De tal palo, tal astilla · Unidad 8 de 26

Inicio — parte 8

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Ofensa grave hiciera yo al piadoso corazón de ese caballero, si me entretuviera, después de todo lo dicho, en pintarle los grados del dolor sentido por la hermosa doncella al ver morir á su madre; pero ha de saber que, para aumentar este dolor, que tan fácilmente se concibe, hubo un manojito de espinas con que no contaba la huérfana. Pensó la desventurada que después de amortajar á su madre, cerrarle los ojos, poner entre sus manos yertas la bula y la cruz del rosario, y estampar un beso de despedida sobre su frente marmórea, podría desahogar el acongojado pecho rompiendo el dique á las lágrimas. Pues no, señor. De aquellos lances se daban pocos en Valdecines, y Águeda era el jefe de la casa. Tuvo, por consiguiente, que proveer á un sinnúmero de necesidades del momento, y responder á otras tantas preguntas crueles sobre el pormenor de los funerales, el número de curas, la calidad y la cantidad de los invitados forasteros... ¡hasta sobre el forro y las tachuelas del ataúd! Y pasó aquello, y vino el día del entierro; y cuando el corazón se le partía en el pecho al ver que se llevaban á su madre entre cuatro tablas para dar pasto á los gusanos con aquellos míseros restos de la vida, comenzaron los saludos estúpidos, las caras grotescamente tristes, las falsas protestas de sentimiento... y como los visitantes eran forasteros y habían asistido al funeral, que se acabó al mediodía, hubo que servirles copioso agasajo, y hasta que presidir la mesa ¡ella, que no se alimentaba sino de lágrimas!

Yo no sé cuándo la sociedad ha de convencerse de que esas atenciones que consagra á los que lloran en casos tales, son impertinencias que producen el efecto contrario; y es un dolor que ya que la sociedad sea incorregible en ese pecado, no se resuelva el afligido á decirla, atravesado á la puerta de su hogar:

--¡Vaya usted muy enhoramala! ¡No puedo con lo que tengo encima, y viene usted ahora á echarme todo el peso de sus sandeces!

Pero ¿quieren ustedes apostar una cosa buena á que si la sociedad llegara á dar, en esos trances, una prueba de buen sentido, habían de poner los dolientes el grito en el cielo? «¿Adónde vamos á parar? ¡Qué es esto! ¿Dónde están esos amigos de ayer que no vienen á consolarme hoy?»

Somos así. No obstante, por lo que á Águeda respecta, me atrevo á asegurar que no hubiera exhalado quejas tales al verse aislada en trance tan amargo.

Pero, al fin, pasaron los días de prueba... porque (eso es lo bueno que tiene este pícaro mundo) todo pasa en él como por la posta; y logró quedarse sola con su dolor y sus recuerdos. Lloró muchas, ¡muchas lágrimas! Después, como tenía que pensar en todo, secas ya las fuentes de sus ojos, quiso orientarse en la apurada situación en que la voluntad de Dios la había colocado; quiso saber qué le quedaba en el mundo como abrigo y amparo; qué debía temer, qué debía esperar. Y miró en su derredor, y se vió sola y cargada de deberes, cuyo peso le parecía superior á sus fuerzas. Atrevióse á mirar al fondo de su corazón, y apartó de él la vista con espanto. Allí había algo como una espina, que la punzaba, y no podía arrancarlo por más esfuerzos que hacía; trataba de mitigar el dolor amparándose con el recuerdo de su madre, y más le exacerbaba así. Las dos imágenes no cabían en paz en su corazón, ¡y la desventurada no podía pensar en la una sin consagrar la mitad del pensamiento á la otra! Volvió á verter mares de lágrimas, y llorando seguía cuando una voz infantil dijo á su lado:

--¡Águeda!

Ésta levantó la cabeza que hundía entre sus manos, y vió á su hermanita que de pie, enfrente de ella, la contemplaba con el hermoso rostro contristado. También era rubia y blanca, y profusas madejas de rizos envolvían su cuello y descansaban trémulos y brillantes sobre los hombros cubiertos con las negras y ásperas lanas del luto riguroso que vestía.

--¡Pobrecilla! --murmuró Águeda, atrayéndose á la niña y dándola un beso--; me olvidaba de tí.

--También te olvidas de lo que me prometiste --dijo Pilar, enredando con las puntas del ceñidor de la negra bata de su hermana.

