Doctor Sutilis (Cuentos) · Unidad 22 de 26
DEDICATORIA — parte 5
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--Estoy--me dijo--como aturdido. He llegado á ese escepticismo de la conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme. Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco _sabía vivir_! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura, el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres, que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más espiritual de mi ser continúa siendo extranjero, pero cuanto en mí es tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay! es español y no puede vivir fuera de la patria. No, no puedo vivir en España... pero tampoco fuera. Y en tal conflicto... vuelvo, aborrezco el _españolismo_, pero me llamo de hoy más _Vicente_, y me voy donde los demás españoles... á los toros. _Natura naturans._ Después de todo, ¡qué sería de España si emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría desierta.
DOBLE VÍA
Al año de ser diputado y madrileño _adoptivo_, Arqueta ya era bastante célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante del Congreso.
--“Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que no tiene palabra.”
Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el no ser hombre de palabra le servía muchísimo. Claro que este último defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia le aborrecían é injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud del epigrama... de la minoría. ¿Á que nunca había faltado á la palabra dada al presidente del Consejo de Ministros ó á cualquier otro presidente de alguna cosa importante? ¡Ah! pues ahí estaba el toque. Lo que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del puerto que buscaba, pero aquel zis-zás le iba acercando, acercando, y á cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca abierta.
Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de palabra... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el _seno_ de la comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila. ¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él á un futuro personaje.
Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder legislativo, se iba al bulto, ó sea al poder ejecutivo. Se agarró á las faldas... de la señora del ministro de Hacienda y la declaró buena presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido en un balneario del Norte.
Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se le iba á dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el turrón. En el balneario, aunque el trato fué de mucha confianza, Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las catorce señoras malas del P. Coloma.
En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía á _los diputados_ por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de los amigos de su mujer. Juana llegó á ser confidente de Concha, que algo tendría que contarla; y el ministro, Medianez, hizo su favorito de Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra, siempre que convenía dársela á alguno y recogerla sin que él la devolviese.
La clase de servicios que Arqueta prestaba á Medianez eran todos del género que á Mariano le gustaba, _entre bastidores_; se referían _á lo que no puede decirse_ (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo probable será encontrarse en el infierno.
Arqueta, cuando convino, fué director general, subsecretario y otra porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo _explícito_.
Á pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía á la clase de relaciones que le unían al _hombre público_, ponía su principal confianza en las delicias del hogar doméstico... del _hombre público_. Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era _de las catorce_, fué cuando respiró tranquilo.
* * * * *
Subieron y bajaron varias veces los _suyos_, y Arqueta llegó á verse con méritos suficientes para _entrar en una combinación_, para ser ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez estuviera _indicadísimo_ para presidir un ministerio de transición, de perro chico, sin ministros de _altura_; pero que podían ser todo lo _largos_ que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él, Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el jefe, el amo...
¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por si le llamaban?
Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva, cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este lado.
“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!
“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en mí _poco_ ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!... Apretemos.”
--¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana, sin vacilar, contestaba:
--¡Pues es claro! ¡Aprieta!
Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo conseguiría su pobre mujercita.
La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.
--Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.
Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.
Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era _persona grata_.
Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir.
En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto” según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio Medianez.
¡Y Arqueta entraba en Fomento!
¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él en la lista de ministros!
Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era un hecho.
Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona... ¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.
Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según lo pronto que estuvo listo.
Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme, reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y á dar la enhorabuena personalmente á Juana.”
Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.
¡Qué triunfo!
Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan flamante como el de Arqueta.
Aquella casa era una Babel.
Arqueta... tuvo un momento de debilidad.
Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida!
Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día, si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas, á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo, quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le había invitado á confiar en la _explotación del físico_.
Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa, que eclipsarse un momento...
Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero, Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se quería contemplar.
¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad... un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!
Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.
Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro, en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y muchos políticos importantes. Allí estaba el _protector_ de la nueva situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio.
Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.
Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y solemne:
--_¡Sic itur ad astra!_
Carcajada general.
--“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube _así_ á las estrellas... soy yo!”
Y se puso como un tomate.
--Arqueta--gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría, dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:--Arqueta, la calumnia ya se ceba en usted.
--¡Cómo! ¿Qué dicen?
--Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo, ¿verdad? ¡Calumnia!...
EL VIEJO Y LA NIÑA
Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún peligro, ni podía dar que decir á la malicia.
Años y años vivieron así.
Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática. Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad.
Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí.
Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día. Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad. No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados, no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las diferencias físicas.
Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no con pensamientos tristes.
--¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo?
--¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez y nueve.
--¡Ya ves qué gallos!
--¿Y para qué quieres tu gallos?
Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la niña.
Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad, por curiosidad, por agradar á la madre, que quería _relaciones_ que fueran _formales_ y procurasen una posición segura á la hija, admitía aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego; y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien insiste en una obra de caridad.
En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y otro lado no confesada delicia.
Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el _amigo viejo_ siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el _otro_ pensaba esto; que era mucho más _serio_ aquel contrato _innominado_ de su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la niña.
Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía.
--¿Por qué has reñido con Periquillo?--le preguntaba en una ocasión el viejo á la niña.
--Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas, viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría.
Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de querer á sus novios que tenía Paquita.
* * * * *
Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego, porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía poder resistir.
Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo, aquella brisa tan dulce...
Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos.
Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los ojos en los ojos.
--¿En qué piensas?--preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don Diego.
--Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre, de tu mayor confianza?
--¿Quién ha de ser? Tú.
--Bueno, pues...--y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos que decirlo todo en pocas palabras.