Del Atlantico al Pacífico y un argentino en Europa · Unidad 20 de 34
Unidad 20 · XXX IV
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Y, por último, si no vais solo al teatro; si lleváis -á vuestra esposa ó á vuestra hermana, ó á una dama cualquiera, la amable acomodadora se acerca galantemente, y coloca á los pies de vuestra compañera un banquito, para que esté con más comodidad, reservándose al terminar la función^ venir á sacarlo, y á obsequiaros con una sonrisa, en cambio
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de los cuales (banquito y sonrisa) le dais algunas monedas. . .
¿Se acaban las propinas?
¡ Ni pensarlo !
No es tan fácil libraros de ellas, mientras estéis en Francia!
Faltan las propinas más gordas !
Faltan las flores, que os ofrece una bella florista cuando salís en los entreactos, y de las que no hay más medio de librarse que ¡aceptar la flor y darle por ella dos ó tres francos!
Faltan las invitaciones á tomar cerveza ó café, que os hace una dama ordinariamente bella y elegante, casi siempre cubierta de ricas joyas; café que las más veces se convierte en champagne, el cual, ásu vez, por poco que el candidato se muestre incauto, se transforma en cena^ al fin de la cual los que han sido tan necios como todo eso, se encuentran con que en propinas se les ha ido cuanto tenían en los bolsillos! „ . .
Y esta es la vida que hacen en París la mayor parte de los jovencitos que, según dicen, vienen aquí para estudiar y que venidos baúles, vuelven por allá petacas^ con la añadidura de haberles gastado á los papas algunos millares de francos y de volver tísicos, valetudinarios, ó por lo menos con las cabezas huecas é inútiles para todo trabajo.
Así, así, he visto yo algunos criollos, arrastrando pesadamente sus piernas á las dos de la mañana
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por el Café Americano, con los ojos vidriosos y con el cuerpo tambaleante, mientras yo, filosóficamente colocado y tomando mis notas sobre la vida de París, podía convencerme de que no es escuela esta para que pueda nuestra juventud argentina aprender otra cosa que á arruinar su salud y su fortuna!
Con que ¡guarda á las propinas de París!
■I!
XXX IV
El Havre. Junio 3 de 1S89.
Cruzando el territorio. — La agricultura artística. — El tren rápido. — Rúen -A la vista del Atlántico. — El Havre y su puerto. — Los Docks. — Recuerdos de Buenos Aires. — Los faros. — El puerto iluminado.— Pensamientos que cruzan el mar.
Seis días hace que me encuentro en esta ciudad, el principal puerto que tiene Francia en el Atlántico y uno de los más notables de Europa por la grandeza de sus docks, obras de arte que vienen construyéndose desde hace siglos, y que han asegurado la importancia comercial del Havre.
El 2S de Mayo me dirigí á la estación Saint Lazare, de París, y á la una de la tarde un tren rápido me conducía hacia la ciudad marítima.
Al atravesar de nuevo el territorio de Francia, que he cruzado ya de oeste á este y de sud á norte, no he podido dejar de admirar la riqueza de esta gran nación cuyo suelo se encuentra por todas partes perfectamente cultivado y cubierto de aldeas,
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pueblos y ciudades, hasta el punto de que puede uno imaginarse que atraviesa continuamente una ciudad gigantesca dividida solamente por grandes parques.
Verdad es que nos encontramos en una de las naciones más pobladas de la tierra, hay aquí 87 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que allí, en nuestra querida tierra, solo se encuentra un habitante en igual espacio!
No solamente los campos están admirablemente cultivados, sino parece que hubiera hasta gusto artístico para efectuar las plantaciones; así los canteros se encuentran formando agradables figuras geométricas, que dan á las praderas el aspecto de una inmensa alfombra de figuras simétricas, que se pierden de vista ó que son recortadas por las ondulaciones de las colinas.
¡Ah¡ ¿Cuándo nuestras inmensas pampas podrán presentar un aspecto semejante?
Verdad es, también, que cuando la República
Arofentina se encuentre con su territorio tan culti-
vado como el de Francia, tendremos cien millones de habitantes y seremos una de las naciones más
poderosas de toda la tierra!
Me consuelo, pues, con estas anticipadas visiones
del futuro, mientras que nuestro tren, marchando á
sesenta kilómetros por hora, me conduce á la
orilla del Atlántico que no he visto desde que pasé,
hace mes y medio, el estrecho de Gibraltar.
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Sesenta kilómetros por hora, no es mala marcha!
Es una velocidad igual á la que tiene durante algunos momentos, el ferrocarril de Buenos Aires al Rosario, que bastaría para llevar á los pasajeros en menos de siete horas de Rosario á Córdoba, trayecto que nuestro Central efectúa actualmente en trece ó catorce horas, es decir, el doble.