--Pues ¿qué te he prometido, ángel de Dios?

--No llorar más... ¡y siempre estás llorando!

--Es verdad... Pero no volveré á hacerlo, para no afligirte.

--Eso dices siempre... y, con todo, lloras... También me prometiste otra cosa.

--¿Qué cosa, hija mía?

--Despachar á don Sotero... ¡Ay, Águeda! ¡qué miedo me da ese hombre! Desde que se murió mamá, parece que tiene los ojos más verdes, y la voz más agria, y la boca más honda, y los dientes más afilados. ¡Algunas veces me manda las cosas con un aire!... Antes no hacía eso... ¡Échale, Águeda!

--Pero, niña, ¿cómo quieres que yo despida de repente á un hombre que en vida de nuestra madre ocupó tan señalado lugar en esta casa? Parecería eso muy mal. Ya te he dicho que cuando venga nuestro tío Plácido, que no puede tardar, iremos poco á poco separándole del cargo que ahora tiene...

--¡Mira que es muy malo, Águeda!

--Aprensiones tuyas, hija mía.

--Y tuyas también, ¡ea! que por la cara que le pones, y alguna palabra suelta, conozco yo que no le puedes ver.

--Las niñas discretas no deben meterse con sus juicios en tales honduras.

--Eso es, ¡ríñeme ahora!

--No te riño, hija mía, sino que deseo que dejes á mi cargo ese asunto que me interesa mucho más que á tí.

--¿Y si me trata mal ese hombre?

--¡Se guardará muy bien de hacerlo!

--¿Y si no se guarda?

--Si no se guarda, no esperaremos á que venga nuestro tío para hacer lo que debamos... Y ahora vete á correr por el jardín, y entiende que desde mañana vas á comenzar tus lecciones interrumpidas.

--¡Tan pronto!

--Más de dos semanas has tenido de vacaciones.

--¡Y bien tristes!

--Por lo mismo nos conviene á las dos volver cuanto antes á esas tareas. Así nos distraeremos.

--Adiós --dijo Pilar besando á su hermana en la tersa mejilla.

--Adiós, hija mía --contestó Águeda estrechando á la niña contra su pecho y dándola un beso en los rizos de la frente.

[Ilustración]

[Ilustración]

VIII

LA ESPINA DE ÁGUEDA

Mientras esto pasaba arriba, abajo, cerca de la portalada, se apeaba un personaje, no desconocido para el lector, y entregaba el caballo á Macabeo, que le había visto llegar y tenido el estribo.

Y decía Macabeo:

--Ya extrañaba yo que, hallándose usted en la tierruca, no se diera una vuelta por acá á rendir su homenaje correspondiente á la pobre señorita... Porque, hablando en punto de verdad, ¡qué caráspitis! si en vida de la señora, que en paz descanse, hubo entre ustedes sus dares y tomares, nunca mejor ocasión que ésta para echar pelillos á la mar; y nada tiene que ver el que las gentes no congenien, con venir á limpiar las lágrimas de los que lloran por los muertos: la caridad de Dios lo manda y el mesmo corazón lo pide. ¿No es verdad, don Fernando?

Y respondía Fernando, no muy entonado ni seguro de voz, algo receloso de mirada y bastante desconcertado de ademanes, como quien va á acometer una empresa muy arriesgada:

--¿Y qué motivos tienes tú, buen Macabeo, para asegurar que entre esta familia y yo hubo alguna vez esos dares y tomares de que hablas?

