Del Atlantico al Pacífico y un argentino en Europa · Unidad 19 de 34
Unidad 19 · XXXÍI
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XXXÍI
París, Mayo 26 de 1889.
El 25 de Mayo en París. — Conmemoración. — ¡Modas! Las fuentes luminosas.
Sr. diredor de El Mensajero.
Rosario.
Querido amigo:
Hemos pasado ayer un día inolvidable recordando la Patria, en el momento de inaugurarse nuestro pabellón.
Acudió el Presidente Mr. Carnot, acompañado de algunos generales y ministros, siendo recibido por el Vice-Presidente de la República Argentina doctor Pellegrini, por el Presidente de la Comisión señor Lezica, y por los miembros de la Comisión.
La concurrencia era inmensa, y el número de argentinos y especialmente familias, tan grande como nunca han podido reunirse en París.
¡ Qué hermoso momento, cuando resonaron las armonías de nuestro himno nacional!
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Un piquete de veteranos de nuestro ejército, vestido de gala, hizo los honores, y fué muy admirado por su aspecto marcial.
La opinión es unánime en París, de que la nación Argentina es la mejor representada de la América, no solamente por su pabellón, que es indisputablemente el más hermoso, sino también por el número y calidad de los productos expuestos.
Nuestra querida Santa Fé, ha llamado ya la atención, porque es la provincia que está representada mejor desde ya, rivalizando con Buenos Aires.
Las colecciones fotográficas enviadas por nuestro gobierno han tenido muchos visitantes que le han dedicado su tiempo: los trigos y harinas, estaban todos ya instalados; los trabajos del censo, también, habiendo llegado felizmente los cajones que los contenían. Algunas de las muestras de fideos, que ya se hicieron notar en la Exposición del Rosario, han sido también colocadas, con buen éxito.
No puedo entrar en detalles, que reservo para otra ocasión: por hoy baste decir que la impresión general es muy favorable para nuestro país.
Nos hemos encontrado allí, algunos rosadnos, muy satisfechos de vernos y fehcitarnos en tal día y en tal sitio.
En la noche del 24 tuve ocasión de asistir á un espléndido baile dado en casa de don Pedro Lamas, distinguido compatriota que ha fundado y redacta
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La Reviie Siid Americavie. Estuvo muy concurrido, y vi allí bailar el cotillón que seguramente no tardará en popularizarse entre nosotros, porque es bellísimo.
De trajes no le hablo, porque sería largo; pero puedo decirle en conciencia que los había muy elegantes, y que las perlas y brillantes resplandecían como cielo estrellado.
En la noche del 25 hubo también un recibo en casa de nuestro ministro doctor Paz, concurrido por muchas de las notabilidades de París, en que algunos de los más notables artistas de la Opera Francesa cantaron, y en que fué magistralmente ejecutado el himno nacional.
Con grande riqueza de trajes, y soberbia elegancia, asistieron las principales familias argentinas residentes en París.
El 30 llegará á esta el Dr. Latzina, y tengo ya preparados los trabajos para dar principio inmediatamente, á la impresión de la obra "Censo de Agricultura y Ganadería de la República ' formado bajo su dirección y en la que la Comisión me ha encargado de cooperar.
¡En París haciendo estadística!
¡Por cierto que esto es muy curioso en la vida de un argentino, porque aquí hay tanto que ver^ que parece no queda tiempo para trabajar; pero me felicito mil veces de poder ser útil, y dedicaré á ello todos mis esfuerzos.
Til
¿En París, y no hablar de modas? ¡Imposible!
Pues bien: las telas color verde de todos los matices, son las que están ahora en gran voga.
El verde claro, pero poco vivo, el de hoja seca, el verde botella, se ven en muchísimos trajes femeninos.
A cada instante, viendo alguna elegante parisiense, vestida de verde, se me viene á las mientes nuestro dicho criollo ¡se la comió el burro! Pero, la moda es moda, y no hay más que hacer.