Entre tanto, el tren continúa marchado velozmente, y las casas, aldeas, pueblos y ciudades, se deslizan fantásticamente, como en una danza desenfrenada, de manera que apenas se divisa una de ellas, y se arroja una ojeada inquisidora, cuando ya desaparece en el confín del horizonte alejada por la rapidez de nuestra marcha.
A las tres y media llegábamos á Rúen, la histórica ciudad que aún conserva parte de su antigua y formidable muralla.
Allí hay una corta parada, que permite al curioso viajero divisar los contornos y los grandes edificios de la población.
Pero, no es aquel nuestro destino; el tren silba; continúa con la velocidad de una flecha, atravesando montes y llanuras, túneles y puentes, y á la una de la tarde, una faja azulada que se divisa en el lejano horizonte nos indica que hemos llegado á la orilla del Atlántico.
Estamos en el Havre.
Estamos en la gran ciudad marítima de Francia, en su principal puerto sobre el Océano, la que ha
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extendido su comercio por todo el globo, y cuyo nombre es tan familiar en nuestra patria, que tiene tantos intereses Horados con ella
El Havre, punto de partida de muchas líneas de vapores para todo el mundo, presenta continuamente un asombroso movimiento marítimo que hace de su puerto el segundo de Francia y uno de los más notables de la Europa.
Bajado del tren y alojado en el hermoso hotel Continental, uno de los más notables de la ciudad, pude desde la ventana de mi cuarto^ contemplar el panorama g-randioso que ofrece el puerto^ obra colosal que viene construyéndose y mejorándose desde hace tres siglos, y que ofrece un espectáculo verdaderamente admirable.
El Havre ha ahuecado su suelo, ha rellenado sus playas, ha hecho volar rocas y cegar lagos ó pantanos, cuyo conjunto de trabajo da por resultado introducir los más grandes vapores hasta el centro de sus calles, de manera que el viajero situado en la gran plaza de la Mature, puede contemplar un inmenso número de buques, situados dentro de la ciudad, rodeados de grandiosos edificios, ofreciendo el espectáculo á la vez más agradable y más raro.
En efecto, los grandes trabajos que se han efectuado, cavando el terreno para construir los doks, han permitido llevar las embarcaciones al corazón de la ciudad, ofreciéndoles seguridad
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absoluta y fácil movimiento para la carga y des-
carga.
Así, los aqm' llamados óassins^ del Comercio^ de Vauban, de la Barra, de la Ciudadela, del Eura, de Bellot, del Rey, y especialmente el puerto y antepuerto, flanqueados por largas escolleras, continuamente llenos de una mulutud de buques de todos calados y banderas, dan á la ciudad una animación característica que causa admiración, aún á los que ya hemos tenido oportunidad de conocer otros grandes puertos.
Esta animación, esta vida, que se hace tanto más notable cuanto que está reconcentrada en un espacio limitado, aunque grande, me hace preveer lo que será nuestra Buenos Aires, cuando un día no lejano, concluidas las obras de su puerto, y reconcentrado en él todo el movimiento marítimo que actualmente se encuentra disperso en la enorme extensión de balizas, pueda ofrecer á un solo golpe de vista, el conjunto de nuestro movimiento fluvial.
¡Ah! ¡Qué hermosa estará entonces nuestra gran capital!
He podido formarme una idea de su futuro progreso, cuando durante varios días, he pasado muchas horas recorriendo los doks del Havre, sin experimentar más cansancio que el físico, pero admirando siempre la grandeza de esas construcciones, que dan una prueba más de lo que puede el hombre, cuando el trabajo es guiado por la ciencia.
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El Havre, situado sobre una playa rodeada por colinas^ ofrece en sus contornos bonitos paisajes, que el viajero contempla con placer.
Sus faros, tan célebres en la historia del mundo comercial y marídmo, se levantan altos y esbeltos sobre la cima de una colina á corta distancia de la ciudad, rodeados de un pueblecillo que se llama Santa Adresse.
Hice una visita á aquellos importantes edificios, y subido á la torre de la linterna, pude contemplar al Atlántico, extendiéndose inmenso hasta el confín del horizonte, mientras que a la derecha las costas de Honfleur dejaban ver numerosos pueblos, en tanto que buques y vapores, cruzaban continuamente en todo sentido, recortando con sus negras siluetas el verde azul de las aguas.
Pero, no es solamente el mar y sus puertos lo que puede llamar la atención del viajero en esta ciudad, de origen moderno, pues que su fundación data solamente de Francisco I, lo que es aquí muy poco tiempo; ha podido desarrollarse con arreglo á los principios de una ciencia que era desconocida en la Edad Media, la higiene: sus calles son anchas, hermosas, y tiene grandes boulevares flanqueados de árboles, que hacen de ellos las principales arterias de circulación; un hermoso jardín público contiene el aquarium, muy digno de ser visitado; el teatro, majestuoso, aislado y construido con paredes de piedra, como casi todos los edificios de
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la ciudad, da frente á una gran plaza y al dok del Comercio, de manera que desde los grandes salones del segundo piso puede contemplarse el espectáculo bellísimo del puerto.