--Motivos, por decir motivos, señor don Fernando, no los tengo mayormente; pero ya sabe usted lo que es la gente: cuando ve que uno menudea el trato con otro, y luégo se entera de que el trato no sigue, se vuelve tarumba buscando el por qué de la cosa; y muy á menudo da lo que presume por lo que no encuentra. Bien pudiera suceder en lo presente algo de esto; y si sucede, que no valga lo dicho, y salud nos dé Dios. Díjelo al auto de ensalzar el caso de la bienvenida, que, por lo demás, yo no entro ni salgo... Y á lo que le voy: creo que no miento, caráspitis, si le aseguro á usted que no ha quedado señor de copete en el redondel de la provincia, sin venir á dar su sombrerada á la señorita... ¡Ay, qué días, señor don Fernando; qué laberintos y trajines!... ¡Ya se ve! de los pudientes, todos resultan amigos y parientes... No juraré yo que muchos de ellos no hayan venido por bambolla, y tal cual por lo que se pesca en el regodeo del bizcocho remojado, cuando no en el ollón del mediodía; que de unos y otros hubo. Á todo se hace en la vida, créalo usted; y Dios me perdone si en el supuesto levanto algún falso testimonio... Por eso no llamo á nadie por su nombre, aunque bien pudiera. ¡Y qué decirle á usted del entierro de la señora, que en gloria esté á la presente! ¡Caráspitis! Bien que algo ya sabrá usted, porque en él hubo mucha gente de Perojales. Aquello, señor don Fernando, no se ve más que una vez en la vida; y en esa, cuente que los ojos de la cara no alcanzan á ver la mitad. Aquí fué día de fiesta, por lo tocante á no trabajar nadie; la iglesia se llenó con unos y con otros á lo mejor del caso, y en la brañuca de afuera no cabía un mosquito. ¡Pero adentro!... ¡uf! el señorío más pudiente de la provincia en cuatro ringleras, de arriba abajo; más de cincuenta curas cantando las vigilias en el coro. ¡Qué voces! Cuando el de Piongo echó el _Desila_ (_dies illa_), la gente lloraba. ¡Cuento parece que con los años que tiene entone de aquella manera!... Después la misa. ¡Caráspitis! ¡qué jumera se armó con aquellos incensarios! ¡Qué ruido con aquellos cánticos tan tristes! ¡Qué malenconía daban aquellas casullas tan negras y aquellas luces tan altas al reguedor del _tomulto_ que se perdía de vista allá arriba! ¡Y todavía había cirios encima de él, y cirios en el suelo, y cirios en todas partes!... ¡Aquello ardía, señor don Fernando, y partía el alma! ¡Y más la partió el rodear después todos los curas el tomulto; y responso va, y jisopada viene, incensada por acá, _requiem_ por allí, _amén_ por el otro lado! ¡Corazón de peña había que tener para no llorar con aquellos clamores, que no paecía sino que subían con el incienso, techo arriba, hasta el mesmo cielo!... ¡Vaya si subirían! Así subiera yo el día de mi muerte... Pues ¿y de limosnas?... Los pobres se aviaron para mucho tiempo... ¡No digamos cosa del sustipendio á los señores curas! un ochentín á cada forastero... ¡Un ochentín! Onde más se da por lo mismo, no llega á treinta reales. Dicen que á don Sotero se le iba el corazón detrás de cada moneda que daba, aunque lo hacía por cuenta ajena; pero al que lo tiene de suyo, á la cara le sale, aunque se rasque el vecino.

Como á Fernando le devoraba la inquietud, cortó aquí la narración de Macabeo.

--Muy bien está --le dijo-- todo eso que me refieres; pero advierte que deseo saludar cuanto antes á la señora, y dime si podré hacerlo.

--¡Eso no se pregunta, señor don Fernando!... digo, paréceme á mí, salvo tropiezo que no barrunto á la presente...

--Pues recoge mi caballo... y hasta luégo.

Hízolo así Macabeo; y mientras le llevaba de las riendas á la cuadra, Fernando abrió la portalada y entró en el corral.

Águeda se hallaba sola. Anunciáronle una visita; y sin dársele tiempo para preguntar de quién era, ya apareció Fernando en la estancia, pálido y torpe, como colegial delante de su maestro. Águeda, al verle, se puso no pálida, sino lívida.

--¡Virgen santa! --murmuró apartando los ojos de Fernando.

Á esta escena siguieron frases descosidas y actitudes violentas que se dejan adivinar fácilmente. ¡Donoso estaba á la sazón el impávido adalid de la nueva ciencia! ¡Temblar delante de una _señorita de aldea_, el que erguido sobre la tribuna ponía en efervescencia á la muchedumbre con el vigor de su palabra!

Precisamente á estos recuerdos se agarró Fernando para adquirir la serenidad que le faltaba en aquel trance, que no dejaba de ser espinoso para él, como se verá por lo que sigue.

Encauzada, al fin, la conversación, gracias al esfuerzo de voluntad del joven, llegó á decir Águeda:

--Veía la muerte junto al lecho de mi madre; juzgué que el doctor Peñarrubia era el único recurso humano que podía salvarla, y le busqué.

