga entre las manos, es el misterio del arte de la educación. Con ese tino consiguió la discreta señora dirigir á su gusto el corazón y la inteligencia de su hija hasta formarla por completo á su semejanza. Verdad que se prestaba á ello la dócil masa de la despierta niña; pero en esa misma docilidad estaba el riesgo cabalmente.

Que esta educación se fundó sobre los cimientos de la ley de Dios, sin salvedades acomodaticias ni comentarios sutiles, se deduce de lo que sabemos de la maestra, aunque está de más afirmarlo tratándose de una ilustre casa de la Montaña, todas ellas, como las más humildes, regidas por la misma ley inalterada é inalterable. En lo que se distinguió esta madre de otras muchas madres en casos idénticos, fué en su empeño resuelto de explicar á su hija la razón de las cosas para acostumbrarla, en lo de tejas arriba, á considerar las prácticas, no como deberes penosos y maquinales, sino como lazos de unión entre Dios y sus criaturas; á tomarlas como una grata necesidad del espíritu, no siempre y á todas horas como una mortificación de la carne rebelde. De este modo, es decir, con la fuerza del convencimiento racional, arraigó sus creencias en el corazón. Así es la fe de los mártires: heróica, invencible; pero risueña y atractiva: ciega, en cuanto á sus misterios, no en cuanto á la razón de que éstos sean impenetrables y creíbles. Es de gran monta esta distinción que no quiere profundizar la malicia heterodoxa, y de que tampoco sabe darse clara cuenta la ortodoxia _á puño cerrado_.

Por un procedimiento análogo, es decir, estimulando la natural curiosidad de los niños, consiguió doña Marta inclinar la de su hija, en lo de puro adorno y cultura mundana, al lado conveniente á sus propósitos; y una vez en aquel terreno, la condujo con suma facilidad desde el esbozo de las ideas al conocimiento de las cosas. Libros bien escogidos y muy adecuados, la ayudaban en tan delicada tarea; al cabo de la cual, Águeda halló su corazón y su inteligencia dispuestos al sentimiento y á la percepción, único propósito de su madre; pues no quería ésta á su hija erudita, sino discreta; no espigaba la mies, preparaba el terreno y le ponía en condiciones de producir copiosos frutos, sanos y nutritivos, depositando en él buena semilla.

Algunos viajes hechos por Águeda, oportunamente dispuestos por su madre, la permitieron comparar, á su modo, la idea que tenía formada del mundo con la realidad de él; y como ya para entonces la previsora maestra la había enseñado á leer en las extensas páginas del hermoso suelo patrio, convencióse la perspicaz educanda de que _dice_ mucho menos la ciudad con sus estruendos, que la agreste naturaleza con su meditabunda tranquilidad. No exageraba su madre cuando la aseguraba, con un famoso novelista, que en todo paisaje hay ideas. ¡Cuántas encontraba Águeda entre los horizontes de su lindo valle!

Y he aquí de qué manera consiguió doña Marta arraigar en su hija el amor al suelo nativo, otro de sus intentos más meditados, por juzgar el caso de suma transcendencia.

Concluída la educación de Águeda, comenzó su madre la de su otra hija, venida al mundo diez años después que aquélla; y en los tanteos andaba, no más, de la candorosa y rudimentaria inteligencia de la niña, cuando la muerte asaltó la risueña morada de aquel venturoso grupo, hiriendo á la figura que más descollaba en él y mayor espacio ocupaba en el hogar.

Todo parecía haberlo previsto la noble dama, menos este insuperable infortunio. Como decreto de Dios, le aceptó con la frente humillada; pero la naturaleza reclamó su tributo de lágrimas y dolores, y la viuda se le pagó al cabo con exceso. Tantos años de no interrumpida felicidad, dejan fuertes raíces en el corazón y en la memoria; hiérelos el mismo golpe que detiene el curso del tiempo venturoso, que no ha de volver jamás; y en la amarga sima que abre, el alma de mejor temple cae y se contrista. Así cayó abatido el espíritu de mujer tan animosa.

