Doctor Sutilis (Cuentos) · Unidad 21 de 26

DEDICATORIA — parte 4

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Si al cabo entró por la novela más ó menos naturalista, fué gracias al carácter firme y genio áspero de Ángel Trabanco, poeta lírico _predominantemente_ descriptivo, que despreciaba de modo olímpico el argumento, la _fábula_, y en poesía y en novela quería ver el mundo real pintado por él mismo, por el mundo, no por las aventuras de los muñecos humanos que lo pisaban y profanaban. Con todo su mal genio, Trabanco, si quiso conquistar el corazón de Julita, ó por lo menos alquilarlo por una temporada, no tuvo más remedio que pasar por las horcas caudinas del _álbum-abanico_. Quedaba un rincón en blanco, y allí, con letra muy menuda, el poeta descriptivo de mal genio tuvo que pintar en unos veinte versos, modelo de concisión y fuerza plástica, _El molino viejo_. Era un molino cansado de moler, en ruinas por fuera y por dentro; la molinera vieja, la cítola gastada... ¡Magnífico de verdad y de tristeza! “Ese molino soy yo”, dijo la de Frondoso. No valieron protestas; se empeñó en que era ella, y le hizo gracia tener un parroquiano nuevo para el molino viejo de su corazón... Ángel se hizo querer más que otros, porque era dominante, desconfiado, montaraz, decía Julita. La convenció de que tenía la pobre muy mal gusto literario, y le hizo leer las novelas de los Goncourt, que la aburrían, y las de Balzac y demás maestros consabidos, que no las podía concluir sin dormirse.

Pero al álbum-abanico no pudo hacerla renunciar. Aquel registro de notabilidades más ó menos pasajeras siguió siendo la manía de Julita; los amantes variaban; la manía siempre era la misma. Como se decía que aquellos abanicos poéticos y artísticos eran las _actas de los mártires_, es decir, listas de los amantes de Julita, ésta creyó oportuno advertir á Trabanco que en tal supuesto había notoria exageración.

--Oye, tú--le dijo un día:--la tirria que le tienes al abanico ilustrado, como tú dices, no será porque creas que han sido amigos míos, así como tú, todos estos señores... Te juro que nunca tuve nada con Zorrilla, ni con Campoamor, ni con Pepe Luis...

--No; si á quien yo temo es al _nuevo Parnaso_.

--Yo soy franca, ya lo sabes; un cómico francés, que fué íntimo de casa, allá en París, me decía que ya Molière, en una comedia que se llama _L’Etourdi_, justificaba la brevedad de los amores: cuanto más breves sean los extravíos, menos malos serán.

Y la de Frondoso, con mediana pronunciación, repetía siempre que hablaba de esto:

_Si notre esprit n’est pas sage á toutes les heures, Les plus courts erreurs sont toujours les meilleurs._

--Y tú no puedes quejarte, Nerón--añadía la simpática matrona--; hace un siglo que te quiero.

Y era verdad; la de Frondoso se había acostumbrado á su poeta del molino viejo, y no llevaba trazas el trueno de venir por causa de ella.

Pero al vate le llamaron á su pueblo, donde le esperaba una buena moza, que le quería muchos años hacía, y que acababa de heredar algo más sólido que los poemas descriptivos. Trabanco habló claro. Julita trató de disuadirle; le aconsejó que se quedara en Madrid para hacerse _célebre de veras_; esto en el lenguaje de Julita, quería decir: hacerse hombre político con el riñón cubierto. Le prometió ayudarle con la influencia de su marido y otras que ella tenía... Quedaron en discutirlo en el tren, saliendo juntos de Madrid, ella para Francia y él para su pueblo... Si ella le convencía en unas cuantas horas... seguirían juntos á Francia...

La de Frondoso no vió á Trabanco ni en la estación ni en el tren. No le volvió á ver en muchos años. Le perdonó, le escribió; él contestó dos, tres veces; después, ni cartas.

Julita perdonó esto también... y á los pocos meses para ella Trabanco era un joven de porvenir, que había cortado la carrera casándose con una _ingenua_ de pueblo. Y tan amigos.