En el baile del Sr. Lamas, hubo dos jóvenes argentinos que, siguiendo una moda novísima, fueron vestidos de frac punzó, con botones amarillos, chaleco blanco y calzón negro, corto_, con medias de seda altas y zapatos con hebilla — parecían lacayos ó loros guacamayos. ¡Pero es moda que empieza y quizá triunfe!
He visto también, un sombrero de niña, imitando la torre Eiffel, hecho de mimbres! ¡Oh, moda!
En cuanlo á tipos raros, este Babel los tiene a placeré. Árabes con largos caftanes blancos; turcos con casquetes y alamares; chinos con sus trenzas sueltas, su clásico bonete y anchas vestiduras ; egipcios machos y hembras, cubiertos de bordados y medallas; de todo se vé por las calles y por la Exposición, sin que á nadie causen extrañeza.
En cuanto á la Exposición, en sí misma, no se puede hablar en una carta: se necesita un gran libro.
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Es esplendida; es el más gigantesco esfuerzo que ha hecho, hasta hoy, la humanidad : la gran galena de las máquinas, cuando ellas funcionan, presenta un aspecto tan grandioso, que uno se queda absorto; de esta exposición se puede decir con justicia que quien no la ha visto, no puede figurársela, y quien la ha visto, no encuentra palabras en ningún idioma, para poderla describir.
La fuente mágica, iluminada con luces eléctricas de colores, es algo tan sublimemente hermoso, que, cada noche, cuando funciona, solo se oye entre la multitud, gritos de admiración. La he visto varias veces, siempre me hace el mismo efecto, siempre me produce igual admiración, y nunca seré bastante elocuente para poderla describir.
Sería de desear que en nuestras fiestas nacionales, se adoptara ese sistema de iluminación, en vez de los fuegos artificiales: es barato (relativamente) y produce un efecto maravilloso — ojo á nuestros hombres de la Municipafidad.
Le mando un recorte de un diario de París, relativo á nuestra inauguración: verá por él que el pabellón argentino ha sido juzgado muy bien por la prensa francesa.
Solamente después de haber dejado la patria, y encontrarme lejos de ella, de mis amigos, de los seres á quienes se ama, es cuando puede apre-
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ciarse, en lo que vale, el cariño que se tiene á la tierra en que se vio la luz del día.
vSolamente hace dos meses que he salido de allí, y no obstante de que todo ha sido feliz en mi viaje y de que me encuentro aquí perfectamente, admirando la grandeza de la capital del mundo moderno, puedo asegurarle que miro con envidia á los que vuelven á la patria.
Hoy, más que nunca, puedo darme cuenta á mi mismo, de cuanto quiero á nuestra patria, á Santa Fé, provincia que tanto he recorrido; al Rosario, á cada uno de sus habitantes, y me parece que quiero hasta sus casas, á los árboles, ¡y hasta el piso de sus callesl
Procuraré, pues, cumplir mi misión, lo mejor y más pronto posible: distribuyo bien mi tiempo: por la mañana ordinariamente trabajo hasta medio día, ya en mi correspondencia, ó ya en los preparativos de conferencias y documentos estadísticos: en la tarde, visito monumentos públicos, museos, templos, etc., y en la noche voy á los diversos teatros, pues deseo conocer todo lo que sea posible; á esto hay que agregar mis visitas á la Exposición, que son frecuentes y á diversas horas.
Hoy, domingo, por excepción, he empleado el día entero en mi correspondencia, ¡tenía tanto que decir!
Una palabra de política: á esta distancia, se borran los detalles y solo se ven las grandes líneas del cuadro que nuestro país ofrece al mundo: aquí, no somos partidistas: todos somos argentinos, y volvemos á la patria las miradas enorguUeciéndonos de sus progresos, y prescindiendo de todas las pequeneces que allá nos salen al camino; así, he visto á todos nuestros compatriotas, formando un solo conjunto, festejar nuestro gran aniversario, sin divisiones de partidos políticos. Santa Fé y los hombres de su gobierno, son aquí bien apreciados por los que conocen nuestras cosas, y he oido pronunciar con elogio los nombres de Galvez y Cafferata, á quienes, desde aquí, mando mi cariñoso saludo.