Hay también un regular museo de pinturas y de antigüedades, y una buena biblioteca que contiene treinta mil volúmenes; al visitar aquel notable edificio, no pude menos de recordar que en nuestro gran Buenos Aires, ciudad con población cuatro veces mayor que el Havre, el museo y la biblioteca nacional^ se encuetran en edificios antiguos, casi ruinosos, que desdicen completamente de los tesoros artísticos y naturales en ellos encerrados.
Nuestra biblioteca y museo^ valen mucho más que los de Havre, pero contenidos en feos caserones, no podemos mostrarlos sin cierto sentimiento de orgullo humillado, mientras que en el Havre, con edificios nuevos espléndidamente colocados, hacen el orgullo de la población.
Llegó por fin la primera noche de mi permanencia en la ciudad, y pude ser testigo de un espectáculo bellísimo que causó en mi espíritu tan profunda como agradable impresión.
La noche era oscura; el cielo del Norte, menos rico que el austral, encubría sus estrellas por el paso de las nubes; los balcones del hotel daban frente al puerto y asomándome á ellos pude abrazar de una mirada todo cuanto se ofrecía á la vista.
¡Que hermoso es aquello!
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El gran puerto, los docks, y los muelles, estaban enteramente iluminados por poderosos focos eléctricos y por centenares de faroles de gas, mientras que en las aguas, los numerosos buques, teniendo encendidas sus luces, reflejaban en las aguas millares de rayos, que surcando en todas direcciones, ofrecían un espetáculo tan delicioso como raro.
Hacia el frente, la oscura masa de las fortificaciones, se proyecta recortando vagamente el confín del horizonte, mientras que el faro de luz roja giratoria que lo corona, arrojaba un rayo de luz vivísima que duraba un instante para desaparecer en seguida y volver después á destacarse sobre el negro fondo del cielo y del mar.
A lo lejos, varios focos eléctricos de color rojo y verde, alargaban sus reflejo en las aguas, mientras que á la derecha, á la entrada del puerto, se elevaba el faro de la parte sud, dominando todo el horizonte con su luz.
Las aguas temblaban por el movimiento de las olas ó por los soplos del aire, y las luces que en ellas esparcían sus reflejos, se quebrantan mil veces produciendo una sucesión de rayos del más bello efecto.
Contemplaba, pues, embebido aquel delicioso espectáculo; eran las doce de la noche, cuando súbitamente á la luz sucedió la oscuridad; los grandes focos se estinguieron, y solo quedaron las pequeñas luces de los buques temblando sobre las
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aguas; aquel cambio instantáneo de la luz á las tinieblas ofrecía también su particular encanto; desde aquella noche, no dejé una sola de darme el placer de ese espectáculo, y llegadas las once ó poco más, me asomaba á mi balcón, para gozarlo otra vez, y mientras tanto, dejando vagar el pensamiento, con él volaba á mi patria, para recordarla y enviar un sentimiento de cariño y de tristeza á todos los que allí me aman y de quienes me separa la inmensidad del mar que ondula ante mis ojos.
Taris. Junio 22 de 18S9.
El hotel de la socie-lsd cic Geografía. — Una conversación con Q-jatrefages y Milne Edwards, respecto á los progresos de la República Argentina. — l'resentación de la obra del censo de Santa Fé. — Un argentino hablando en la Sociedad de Geografía.— Palabras de aliento. — La Exposición argentina juzgada por Milne Edwards.
Ayer he satisfecho, por fin, una de las aspiraciones de mi vida al encontrarme presente en una de las sesiones de la sociedad de Geografía de París, de que soy miembro desde hace cinco años.
No fué sin emoción que penetré al elegante hotel del boulevard Saint-Germain, que tantas veces había visto en grabados y fotografías, templo de las ciencias geográficas en Francia, por el que han desfilado sucesivamente todos los grandes hombres de que se gloria la ciencia moderna, y en el cual han elevado su voz los más atrevidos exploradores, esos seres excepcionales á quienes el amor á lo desconocido, el deseo de gloria ó el anhelo de progreso, han llevado á recorrer el mundo en
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todas direcciones, para descubrir sus tierras, cruzar los océanos, acercarse á los polos, atravesar los ardientes arenales del África, perforar los bosques seculares de la América ó ascender á las elevadas cimas de las cordilleras asiáticas.