--Eso es decirme, Águeda --replicó Fernando--, que yo he creído que en la carta escrita á mi padre iba la llave para que yo abriera estas puertas que se habían cerrado.

--Esto es dar á un hecho la única explicación que tiene.

--Y por ventura ¿le he dado yo otra distinta?

--Expongo la razón de mi conducta.

--¿Á quién? ¿Á mí? ¡Ay, Águeda! ¡desgraciadamente no puedo invocar ese derecho!

--Pero yo le reconozco en quien acaso me escucha en este instante: su memoria es mi juez, y ha de serlo.

--No olvido que ese juez me cerró estas puertas.

Águeda calló.

--Ni que tú echaste la llave --añadió Fernando--. Ya ves que es ocioso recordármelo.

--Entonces ¿por qué has venido?

--Porque no pensé que en estas horas supremas en que la costumbre obliga á ser paciente con tantas protestas falsas de cariño, fueras desdeñosa con el único corazón que mide y siente la magnitud de tu pena.

Águeda oyó el eco de estas palabras en lo más hondo de su pecho, y se abandonó al dulce sentimiento que las inspiró.

--¡Si vieras, Fernando --dijo, con los hermosos ojos arrasados en lágrimas--, qué triste es la soledad en que me hallo! ¡Si vieras qué grande, qué obscura y qué fría me parece esta casa desde que se fué para siempre quien la llenaba toda!

--¡Te crees sola, Águeda --repuso el joven, reanimado con esta sencilla denuncia de un afecto aún palpitante--, te crees sola, y te complaces en alejar de tu lado á los que te aman!

Como si estas palabras hubieran vuelto á Águeda á la línea de un deber olvidado, preguntó con firme entonación, mirando con valentía á Fernando:

--¿Hubieras venido hoy á esta casa hallándose mi madre viva en ella?

--¡Te juro que sin ese propósito no hubiera vuelto á la Montaña!... Y ¿cómo renunciar á él? Se desecha un antojo pueril; se arroja á los vientos del olvido la ilusión de un día; pero no se arranca del pecho jamás lo que ha arraigado allí con la fuerza y la voluntad del destino. Esto lo sabes tú muy bien, Águeda, ó no me decías la verdad cuando el abismo no se había abierto aún entre nosotros. Pues bien: los abismos, ó se llenan ó se salvan, según sea su profundidad. Yo no conozco todavía la del nuestro; para conocerla hubiera vuelto aquí.

--Te dije que este abismo no es de los que se salvan con puentes, y que es muy profundo para colmado.

--Ese dictamen tuyo pudiera no ser el mío. Lo cierto es que me hablaste del conflicto, que me indicaste algo sobre su naturaleza; pero nadie accedió entonces á mis deseos de examinarle con serenidad. Una voluntad de hierro se opuso siempre...

--Pues esa voluntad, Fernando, es la que sigue mandando en esta casa; y entiende que, sin ella, la mía hubiera bastado para cerrarte estas puertas.

--¿Y piensas, Águeda, que eso es obrar con justicia?

--Sé que obro con la ley de Dios; y esto me basta.

--¿Y es ley de Dios negar la luz al que perece en la obscuridad; arrojar en la sima de todos los tormentos al que camina por una senda despejada en busca del bien que ya tocan sus manos?

Águeda miró á Fernando con fijeza, y le dijo:

--Cuanto más grande es el bien que se busca, más heróica es la abnegación que se necesita para renunciar á él.

--Y si el bien es lícito, ¿por qué no hemos de alcanzarle?

--Recuerda, Fernando, en el caso presente, el abismo de que hablabas. No es necesario que yo te diga su profundidad; tú la conoces. Llénale si puedes, ó retrocede. Salvándole á la carrera, no esperes hallarme á la otra parte... Y mira ahora lo que me rodea; ve la ocasión en que me arguyes; vuelve los ojos atrás... ¡y ten compasión de mí!