* * * * *

Pasaron más de doce años, trece ó catorce; la de Frondoso siguió viviendo en Madrid, y Trabanco en Barcelona, en Sevilla, en el extranjero algunas temporadas; á Madrid no fué nunca más que de paso. Muy de tarde en tarde, leía Ángel en los periódicos algo referente á las tertulias de la señora de Frondoso; según los revisteros de salones, el encanto de aquella morada era Luz, aquella _Bebé_ de que tanto le hablaba _illo tempore_ Julita; la niña esbelta y precoz que había visto él muy pocas veces, siempre de lejos.

Una tarde, en uno de sus raros viajes á la corte, Trabanco hablaba con varios amigos, políticos y literatos, en un corrillo en la Carrera de San Jerónimo.

Á tales fechas, Trabanco era muchas cosas antes que lírico. Con el dinero de su mujer había hecho negocios muy sanos en la industria taponera; el corcho y su mercado eran una de las preocupaciones más importantes del poeta de cabeza gris y grandes patas de gallo alrededor de los ojos, siempre enérgicos y soñadores. El corcho le había llevado al estudio de ciertas cuestiones económicas muy prácticas; de estas cuestiones había ido por asociación de hechos á la política, y en la actualidad era un candidato á la diputación á Cortes, tan encasillado como otro cualquiera. Pero seguía siendo poeta y viendo el mundo por su aspecto de hermosura plástica; de tarde en tarde publicaba un tomo de versos, muy elegante, con grabados muy bonitos. No le atormentaba la mucha ó poca venta, como antaño; el corcho le permitía estar tranquilo respecto de este particular. Regalaba muchos ejemplares, recorría muchas redacciones y se hablaba bastante de los versos de Trabanco, sin que nadie pusiera interés en negarle el talento poético, que ni subía ni bajaba. Cuando había alguna vacante de académico de la Española, no faltaban _críticos_ que _indicaban_ á Trabanco, sin escándalo de nadie. Y nada más. Ésta era toda su gloria. Como se ve, Trabanco no había llegado á ser _célebre de veras_, como la de Frondoso hubiera querido, y acaso hubiera conseguido si él no se hubiese separado de ella y de la corte.

En fin, aquella tarde, cuando más animada estaba la conversación del corrillo, dos damas muy bien vestidas, altas las dos, una vieja y otra muy joven, deslumbradora de lozanía y belleza, pasaron junto á aquel grupo, que se abrió para dejar libre la acera.

--¡Ibáñez!--exclamó la dama entrada en años deteniéndose y alargando una mano á un buen mozo, pero muy gastado, que formaba parte del corro.

--Señora... Luz...

--Me tiene usted olvidada.. Y tú, Luz, ríñele...

--No lo crea usted. Mañana mismo...

--Sí, siempre mañana...

--Mañana sin falta tiene usted eso en el palco; ¿no le toca á usted mañana en el Español?

--Sí, sí; ¿pero están ya hechos?

--Sí, señora, sí. No valen nada... pero...

--¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto tiempo...

--Sí, señora; catorce años lo menos...

--Sí, catorce...

--¿Y ésta es?

--Luz...

--¿Bebé?

--Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh?

Y Luz, sonriente, sencilla, _natural_, mucho más natural que los versos de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba.

Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal.

Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz. Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica; si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las letras ni con los abanicos.

Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él había escrito: “El molino viejo”...

Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas... Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica _añoranza_ á las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente, nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no. En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar al teatro al día siguiente...

¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando.

Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica.

Y se dijo lleno de benevolencia irónica...

--¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la _Magdalena_.

UN REPATRIADO

Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, doctor en Ciencias, filósofo de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas cosas y amado y admirado mucho, había llegado á tener por principal pasión la sinceridad.

Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su vida, á los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver.

Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me explicaba el motivo de su emigración voluntaria:

“...Ya conoces mi repugnancia al movimiento, á los viajes, al cambio de _medio_, de costumbres, á toda variación material, que distrae, pide esfuerzos. Este defecto, porque reconozco que lo es, no deja de ser bastante general entre los que, como yo, viven poco _por fuera_, y mucho por dentro, y prefieren el pensamiento á la acción.