Adiós, amigo mió, y que El Mensajero prospere tanto como lo deseo.
Suyo affmo.
Gabriel Carrasco.
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Paris, Mayo 2S de ISS'9.
Cosas de París. — Las casas para alquilar. — La vida práctica. — Hoteles y fondas, — Los viajeros. K\ potiyboiye. — Las propinas continuas, — El teatro. La propina final. — Baúles y petacas.
No solamente de la Exposición y de los monumentos públicos se debe hablar, cuando se visita á la gran ciudad, llena de comodidades y de atractivos, en todas partes y en todos los instantes.
Creo, pues, que conviene también, dar una ligera idea de las condiciones materiales de la vida, y de los accidentes y peripecias que asaltan al viajero, aún antes de haber puesto los pies en la capital, desde el momento en que se detiene el tren que lo ha conducido.
A juzgar por lo que dicen los que conocen bien á esta ciudad, la Exposición ha trastrocado las condiciones materiales de la vida en ella, originando la alza general de precios de alojamientos, comestibles y útiles indispensables para la vida del
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viajero; aumentando las pretensiones de los propietarios y hoteleros, en razón directa del número de paseantes que lleg'an cada día.
Y sin embarg-o, París es tan inmenso, que hay alojamientos para cuantos llegan, y para cuantos puedan llegar!
Por todas partes se ven avisos, que dicen A ¿oiier, departamentos, cuartos, para alquilar, con muebles ó sin ellos, sin contar el infinito número de hoteles, fondas y posadas, cuya lista es tan enorme que aterra al viajero que se propone consultarlo en las página del Didot Botín.
Pero, si es cierto que sobran casas para alquilar, lo es también que los precios son enormes en los buenos barrios; en cuanto á los lejanos, al cuartel latino, á las barreras, como casi todos los viajeros que llegan tienden á acumularse en el centro, resulta que los precios han subido muy poco, ó se encuentran estacionarios.
Así, por ejemplo, un cuarto modesto en un barrio bueno y en segundo ó tercer piso, cuesta diez francos diarios; en uno de los buenos hoteles, el precio se duplica, y si se trata de los mejores, com.o el Louvre ó el Gran Hotel, hay que pagar treinta ó cuarenta francos, sin tener en cuenta los poiiróoire (propinas) calamidad económica de la Francia, y especialmente de París, que hace que el viajero no pueda dar un paso sin meter la mano al bolsillo para pagar ese impuesto forzoso I
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Un departamento, de tres ó cuatro piezas, con sala y comedor, cuesta mil quinientos ó dos mil francos por mes, y hasta tres mil si se trata de buena localidad.
En cuanto á comida, en París se come en todas parte, y á todos precios, desde los Boitülon Dicval, en que se puede hacer un buen almuerzo por tres ó cuatro francos, hasta las cenas de Peters ó del celebérrimo ''Café Americano," donde^ después de las doce de la noche, los hiises (monedas de 20 francos) se funden como manteca en sartén.
En cuanto álos r^^/¿z^/r¿2;;2/ de la Exposición, son tan numerosos, como buenos, y tan buenos, como caros-
No se puede efectuar en ellos una modesta comida^ por menos de diez francos, que aquí es mucho, aunque en Buenos Aires, donde con tanta facilidad ganamos y gastamos la plata, no parecerá gran cosa, pero por poco que el cliente se descuide y se deje embaucar por las zalamerías de los mozos, le acontece lo que á tres caballeros, que, hace pocos días, después de comer pidieron su cuenta, y se encontraron con que les cobraban 134 francos!