Águeda sepultó en su pecho el dolor propio para mitigar, en lo posible, el que, de hora en hora, se imponía con creciente fuerza á la virtud de su madre. Reemplazóla en las más indispensables atenciones domésticas, por de pronto. Animóse con el ensayo; en otra tentativa echó sobre sí el peso de mayores cuidados; y cuando se cargó con todos ellos, la atribulada madre, como si hubiera estado esperando aquel resultado de una prueba intentada, se abandonó por completo á sus meditaciones y tristezas. Pronto se reflejaron en su cuerpo los dolores de su alma; y de aquella matrona gentil y apuesta, en que todo era escultural y hermoso, fueron desapareciendo la tersura y la redondez de las formas, como si el luto que vestía fuera una cruz de hierro con espinas; comenzaron á encanecer sus cabellos, y estampó en su rostro todas sus huellas tristes la negra melancolía. Acrecentóse en ella el fervor religioso, y se entregó á la vida mística y de mortificaciones.

Águeda contaba entonces diez y ocho años, y puede decirse que se hallaba ya en la plenitud de su desarrollo y de su hermosura. Tenía de su madre, en los buenos tiempos de ésta, los contornos artísticos y graciosos, la corrección de facciones y la arrogancia del conjunto; pero era rubia con ojos azules muy obscuros, con larguísimas pestañas, casi negras, detalle que daba á su mirada dulce una extraordinaria intensidad.

De su natural gracejo y de las penas sentidas por el estado de su madre, se había formado un carácter entre abierto y reflexivo, que era su mayor encanto; mezcla peregrina de candor y de madurez, ostentaba todo el brillo de la mujer discreta, sin la insufrible impertinencia de la joven resabida. Naturaleza exuberante y poderosa, había resistido el influjo de las tristezas del hogar en una época de la vida en que ésta es el reflejo de cuanto la rodea; y consiguió tal victoria buscando fuerzas en la misma necesidad que la obligaba á trabajar sin descanso como madre afanosa, sin dejar de ser niña. Esta práctica admirable fué la mejor piedra de toque de las enseñanzas de su madre. Creo que ha dicho alguien (y si no lo ha dicho lo digo yo ahora) que la experiencia del mundo no consiste en el número de cosas que se han visto, sino en el número de cosas sobre que se ha reflexionado; y Águeda había reflexionado mucho: primero, por obra de las recibidas enseñanzas, y después, por el rigor de los acontecimientos. En esto estribaba el secreto de aquel juicio precoz que tanto asombraba á don Lesmes.

Acostumbrada á pensar y á sentir por todos en el hogar, su entendimiento y su corazón habían formado una alianza admirable; nada aceptaba el uno sin la aquiescencia del otro; allí no cabían pasiones irreflexivas y tumultuosas; pero, en cambio, lo que una vez entraba, era para no salir jamás.

Á pesar de la abdicación que parecía haber hecho de todas las facultades, doña Marta, en los pocos asuntos que pudiéramos llamar de pura diplomacia, en los cuales, por su posición y conexiones, se veía precisada á entender, era siempre la mujer de talento superior y de amenísimo trato. El dolor que la producían estas violencias del espíritu, sólo ella podía pintarle.

Tan insufrible debía parecerle, que habiéndosele prescrito los baños de mar como de necesidad inexcusable, al volver con su hija de tomarlos por segunda vez,

--¡No más! --dijo al entrar en su casa--. ¡La muerte antes que esta violencia!

Y la violencia consistía en tener que frecuentar el trato de amigos y parientes, durante su permanencia en la ciudad, y corresponder á las molestas atenciones que siempre se consagran en el mundo á las madres ricas de las hijas solteras, aunque no sean tan hermosas y atractivas como Águeda.

Sepultóse al fin en Valdecines, llena de pesadumbres y de achaques; y un año después acabáronse las unas y los otros, de la triste manera que ha visto el lector algunos capítulos más atrás.