“Verdad es que la misma historia de la filosofía nos ofrece ejemplos de grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego, como, v. gr.: Platón, con sus idas y venidas á Sicilia, sin contar otras idas y venidas y su discípulo y rival Aristóteles, que no fué _peripatético_ sólo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se puede citar, entre los muy activos, á Descartes y á Leibnitz, por más ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su Königsberg. Carlyle, en su _Viaje á Francia_, póstumo, nos hace ver la gran importancia que da al acto de _valor personal_... de decidirse á hacer la maleta y pasar el Estrecho; y Paul Bourget, en su novela _El discípulo_, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que pasa las de Caín porque tiene que ir de París á una ciudad cercana. Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la congoja infinita de variar, en todo lo que se refiere á las necesidades del mísero cuerpo y á las nimiedades de la vida social.

“Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico, si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol... y, por supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más ó menos, en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que varía de región á región es lo que mortifica al sedentario maniático, cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la vida ordinaria, no puede sufrir las variaciones. Yo me siento hermano del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera! Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un chocolate!...

“...Y, á pesar de todo eso, emigro; sí, me voy; dejo á España. _Dimito._

“Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español _en activo_. Yo, sobre que, después de pensar y sentir muchas cosas en esta vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por _deidad_ la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo; no quiero, como diría Bacon, _ídolos_ de la _caverna_, ni del _teatro_, ni del _foro_, ni de la _tribu_; mi ídolo es la sinceridad ¡Culto austero, amargo; pero noble, sereno!

“Pues, bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando _cara á cara_ mi sentir más íntimo, he llegado á convencerme de que... yo _no siento la patria_. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que me produce con el que causa á otros, y con el que yo experimento en presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo su inferioridad palmaria. La patria es una madre ó no es nada; es un _seno_, un _hogar_, se la debe amar, no por _a_ más _b_, no por efecto de teorías sociológicas, sino como se quiere á los padres, á los hijos, lo de casa. Yo no amo así á España; me he convencido de ello ahora al ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas, las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más, sin descontar aquéllos que han impreso su dolor patriótico en multitud de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de España y los Estados Unidos fuera _res inter alios acta_.

“La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que he aplicado á mis íntimos sentimientos, la he podido hacer en torno mío. No hablemos de los egoístas francos, militares ó paisanos, que porque la ley, deficiente sin duda, no les exigía un sacrificio directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear á diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo he observado de cerca á quien ha luchado por España, ha expuesto su vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laureles... Ese mismo, que hubiera muerto en su puesto de honor..., lo hacía todo más por el honor que por cariño real, de hijo, á España. No había más que oirle relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel héroe vencido, no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le hubiera podido dar; por eso estaba contento... y la patria, por la que hubiere muerto, quedaba en su espíritu, allí, en segundo término, como una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría...”

* * * * *

“Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé en qué consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte. En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino más caracteres esenciales de ese genio. Pero... ¡es tan recóndito y obscuro todo eso! En cambio, saltan á la vista, me hieren con tonos chillones y antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos, que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias atávicas contrarias á la natural índole del progreso social en los países de veras _modernos_, me desorientan, me desaniman, me irritan... y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones ni en _Geraudeles_ patrioteros... Ni yo merezco vivir en España, ni España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho á que su suelo me sustente, su ley me ampare. Ella á mí no me ha dado lo que yo más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los _intelectuales_ en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con alfileres á que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi juicio y mi experiencia, muy superiores á los medios de instrucción sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades. Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos, no puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser de la multitud, en Atenas...

“...No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto... Sí, poco; pronto sané, más contento con este orgullo de querer _algo_ de veras á la patria, que apenado con las irremediables desgracias... Por la pérdida de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería á España algo más que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría íntima... Y después, ¡qué pronto fuí olvidando las pérdidas, las vergüenzas nacionales!... No, España; no te merezco. Ni mi espíritu, hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo pródigo... que no vuelve.”

* * * * *

Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del Sol, disponiéndose á subir á un ómnibus que le llevara á... los toros, á una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia, triste, desmejorado, flacucho.