Tan gorda era la cosa, que la prensa se ha ocupado de ello, y la Comisión de la Exposición dispuso que todos los propietarios de restaurant fueran obligados á poner los precios en sus viejiús^ de manera que los clientes, al ver, por ejemplo — una cotelette — 8 francos — tengan el derecho de salir disparando.
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Pero, ciertamente no es el alojamiento ni la comida lo que hace gastar mucho en París, sino las mil ocasiones que se presentan á cada instante, para invertir su dinero sin provecho alguno.
No se puede negar que á este respecto, no hay en el mundo como los franceses — y especialmente como las francesas — para sacarle á uno la plata de los bolsillos, sin sentir, y á veces hasta teniendo que dar las gracias.
Si no el gran comercio, que tiene asegurados sus mercados en todos los países del mundo, es lo cierto que hay en París un inmenso número de gente que viven casi exclusivamente á costa del viajero.
Los hoteles, los restaurants, las hrasseries, los cafées, están poblados de extranjeros; en los teatros, pululan; en los boulevares ellos son los que más continuamente pasean, alquilan carruajes y hacen las pequeñas compras, y en cuanto á los monumentos públicos, á las curiosidades, á los museos, se puede decir que son visitados casi exclusivamente por ellos, pues el parisiense de piir sang casi nunca conoce, de su gran ciudad, la décima parte de lo que ha visto uno de nosotros recorriéndola en un mes.
Así, pues, el extranjero, el turista, es, desde su llegada, el objetivo de mil y mil tentaciones de todo género, cuyo único resultado es alivianarle el peso de sus bolsillos.
YXpoiLrboire^ la propina, es el dios de las clases inferiores de París, y la carcoma del viajero: para todo y por todo, hay que dar propinas.
Si se toma un café, un chop (que aquí llaman bock) cualquier cosa, en fin, en un restaurant, etc., es de ley dar la propina: al cochero, á más de su estipendio se le da propina; el almuerzo, la comida, la cena, tres ocasiones en que se come, son tres excelentes motivos para /^<?/2>2í2r al mozo ó á la dama que os ha servado, y que ha tenido para vosotros todas esas pequeñas atenciones y cuidados que están reclamando ¡á la legua! una buena gratificación.
Pero, pase todo esto, porque, al fin es tan usual, que nuestra civilización argentina, ganosa de imitar á la francesa, lo está ya introduciendo en nuestros usos: pero hay algo más.
Va usted á subir á su carruaje, y estando la puerta cerrada, en el momento en que estira usted el brazo para abrirla, sale, como Mefistófeles de debajo de la tierra, algún zángano que, gorra en mano, y con una gran reverencia abre la portezuela y se queda beatíficamente esperando la propina.
Y es lo más curioso que un instante antes no había quizá, alma humana á diez metros á la redonda!
Pero, en fin, saca usted los sous y se libra del individuo, más no siempre es tan barata la cosa, pues muchas veces me ha sucedido que abriera la
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portezuela, no un cualquiera, sino un personaje todo lleno de dorados y bordados, y ostentando lo que creí que sería el cordón del Toisón de Oro, y que resultó ser lisa y llanamente un lacayo de librea. ¿Cómo va usted á dar algunas monedas de cobre á tan brillante personaje? ¡No hay remedio — da usted una moneda de plata, y recibe en cambio, un profundo saludo.
i\l fin, está uno libre y sube á su carruaje, suspirando de satisfacción. ¡Grave error!
Otro personaje, igual ó parecido, lo espera, á la vuelta, no ya para subir, sino para bajar.
Una vez, yendo en vicioria,vcí^ reía interiormente, del chasco que iba á dar á uno de mis personajes, porque al bajar no había portezuela que abrir: llego, pues, á mi destino y ya me burlaba yo del brillante personaje, cuando éste muy cortésmente, no habiendo puerta que abrir, me ofrece su brazo y me pone galantemente la espalda, para que me apoyara en ella, ayudándome á bajar!