No fué, digo, sin cierta emoción, que penetré en el recinto de aquella gran sociedad, cuyo edificio elegante y severo, consta en su piso bajo de varios salones y corredores por los que se dá acceso á la gran sala de conferencias, semejante á uno de esos locales en que se reúnen las asambleas legislativas; en ella se encuentran los nombres de los grandes viajeros, sus bustos, la lista de los notables geógrafos ú hombres de ciencia que han sido sobresalientes, y en planchas de mármol, escritos en letras doradas, los nombres de los benefactores de la sociedad.
A un costado y elevada sobre tribunas, se encuentra la mesa del presidente y miembros de la comisión.y varios sillones para los conferenciantes y personas que deben ser presentadas á la sociedad.
Eran las ocho de la tarde, (estamos en verano y en París es de día hasta las nueve) y empezaban á reunirse los miembros de la sociedad para asistir a una importante conferencia; yo había conocido ya á Carlos .Maunoir, el ilustre Secretario General de la Sociedad, y concurrí á la asamblea no solamente con el objeto de asistir á la conferencia, sino
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también para hacer entrega de un ejemplar del Censo de Santa Fé, otro de la Descripción Geográfica de la misma provincia, y un tomo de mis Cartas de Viaje.
Llevaba, pues, mis libros, debajo del brazo y entraba al salón, cuando Mr. Maunoir me hizo llamar, é introducido á una pequeña sala de recepción, me presentó á un hombre bajo, delgado, de cabeza calva^ de rostro vivo y cuyos ojos revelaban grande inteligencia.
jEra Milne Edwards!
Después, volviéndose hacia un venerable anciano de elevada estatura, de largos cabellos blancos y la cabeza cubierta con un casquete, me presentó también.
¡Era Quatrefages!
Puede figurarse el lector como me encontraría yo en presencia de aquellos hombres!
Me encontraba, sin haberlo pensado, en presencia de dos de los grandes sabios de la época moderna, de dos hombres cuyas obras han formado escuela, cuyos nombres han adquirido títulos para la inmortalidad, para la verdadera inmortalidad, la única de que pueda disfi'utarse en la tierra — la de la gloria, la sola también que puede adquirirse dignamente sin hacer derramar ágrimas ni sangre — la de la sabiduría.
Mi buena suerte me deparaba el conocimiento de aquellos dos hombres tan venerados en el
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mundo científico, y á quienes nunca creí pudiera tener oportunidad de hablar.
Ambos son presidentes de la Sociedad de Geografía, el primero efectivo y el segundo honorario.
Presenté, pues, mis libros: los ojearon dando muestras de aprecio relativamente á nuestro país, mirando detenidamente algunas de las láminas que representan edificios y haciendo observaciones respecto á algunos de ellos.
A Mr. Quatrefages le llamó mucho la atención la forma del plano de la ciudad del Rosario, con sus calles cortadas en ángulos rectos y en su forma general de un triángulo rectángulo.
Terminado aquel lijero examen, ]\I. Maunoir se me acerca y me dice:
— Por qué no presenta usted mismo sus hbros, en la sesión, con algunas palabras?
Recibí aquella indicación como un pistoletazo á boca de jarro.
¿Hablar, yo, en presencia de aquellos hombres, en la Sociedad de Geografía de París, en un idioma que no poseo perfectamente, é improvisando?
No sé lo que pasó por mí; me parece que quedé aturdido y, en mi aturdimiento dije que sí.
Entramos, pues, al salón de sesiones, y me encontré sentado entre los miembros de aquel areopago.
Por emplear una expresión exclusivamente criolla, la camisa no me llegaba al cuerpo!
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El corazón me latía y galopaba como caballo desbocado.
Estaba arrepentido de mi audacia^ pero ya no podía retroceder: el presidente empieza á dar cuenta de los asuntos que motivaban la sesión, y, llegada la oportunidad, me presentó á la asamblea y me concedió la palabra.
Evoqué entonces todos los recuerdos de la patria; me acordé de que en aquel instante era el único argentino que se encontrada allí presente y que algunas palabras vertidas en aquel recinto podrían ser útiles á nuesta querida tierra, y por último, tal es la miseria humana, que hasta mi propia vanidad, interesada en salir bien del paso, me dio fuerzas.
Me puse, pues, de pié en el sitio que se me designó, entre los dos presidentes, y hablé, improvisando, en francés.
Presenté la obra del Censo, diciendo que ella había sido verificada bajo el patrocinio del Oobierno de Santa Fé, que demostraba así su amor á las ciencia y su deseo de hacer conocer al país entre las naciones europeas.
En esa obra se encontrará, dije, que la República Argentina es uno de los países que marcha más rápidamente en el camino de la civilización, y la provincia de Santa l^Y- por medio del fomento de la agricultura ha tomado uno de los puestos más distinguidos en ella.
Del AiUiiticn ni Pacífico C*^