El llanto ahogó la voz de Águeda. Fernando sintió en su corazón un dolor agudo, como si aquellas lágrimas se le abrasaran, y replicó conmovido:

--Perdona, mi bien, las penas que te causan estos quejidos en que rebosa mi pecho. No vine hoy á tu casa á hacerte llorar, sino á llorar contigo; estábanme cerradas sus puertas, y he tenido que asaltarlas para entrar; podías creerte ofendida, podías despedirme sin oir la razón de mi venida, y este temor de un suceso que habría de causarme tantas, tan diversas y tan hondas heridas á la vez, privóme de la serenidad para hablarte como un amigo que deplora tus penas. Lo demás, Águeda, ha venido ello solo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. Dícesme que vuelva atrás la vista... Un año há que no sé mirar á otra parte; porque vivo de los recuerdos desde que se cerró el camino de mis esperanzas... ¡Déjame evocarlos, Águeda!

--¡Apartarlos de tu memoria fuera mejor para entrambos! --dijo Águeda con angustia.

--¡Tanto valiera --repuso Fernando con vehemencia-- quitar la luz á mis ojos! No tengo fuerzas, Águeda, para arrancarte de mi pensamiento, ni al precio de ese sacrificio quiero la vida.

--Esa vida no es tuya, y has de aceptarla por triste que sea.

--No es mía, es verdad, pues te la consagré al conocerte.

--¡Tu vida es de Dios, Fernando: no lo olvides!

--Yo no sé más sino que es muy amarga sin tí, y que no puedo con ella.

--Arrástrala como cruz, que Calvario es el mundo.

--¡Ayúdame al menos á llevarla!

--Y ¿á quién encomendaré la mía, Fernando? ¡Si vieras lo que pesa!

--¡No lo parece, Águeda!

--¿Porque no me quejo como tú? ¿Porque no me rebelo?

--Porque si esa cruz que arrastras es como la mía, en tu voluntad está librarte pronto de ella... abreviando el camino.

--El que yo sigo no tiene atajos: con cruz ó sin ella, he de seguirle hasta el fin. Tocóme la cruz, y la llevo. Ese es mi deber.

--¡Dichosa tú si á tanto te atreves! Yo no tengo esa virtud.

--Porque te falta la fe.

--En tí puse la mía, y en tí la tengo.

--Ponla en cosa más alta, si no quieres perderla.

--No podemos entendernos así, Águeda: yo mido un hecho con el criterio humano, y tú le contemplas desde los ideales de tu fantasía religiosa. Desciende por un instante al mundo de la realidad, y júzgame entre los hombres y con la razón de los hombres. El destino quiso que tú y yo nos halláramos, porque nos había arrojado á la vida para eso. No recuerdo cómo te lo dije, ó si te lo dije con palabras; pero sé que cuando sentí que te amaba, ya lo sabías tú, como yo supe que era dueño de tu corazón sin que me lo confesaras. Desde entonces, nuestros pensamientos fueron limpio cristal para los ojos del alma; y mientras la tuya se recreaba en contemplar la pureza de los míos, comprendí que había en el mundo algo más grande y más hermoso que el amor á los aplausos y á la gloria; y era la gloria de ser amado por tí. Ni inquietudes, ni dudas, ni recelos, ni vacilaciones nos atormentaron jamás: como si fuéramos los únicos moradores de la tierra, el afecto que nos unió no podía tener otros partícipes que nosotros mismos. No fueron muchas ni largas nuestras entrevistas, ni el misterio ni el vano alarde las acompañaron; brotaba el amor de nuestros pechos sin esfuerzo ni violencia: una palabra sola bastaba para traer á los labios todo el corazón, como del grano depositado en la tierra brota la flor fragante al dulce calor de la primavera. Al alejarme de tí por largo tiempo, parecíame que no nos separábamos; pues si perdía de vista al sol, acompañábame su luz iluminando todos los horizontes de mi vida... ¿Cabe amor más puro ni más intenso, Águeda?

Ésta, invencible y severa, no dijo una palabra. El otro continuó:

--Hasta aquí, lo llano y placentero; las auras perfumadas y el ritmo sublime de todos los cánticos de la naturaleza. Desde aquí, las sombras de la noche, el frío y la soledad. Un día, por virtud de extrañas sugestiones, ó por los recelos que produce en el país el nombre que llevo, ó porque el destino así lo decretó, tus creencias ortodoxas quisieron registrar el fondo de mi conciencia. Obra son del convencimiento y de la reflexión las ideas que tengo y profeso acerca de ese punto de eterna controversia; y como no sé mentir, no os oculté que había grandes y radicales discordancias entre tu modo y mi modo de ver esas cosas.

--¡Y se abrió el abismo entre nosotros! --dijo Águeda.