No había portezuela, pero debía la propina!
¿Va usted á entrar á un buen restaurant ó á un hotel de moda?
¡No se incomode en abrir la puerta!
Un paje, lleno de botones dorados y con elegante librea, le ahorrará á usted tal incomodidad . . . ¡mediante la propina!
¿Pregunta usted dónde queda tal calle?
¡La cortesía francesa! Tendrá usted las explica-
dones más minuciosas, y si el que las da no es algún burgués; si es simplemente un menestral, tenga usted por seguro que lo acompañará hasta su destino, con tanta amabilidad, que no es posible dejar de recompensarle con alguna moneda.
Sigue usted su excursión y llega al museo, jardín ó edificio que trata de visitar: en algunos se paga la entrada, pero en muchos otros, y gracias á la galantería del gobierno francés, la entrada es gratuita.
Así lo anuncia en grandes caracteres un cartel colocado á la vista, en repetidos ejemplares, y por doquiera.
Da usted un suspiro de satisfacción, y entra resueltamente, pero . . .
¿Qué?
Digo que no creo prudente ni conveniente, entrar á un establecimiento público con bastón, á más, está prohibido, según se anuncia en el mismo cartel, pero . . .
¿Pero qué?
Pero, el depósito de bastones que es obligatorio, es también gratuito: así lo dice el mismo cartel.
Se entra, pues, al museo y deja usted su bastón entregándolo en manos de un conserje, más ó menos galoneado, y á veces decorado con un majestuoso sombrero bicornio, el cual lo toma con gran cuidado y cortesía y os entrega en cambio un número para devolvéroslo á la salida.
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¡Adelante, pues, que por esta vez nos hemos librado de la propina!
A los pocos pasos, y cuando más abstraido se encuentra uno contemplando la espada de Cario Magno, ó algún otro objeto histórico de igual calibre, nunca falta algún personaje que se os presenta á deciros que aquello data del siglo XV ó XX el cual, entablada conversación, os lleva á ver alguna otra curiosidad, y no se os despega en toda la tarde, acabando sino se la dais, por pediros la propina!
Pero, está tan refinado el arte, que hay museos de los cuales no se puede salir sin dar dos ó tres propinas, porque en cada sala ó departamento se encuentra algún guía comedido, que no os deja verlo sin el pago del impuesto.
Llegáis, por fin, á la puerta y reclamáis vuestro bastón, el cual os es presentado con tan esquisita galantería, con tanta amabilidad y gracia, que no se puede menos de correspondería con . . . ¿Con la propina?
¡Claro! Con la propina, siempre con la mismísima propina!
Pero, para no estar sometido á ese impuesto continuamente, es preferible privarse de usar bastón. Si; hace muchos años, desde que empecé mis largos viajes, ando siempre sin bastón, pero aquí, en Francia, se puede prescindir de él, pero no del paraguas, porque llueve con mucha frecuencia, de
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manera que lo que no se va en propinas por el bastón, se lo lleva el paraguas, y vayase lo uno por lo otro!
Por fin, salimos del museo, terminamos la comida, bajamos del carruaje en la puerta del teatro^ y previo el pago de las propinas de rigor al subir, bajar, etc., entramos al templo del arte.
vSi no conocéis aquel teatro, titubeáis un momento, porque no sabéis por donde dirigiros, pero la perplejidad cesa al instante, porque un amable personaje os indica vuestra dirección. . . y os pide la...
Adelante: la acomodadora, que es por lo general muchacha joven y bonita, os señala vuestro asiento, y se ofrece á guardar vuestro sobretodo y vuestro paraguas, que toma con amable sonrisa (doble propina) apenas acomodado, si llega el caso, os ofrece otro asiento mejor, que está desocupado, y que ella, en virtud de la costumbre que hay en París de no vender asientos numerados á última hora, puede ofreceros mediante otro suplemento de propina!