Doctor Sutilis (Cuentos) · Unidad 23 de 26
DEDICATORIA — parte 6
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente, si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar partido de lo agradable.
Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral, del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole figurar á él como personaje...
Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á andar camino de su casa.
El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado.
No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella, osó él decir:
--Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he hecho? ¿Qué dirá mamá?...
Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con signo negativo.
No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa, dejando fuera al mísero don Diego.
El cual salió á la calle aturdido y avergonzado, y cuando vió á dos del orden en una esquina, sintió tentaciones de decirles:
--Llévenme ustedes á la cárcel, soy un criminal; mi delito es de los más feos, de ésos cuya vista tiene que celebrarse á puertas cerradas, por respeto al pudor, á la honestidad...
JORGE DIÁLOGO, PERO NO PLATÓNICO
--¿Qué hay de libros nuevos?--me preguntó Jorge, suspirando como distraído, dejando de pensar en mí y en lo que me había preguntado.
Estaba pálido, ojeroso, con cara de sueño y de mal humor. Yo le miré con atención y fijeza, y dando cierta intención maliciosa á mis palabras, contesté:
--Acabo de ver que Carlos Groos, ya sabes, el docto alemán que publicó en 1896 _Die Spiele der Tiere_ (_Los juegos de los animales_), publica ahora _Die Spiele der Menschen_ (_Los juegos del hombre_).
--Sí; ya me acuerdo. _Los juegos de los animales_... No hay más juego que ése. Porque... ¡valientes animales son todos los que juegan!
--Hombre, no _juegues_ tú con el vocablo...
--Ya sé que es feo jugar _de boca_... Y, en rigor, está prohibido... Véase el artículo...
--No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales...
--Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno, pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo he leído en Ihering, en la _Historia de los indo-europeos antes de su separación_. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad, sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en la herencia?... Pastores... y jugadores...
--Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro propósito que la distracción misma...
--Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación, aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y entretenerse.” No era esto; _mi juego_ no era pasatiempo, ni alegría; ¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me _llenaba_, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto, porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si el banquero _abate_ con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni gano. “Para darle mayor aliciente--continúa el Diccionario--aventúrase en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser _peseteros_ por esa manera de hablar. “Merece reprobación--sigue la Academia--cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando se juega por vicio ó _cuando el jugador no tiene por objeto divertirse ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno_.” Al leer esto, sentí toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección inesperada me daba el _léxico_ oficial! ¡Cuánto había yo leído contra el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como _vicio_, yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas. Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario ¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba para _hacer suyo el dinero ajeno_... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de repugnante _psiquis_... (_Pausa._)
--¿Y qué?
--Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo.
--¿Mucho, eh?
--Sí; ¡varias semanas!
--Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona, tú lo has dicho) se parecía al robo?...
--Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba perdido mucho más dinero que ganado. Todavía _me tenían por allá_ algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío.
--Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes, y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías.
--Ya sabes que el dinero se considera como cosa _fungible_...
--¿Pues entonces?... Además, tus _deudores_(!), es decir, los que te habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas?
--Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la pícara realidad...
--¿Y fué?...
--Que aquellos señores, que no eran los que me habían ganado... me ganaron también. (_Nueva pausa._)
Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas observaciones _virtuosas_ tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil lidiar _los vicios_ desde la barrera cuando no se tienen!
--¡El juego!--continuó el jugador.--Los filósofos no saben lo que es. Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía, de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos... Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese otro sentido de _finalidad sin fin_ de que ya Kant hablaba. No debiera usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller, en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant, desenvuelve admirablemente la teoría...
--Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría del arte juego...
--Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que amor y juego son plétora, lo que rebosa...
--El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es el juego...
--¡Qué cosa tan diferente del otro _juego_, de _mi_ juego! El jugador no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley? ¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma, es... que la _vida es juego_. Sólo el que aspira al _nirvana_, á la _abulia_, á la _apatía_, puede decir que no es jugador. Los demás, todos juegan. La vida y la muerte son un modo de _copar_ la banca. Cada latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega; cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento ó la estupidez? ¿De dónde vienen las _judías y las cristianas_, los _nueves_ ó las _figuras_?... Del misterio, del horrible _cincuenta por ciento_..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz...
“Esto... _ó_ lo otro”. En esa _ó_, en esa disyuntiva está el símbolo del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos, mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!... Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana? El porvenir, la _carta_ que les tocará... la vida que les espera... ¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos, mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil _martingala_! Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es el _quid_ del juego... No; el juego, el _mío_, no es diversión, no es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la suerte...: lo mismo que la vida _non sancta_, que es la vida de casi todos. Los grandes hombres, los _héroes_, decía Carlyle, toman la realidad, el mundo, en serio. No son _dilettanti_. Lo mismo el jugador. El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre con _fin_, siempre interesada...
--Sin embargo, en el juego, no el _tuyo_, el otro, el juego por el placer de la actividad, se llega, según _nuestro_ autor, á lo que él llama _el placer del mal_, á jugar con el propio dolor. Además, hay la _catarsis_ de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca.
--No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los _juegos_ y el juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no, porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es borrasca. Después de ganar... quiere, _necesita_ ganar más. Es un judío errante, no para nunca su ambición.
--Groos habla también de juegos _guerreros_, los del placer de luchar, de vencer á un contrario...
--Tampoco en eso hay afinidad entre los _juegos_ y el juego. En _La Traviata_, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El jugador _de veras_ no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero; en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos, ni rencores: no hay más enemigo que la _contraria_. Suerte, ganancia, pérdida. Ésas son las _categorías_.
--Pues Groos dice textualmente que las _apuestas_ son juegos _guerreros_, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la importancia de lo que se arriesga, _sin que la ganancia por sí sea el objeto del juego_; el placer de una excitación fuerte, y el placer de la lucha...
--Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería de las viejas... ¡y aún! No; en el juego _verdad_ no se sienten esas emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el _único_ camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una maldición del juego, como el _remordimiento_, la _vergüenza_ de perder, después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz... El jugador, igual. _Ser ó no ser_, ésa es la cuestión... _Venir ó no venir_... ésa es la cuestión. _Estar á la que salta_; eso hace el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la realidad. _Ó ser santo_... _ó jugar_...
SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2] (SU ÚNICO HIJO.--UNA MEDIANÍA).
I
Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos), y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y de _Fígaro_, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin, se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no paró hasta millonario.
La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español, poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes garantías para la salud material y moral del idolillo que había engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París, y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño.
En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético Lerez.
Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor propio.